Ambrosio Paré es un personaje
interesantísimo del que merece la pena una mínima semblanza biográfica; porque
el tipo, según parece, es como uno de esos aprendices que terminan por
convertirse en maestros. Si se puede dar el caso de un muchacho que aprendió a
colocar ladrillos uno sobre otro manteniendo la verticalidad con un plomo y una
cuerda y terminó por ser el alarife o arquitecto capaz de proyectar toda una
catedral gótica, ¿por qué no empezar pasando las tijeras a un familiar barbero
y terminar siendo médico y cirujano de importantes reyes de la monarquía
francesa? Esto no es una boutade que
me acabo de inventar, sino que responde a una semblanza biográfica grosera y
urgente de Ambrosio Paré. Por fortuna para la ciencia médica y en particular
para la cirugía, este aprendiz de brujo sin estudios universitarios no sintió
predilección por lo chic que pueda
encerrar el arte de la barbería en Francia, sino más bien por esa otra rama
practicada por los barberos que era, amén de sacar muelas, intervenir
quirúrgicamente en operaciones de monta menor. La marea de su saber, adquirido
por los años y, supongo, por una naturaleza proclive al autodidactismo y
singularmente dotada para la medicina, las olas de su conocimiento tuvieron que
estrellarse contra el academicismo de los médicos de su época, quienes lo
tildarían de arribista, como poco. Por otro lado, con nuestra mentalidad
actual, no nos sorprende. Sin embargo, en su época demostró mayores dotes e
ingenio para curar durante las campañas militares y a la postre en la corte
francesa que muchos médicos con título universitario y prestigio académico muy notorio.
Otro mérito rocambolesco de este Paré es el de haber consignado los avances de
su ciencia por escrito y en francés (no en latín, como habría sido esperable en
otro profesional con formación académica, y por tanto con conocimientos de
latín y griego), para legar finalmente a la posteridad una buena pila de
libros. En lo que respecta a las lesiones medulares, recurrió a técnicas
empleadas por Hipócrates, las amplió y las mejoró, lo mismo que haría con la
herencia recibida de Pablo de Egina, la laminectomía, la extracción de
fragmentos óseos, etcétera. No recomendaba la extracción de fragmentos óseos si
no era en pacientes con dolor (me imagino que el dolor de tener clavados dichos
fragmentos en zonas nerviosas). ¡Cuidado con las manipulaciones, mejor dejar a
un paciente a medio fastidiar que terminar de fastidiarlo con nuestra torpeza y
maniobras demasiado agresivas!, tal parece haber sido una de las advertencias
de este genio de la naturaleza. Es la anterior una observación de Ambrosio Paré
que habla en favor de su sentido común y también nos alumbra y nos espanta al
imaginarnos lo que este hombre tendría que haber visto para llegar a semejante
recomendación. Mantenía al lesionado durante mucho tiempo en posición supina
para un reposo adecuado, y utilizaba férulas de plomo para fijar el cuello y la
columna. Describe manipulaciones de la cabeza y el cuello, así como vendajes
que hacían de fijación, para arreglar problemas de dislocación cervical.
 |
Cirujanos barberos, grabado del siglo XVII; en: http://enfeps.blogspot.com.es/2010/06/ambrosio-pare-un-aprendiz-de-barbero.html |
Y nos metemos de lleno en la Edad
Moderna, en los siglos XVII y XVIII. Según parece, esa cadena progresiva de
pulido e incorporación de nuevos eslabones en el avance del tratamiento para
lesiones medulares creció poco durante las épocas artísticas del barroco y el
neoclasicismo. Se abrió la veda para la disección científica y didáctica de
cadáveres, práctica prohibida por la Iglesia hasta las fechas. Las técnicas del
vital y deslumbrante Ambrosio Paré serían secundadas y puestas en ejecución con
cambios menores por una lista amplia de cirujanos en muchos países de Europa.
No es menester el citar nombres de médicos cirujanos quienes refieran haber
intervenido en Francia, Inglaterra, Italia, Alemania, etcétera, a pacientes con
lesiones vertebrales y medulares mediante técnicas diversas; alguno de ellos
intervenía quirúrgicamente las lesiones dorsales y lumbares, mientras que
utilizaba métodos de tracción para las lesiones cervicales, colgando a los
pacientes del techo para provocar el estiramiento del cuello (me imagino una
escabrosa “sala de colgados” en un hospital de nuestros días, con unas cuantas
filas de lesionados cervicales colgando del techo como jamones en proceso de
curación). Hiperflexiones, estiramientos, encajes de huesos, bancos giratorios
de estiramiento, cuerdas con ganchos… ¡puaggg! En la época en la que Bach
compuso el Magnificat y Descartes
escribió su Discurso del método, y un
poco más adelante, cuando Mozart compusiera La
flauta mágica o Goethe publicase Las
desventuras del joven Werter, durante los tiempos de los grandes templos
barrocos construidos por toda Europa, los grandes museos, las primeras
Academias científicas y, en fin, a lo largo de dos siglos de modernidad
consolidada, plataforma de acceso para la Edad Contemporánea, el avance médico
en el tratamiento de lesiones medulares había variado como el pelo de una
espiga de trigo desde los tiempos del antiguo Egipto. Una espiga puesta de
canto.
En el siglo XIX empiezan a
figurar nombres y sobre todo modos de trabajar en la ciencia y la medicina que
prenuncian el siglo XX, terrorífico y magnífico al mismo tiempo, auténtico
punto de enganche para un nuevo vagón en las etapas de la historia. Dice
Eltorai: “El siglo XIX vio avances en anatomía, patología, fisiología y
cirugía. La Medicina llegaría a ser una disciplina más científica”. Diremos que
el término quadriplegia fue acuñado
por un tal sir William Gull en 1881 y que hasta entonces se habían dividido las
lesiones en torácico-lumbares y cervicales. Las medidas de higiene, que de
forma pionera Ambrosio Paré había prescrito como imprescindibles para la
curación de heridas o la intervención quirúrgica, comienzan a sistematizarse en
los protocolos médicos decimonónicos y el mayor éxito alcanzado en las
operaciones invita a una mayor práctica de la cirugía y a un cierto descenso de
la escabechina generalizada con lesionados medulares.
No he encontrado bibliografía ni
referencias en Internet tocantes a una nómina biográfica de hombres y mujeres
ilustres que hayan sufrido lesión medular. Y es que en realidad el porcentaje
de lesionados medulares es relativamente bajo. No hay datos muy fidedignos,
exactos o certificados sobre porcentajes absolutos; es más fácil encontrar
datos sobre número y porcentaje de nuevos lesionados medulares por año. Pero si
se toma información de un país y de otro en diferentes fuentes y se hace una
aproximación, el porcentaje vendría a rondar un 0,09 o 0,10 por ciento. Es
decir, 900 o 1.000 casos por millón de habitantes. Esto supondría que tenemos
que reunir al menos a 1000 habitantes para encontrarnos con un lesionado medular.
Bueno, en un partido del Real Madrid con su estadio lleno deberíamos tener 85
lesionados medulares, y si fuéramos a ver al Barcelona en el suyo tendríamos
que toparnos con 98; lo que pasa es que seguramente en un estadio de fútbol no
encontremos a ningún lesionado medular. Mejor ver el partido en casa. Quizá por
esto, los hombres y mujeres ilustres con lesión medular han sido pocos, porque,
aunque siempre supongan una cantidad excesiva, su frecuencia no es por fortuna
la misma que la de la gripe. Si buscáramos gente ilustre entre quienes han
padecido gripe tendríamos que irnos a la enciclopedia universal.
En el artículo que está sirviendo
de base para este repaso histórico, sin embargo, se citan dos casos singulares
del siglo XIX. Uno es el famosísimo almirante Nelson, quien para ganar fama
eterna en la refriega naval más grande de la historia se vio obligado a pagar
con un sueño igual de eterno, al sufrir una herida de bala en la batalla de
Trafalgar (1805). Su herida le afectó a la médula y murió poco tiempo después
de recibirla. Cuestión de horas.
 |
Pintura de Clarkson Frederick Stanfield: batalla de Trafalgar |
Resulta curioso descubrir, al
profundizar un poco en el siguiente ejemplo de persona ilustre con lesión
medular, que el detector de metales, o de algún modo su predecesor, fue
inventado para buscar una bala perdida en el cuerpo de un presidente de los
Estados Unidos de América. James A. Garfield se encontraba en la estación de
tren para tomar el convoy en dirección a su residencia de campo, cuando un
abogado apellidado Guiteau le ofrendó dos disparos en el pecho; Garfield
comenzaba su séptimo mes de presidencia y el abogado estaba cabreado por no
habérsele concedido las prebendas que esperaba después dar su apoyo al
presidente.
A Garfield los médicos que le intervinieron le hicieron una gran avería, como
si fueran mineros más que cirujanos. No he podido descubrir si la lesión medular
fue provocada directamente por el disparo o si fueron aquellos matasanos
quienes se la propinaron con su búsqueda espeleológica. Y de pronto apareció
por ahí un auténtico trepa de la historia de la ciencia, el escocés Alexander
Graham Bell,
quien ingenió un buscador de metales y a quien no le funcionó el invento porque
la cama era de hierro. El efímero presidente duró ochenta días desde el disparo
hasta la muerte.
¡Siglo XX! No creo que los
sesenta millones de muertos en las dos guerras mundiales hayan sido para nada
necesarios en el avance de la ciencia. Es un precio inasumible para la
humanidad. Sin embargo, esta especie a la que pertenecemos parece proclive a
aprender a golpe de desgracias, y muchos de los avances de los que disfruta
nuestra Era proceden de un progreso previo en el orden militar. En lo tocante a
la lesión medular traumática, vamos a constatar en este último trayecto de
nuestro viaje por la historia cómo avanzó la investigación a expensas de la
tragedia de la guerra, nunca suficientemente sentenciada como acto de suma
estulticia/maldad de nuestra especie. Durante la primera mitad del siglo XX, la
mortalidad de la lesión medular se encontraba todavía en índices
ligerísimamente menores a los de la época de las momias egipcias. Aunque después
de Pasteur y Lister (s. XIX) quedó preparado el camino de los antibióticos,
higiene, esterilización y asepsia aplicados a cualquier intervención quirúrgica
y post-quirúrgica, lo que hizo disminuir en general la mortalidad de todo tipo
de operaciones. Sin embargo, para rebajar la mortalidad en la lesión medular
todavía sería necesaria la implementación de otras nuevas medidas médicas.
También se descubrirían los rayos X, útiles para un diagnóstico previo a la
intervención. En conflictos bélicos de la primera mitad del siglo XX (guerras
balcánicas, primera y segunda guerras mundiales) se recogen estadísticas de una
mortalidad todavía escandalosa, un 80 o un 95%. Eran las lesiones incompletas o
suficientemente bajas (lumbares, coccígeas, sacras) las que constituían el
ridículo margen de supervivencia. Añade Eltorai que “en la segunda mitad del
siglo XX los avances fueron muy grandes […] en los campos de la cirugía, la
rehabilitación, la educación, la urología, la farmacología […] y la investigación”.
 |
Soldados recuperándose. Foto: Howard Markel M.D. |
En las primeras décadas del siglo
XX se comenzaron a acometer nuevas técnicas quirúrgicas en el entorno de la
médula. Un amplio instrumental de cirugía fue desarrollado: varillas,
tornillos, redecillas y mayas, escayolas, ganchos, etcétera; toda una
ferretería. Hacia los años treinta (prosigue en su artículo Eltorai) surgirán
importantísimos cambios gracias a la figura de Donald Munro, neurocirujano con
un bagaje amplio en cirugía general y urológica. Se le puede considerar el
fundador de los modernos cuidados protocolizados de la lesión medular. Se
preocupó por la rehabilitación e incluso por atender las necesidades económicas
de los pacientes lesionados, cuyos medios de vida se ven lógicamente
interrumpidos. La locura maníaca y proterva del antisemitismo nazi consiguió
que Ludwig Guttmann se viera obligado a emigrar a Inglaterra antes del comienzo
de la Segunda Guerra Mundial. El ministro alemán Ribbentrop de Asuntos
Exteriores firmó el permiso, con el fin de que el médico tratara a cierto amigo
portugués del dictador Salazar. Desde Lisboa partió hacia Gran Bretaña y allí
consiguió la ayuda necesaria de parte de una institución británica dedicada a la
ayuda de académicos refugiados políticos, donde le consiguieron visados para su
mujer y sus dos hijos. La familia se
instaló en Oxford en el año 1939. Guttmann era médico neurocirujano judío
nacido en Alta Silesia (otrora parte de Alemania y actualmente Polonia). Había
tratado casos de lesionados medulares víctimas de la Primera Guerra Mundial y
tenía recorrido un trayecto importante en este campo. Tras sus primeros años en
Inglaterra ejerciendo como médico, en 1944, alentado por el gobierno británico,
fundó el National Spinal Injuries Center,
en el Hospital Stoke Mandeville, en Buckinghamshire. Este Centro Nacional de
Lesiones Medulares acogería principalmente a víctimas de la guerra mundial, para
enseguida pasar a tratar igualmente a pacientes civiles. Por la amplitud de
parcelas organizadas por Guttmann para la atención inmediata, la intervención
quirúrgica y el posterior tratamiento y rehabilitación de las lesiones
medulares, debe considerarse como hospital pionero en todo el mundo. El centro
se convirtió en líder y decano para la enseñanza, la investigación y los
cuidados clínicos. Cualquiera que haya visitado, por ejemplo, el Hospital
Nacional de Parapléjicos de Toledo, y lea los diferentes departamentos del
hospital fundado por Ludwig Guttmann, se dará cuenta de que se trata de una
estructura similar. Tras su fama universal, el Stoke Mandeville sería replicado
a un lado y otro del Atlántico, en América (sobre todo en Estados Unidos) y
Europa, con una feliz y amplia proliferación. El antes citado neurocirujano
Donald Munro, quien había adquirido una especial inclinación y simpatía por el
problema, recordemos que fue en los años treinta, como médico en un hospital de
Boston, el desarrollador pionero en reunir una comprehensiva articulación de
elementos para el cuidado de la lesión medular; desbordó su especialidad como
neurocirujano para convertirse en especialista en las áreas de rehabilitación, urología, psicología, necesidades
socioeconómicas, investigación y enseñanza. Continuadores de los centros que
proliferaron a partir del año cuarenta y cuatro según la fórmula de Guttmann en
Stoke Mandeville, Ernest Bors y Estin Comarr, de un hospital en Long Beach,
California, fueron quienes fijaron los protocolos urológicos que otros centros
del mundo seguirían y que perduran hasta hoy; pero recordemos que antes, en los
años treinta, fue Donald Munro el que comenzó a practicar drenajes
intermitentes de la vejiga, con lo que disminuyeron drásticamente las
infecciones del tracto urinario. Y no perdamos tampoco de la memoria el
intrigante dato, milagroso y por ende inverosímil, de que en el antiguo Egipto,
hace más de 4.500 años, Imhotep u otro médico lumbreras hijo de las pirámides
ya había inventado y utilizado un catéter de bronce para drenar la vejiga. Por
su parte, el ya británico (nacionalizado como tal en 1945) médico judío
Guttmann, tras pensar en la mejor manera para una completa rehabilitación, o
mejor dicho (puesto que la rehabilitación completa es imposible más allá de lo
que el nivel de lesión marque) reinserción social del lesionado, organizó en
Stoke Mandeville y en la misma fecha de los juegos olímpicos celebrados en
Londres (1948) la primera competición para parapléjicos. Esta semilla
fructificaría, con participación de atletas con discapacidad de todos los
países, en los futuros juegos Paralímpicos.
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Guttmann, pre-paralímpicos. Foto: archivo BBC News |
La técnica va a
generar a lo largo del siglo XX una amplia lista de aparatos y métodos
combinados de enorme utilidad para afinar en el diagnóstico: mielografías
(inyectando contraste en el conducto del líquido cefalorraquídeo de la médula),
mielografía con radionucleidos, epidurografía, discografía (no la de Gustav
Mahler o la de Elvis Presley, sino de los discos vertebrales), angiografía,
tomografía axial computarizada, resonancia magnética, etcétera.
En mi caso, por
ejemplo, conviene mejor que nunca apelar, retorciendo y chabacanizando su
verdadero contexto de enunciación, al famoso apotegma socrático de que, en lo
referente al estado diagnóstico de mi médula, sólo sé que no sé nada; lo que dicen los médicos es que no se me
puede hacer una resonancia magnética porque las piezas de titanio ancladas en
la zona de la lesión distorsionan la imagen. ¿No hay entre tantos métodos una
forma de sortear el “titánico” escollo? Otra duda de carácter técnico que
todavía no comprendo bien y que ningún galeno ni galena me han sabido despejar
es la de cuáles son los verdaderos parámetros científicos para determinar
cuándo una lesión es completa o cuándo se trata de una lesión incompleta. Según
parece, tal parcela del diagnóstico es confiada únicamente al inefable método
del palillo. ¿Palillografía? El
médico o médica se sirve de un instrumento de máxima precisión: un pequeño
palillo que por uno de sus extremos termina en punta y por el otro se remata
con algodón o material suave y forma roma. Con uno u otro lado del palillo y
muy suavemente el especialista comienza a pincharte con la punta o a “tocarte”
con el extremo más suave, empezando desde las zonas claramente sensibles, por
ejemplo cuello y hombros, y descendiendo poco a poco hacia zonas fronterizas
con la insensibilidad, hasta llegar a las partes completamente insensibles. El
paciente debe cerrar los ojos y responder a una pregunta semejante a ésta:
“¿siente; pincho o toco?” Y el paciente:
—Pincha; pincha; toca;
pincha; toca; toca; ni toca ni pincha, no siento nada; pincha; no siento, nada;
nada; nada.
La prueba del palillo
se la hacen al paciente en los primeros días para ver hasta dónde se tiene
sensibilidad; la repiten pasado el tiempo, de tal suerte que si la frontera
sigue en el mismo punto, se da por supuesto que la lesión no está descendiendo
y por tanto se trata de una lesión completa. Aún vuelven a realizar el
pincho-toco (¿mejor pinchotocografía?)
a los tres meses, plazo estandarizado en el que se considera que la médula debe
desinflamarse y dejar pasar la información sináptica y, en tal caso, demostrar
así que se trata de una lesión incompleta. Yo he leído hace tiempo en un
artículo científico que no he sido capaz de volver a encontrar en la Red que hay
hasta un 20% de casos de lesión medular traumática en los que se producen
cambios y nuevas conexiones incluso hasta pasados los tres años. Si se confía
la cuestión a la estadística, sí parece claro que hay una mayoría de casos en
los que el plazo de tres meses se muestra determinante. Por lo que a mi ejemplo
personal se refiere, mi nivel de capacidad sensible y motora ha descendido
mínimamente desde los primeros tiempos en el Hospital Ángeles de Querétaro; sin embargo, sí ha ido descendiendo
muy poco a poco, hasta el punto de que he logrado mover mi muñeca izquierda
pasados diez meses desde el accidente. Aunque no es éste el momento del libro
donde dedicaré más líneas a este asunto, debo advertir por adelantado que no he
observado en los médicos que me han tratado ningún afán de activa curiosidad
científica, no he percibido que en sus visitas a mí o a otros compañeros se
molestaran en recoger datos que les sirvieran para dar o quitar la razón a las
estadísticas en las que incautamente se confían. Yo no observaba que ni la
doctora o el doctor, ni la enfermera o el enfermero que los acompañan, tomaran
nota de absolutamente nada. Si se piensa que al llegar al despacho el
facultativo se pone a elaborar un minucioso informe tirando de una prodigiosa
memoria es que quien esto piensa posee un alma cándida y se cree que los
pájaros maman; además, si así fuera, confiar en la memoria es algo que un
espíritu científico nunca se permitiría ni en los casos de mayor
ensoberbecimiento.
Por no ser exhaustivo
el repaso histórico que se está haciendo en este capítulo, y resaltar sobre
todo aquello que me sirve para sombrear la silueta de un progreso médico débil
cuyos músculos y perfiles comienzan a tornarse más fornidos y nítidos a medida
que avanza el siglo XX, por ser un repaso histórico no pormenorizado y detenido
en ciertos hitos que me han parecido singularmente atractivos, dejo sin anotar
muchos nombres y la enunciación de pequeñas variaciones sobre progresos mínimos
(sin dejar de hacer notar esa casi imperceptible acumulación de saberes que
eslabón tras eslabón va forjando la cadena de un progresivo conocimiento de la
lesión medular). Pero si hay una lista realmente nutrida de nombres que debo
dejar atrás es en particular cuando estoy resumiendo los avances del siglo
pasado. Prosigamos el último jalón de este trayecto deteniéndonos sólo en las
plazas más conspicuas. El ejército norteamericano montó un centro para el
tratamiento y rehabilitación de la lesión de la médula espinal (en inglés
continuamente la referencia de la lesión medular se representa con las siglas
SCI —Spinal Cord Injury—), en Oxford, Massachusetts, donde se adoptó la fórmula
establecida por Donald Munro: cirugía, rehabilitación, urología, psicología,
necesidades socioeconómicas, investigación y enseñanza. Howard Rusk, Arthur Abramson y Harry
Kessler fueron figuras importantes en el campo de la rehabilitación, nos dice
I. Eltorai; se desarrollan subespecialidades que hoy se encuentran
perfectamente incorporadas en hospitales especializados, como el HNPT donde
pasé nueve meses: rehabilitación genito-urológica, terapia sexual, fertilidad,
prácticas para conducir, terapia ocupacional. Un punto crucial en la historia del
conocimiento y el tratamiento de este estragante mal es cuando la Medicina, en
tanto que disciplina universitaria, comienza a considerar como una especialidad
o al menos como una sub-especialidad (dentro de la especialidad de Neurología)
la lesión medular. Una vez más, los criterios de Donald Munro sobre
neuro-traumatología y rehabilitación abren el camino para que, en esta ocasión
de forma pionera en los hospitales militares, sean incorporados e inicien así
un enfoque académico y clínico que habrá de convertirse en norma en todo el
mundo. Eltorai:
En los
siguientes cuarenta años, la Administración de Veteranos (Veterans
Administration) lideró la rehabilitación de la lesión de médula espinal y se
alcanzaron logros muy notables. Se celebraron conferencias cada año y las
ponencias presentadas fueron registradas en actas anuales. En los años setenta,
Erich Krueger, el director nacional, inició entrenamientos para preparar
médicos cualificados en el cuidado de lesión de médula espinal. En los ochenta,
Emanuele Manerino inició un programa de becas de dos años, con las que se
graduaron muchos médicos especializados en un cuidado comprehensivo de
pacientes con lesión medular. El Departamento de Salud y Servicios Humanos
abrió ocho centros de lesión de la médula espinal a lo largo de los Estados
Unidos, liderando el desarrollo de programas de rehabilitación en estudios
universitarios superiores. [...]
La Sociedad
Americana de Paraplejia, fundada en 1954 por Estin Comarr, incorporó y financió
reuniones anuales para la educación. Esta sociedad también creó [una revista
especializada], la Journal of Spinal Cord
Medicine, que se erigió en publicación líder en este campo.
A cualquiera que haya andado, quiero
decir, que haya andado o rodado por pasillos y habitaciones de un hospital
especializado en para y tetra plejia (por cierto,
etimológicamente “ausencia de movimiento”) no le es desconocido el acrónimo
ASIA. Cuando el médico o la médica entra en la habitación de un paciente con el
palillo en ristre (ya saben, la herramienta necesaria para practicar una palillografía) suele traer en la otra
mano, aprisionada por la pinza de una plancha para escribir, una fotocopia con
una serie de letras y números, casillas donde marcar X y el dibujito de un
humanoide fragmentado por líneas que delimitan las diferentes regiones
musculares. Se trata de una escala reconocida internacionalmente para indicar
los niveles de sensibilidad y capacidad motora. Detrás de esas siglas que nos
evocan algo oblicuo, ASIA, se esconde una institución fundada en 1971, The American Spinal Injury Association,
que además de su contribución y normalización en el diagnóstico, contribuyó
enormemente con la causa al promover todo tipo de reuniones, seminarios, etc.
sobre un amplísimo elenco de temas en torno a la lesión medular; financió
programas en el extranjero, con la consiguiente propagación del conocimiento sobre
el tema por muchos países. Esta imparable progresión de centros hospitalarios
especializados y organizaciones atingentes a la lesión medular alcanzó un hito
a partir del cual se formaría una auténtica sinergia internacional con las
reuniones anuales organizadas por La Sociedad Médica Internacional de
Paraplejia (IMSOP, sus siglas en inglés), sociedad organizada por Ludwig
Guttmann. Entre estas asociaciones por todo el mundo (Sudamérica, Australia,
Europa, etcétera), aparte de la ya citada ASIA, encontramos la Sociedad
Española de Paraplejia (SEP).
El premio Nobel
(1906) español Ramón y Cajal puede ser considerado como el iniciador de la
neurología contemporánea. Aparte de haber descrito la estructura neuronal del
sistema nervioso central y la existencia de distintos tipos de células
nerviosas, se adelantó varias décadas en considerar esta estructura como un
órgano dotado de plasticidad, donde las células nerviosas se mostraban capaces
de un cierto grado de regeneración. Según he podido leer en cierto artículo de
la revista Jano,
podrían encontrarse contradicciones a este respecto en distintos trabajos de
Cajal; en el conjunto del sistema nervioso central, consideró la naturaleza de
esta plasticidad propia de las células nerviosas del cerebro, pero no así de la
médula espinal (parte igualmente del sistema nervioso central). Estudios
posteriores en anfibios y reptiles parecen apuntar a cierto grado de
regeneración después de la lesión medular. No sé si esto significa que hay que
ser un poco sapo o viperino para que nuestra médula se regenere.
Cuando hablamos de la
segunda mitad del siglo XX y sobre todo a partir de los años 70 y 80, hablamos
de una cantidad de nombres propios, centros de investigación y hospitales,
generación de fármacos, modificación de mejoras en lo que respecta a cirugía,
infecciones de orina, sistematización de protocolos hospitalarios y post-hospitalarios,
tratamiento de úlceras por presión, y posiblemente otros aspectos tocantes a la
lesión medular, de tal suerte que nos encontramos ¡por fin! con un momento
histórico donde, para empezar, el lesionado medular ya no es un cadáver a las
pocas horas, como aquellos homínidos que se caían del árbol al principio de
este capítulo. Por el contrario, la esperanza de vida de un lesionado medular incluso
con una lesión cervical alta puede ser la misma que la de una persona sin
lesión. Ya inmersos de pleno en el siglo XXI se comienzan a vislumbrar puertos
viables donde atracar una multiplicidad de barcos con investigaciones y
armamento variopintos flotando en un océano muy extenso: tecnología,
biorrobótica, farmacología, regeneración celular, estimulación eléctrica
epidural de la médula, estudio con células madre. Como hemos basado este
singular repaso histórico tirando de Eltorai, aunque de forma libérrima,
ampliando, diversificando o reduciendo el hilo de su artículo, las últimas
palabras de su conclusión me parecen perfectas como epílogo promisorio de esta
larga historia de la lesión medular:
A lo largo de la historia del hombre,
la lesión de la médula espinal se ha encontrado en condiciones catastróficas y
su pronóstico ha sido verdaderamente sombrío. Sólo después de la Segunda Guerra
Mundial, la labor de distinguidos médicos y científicos ha mejorado las
perspectivas de las víctimas de la lesión medular. En universidades [y centros
de investigación] por todo el mundo, los investigadores están trabajando para
poder llegar a rectificar [al legendario médico de la antigüedad egipcia]
Imhotep cuando afirmó que la lesión medular es "un mal que no puede ser
curado". Como afirmara el profesor Max Thorek,
"la ciencia no tiene patria". Esperemos que los esfuerzos de los
investigadores alrededor del mundo cumplan con el deseo de la humanidad para
encontrar pronto una cura.
Estaban transcurriendo los últimos días de mi estancia en el Hospital Ángeles de Querétaro. Sobre
todo Mildred se había convertido en mi bastión anímico. Siempre mostrando su mejor
rostro, su apoyo incondicional. Vuelvo a insistir en que se produjo por nuestra
parte una especie de islote de la inocencia donde poder sobrevivir como alegres
náufragos, sin querer en ningún momento que ninguna embarcación de rescate nos
condujera hasta las costas ásperas del realismo, ingente masa continental a la
que más tarde y sin remedio terminaríamos arribando. Son procesos diferentes
los vividos por Mildred y por mí en este sentido, aunque en efecto los dos
habitáramos la misma isla de la inocencia; a mí me había conducido hasta ese
paraje de horizontes esperanzados el puro aturdimiento, la falta de conciencia
y la ignorancia, simplemente; a Mildred, supongo, la debió conducir su empatía,
pero también, es verdad, un cierto grado de desinformación voluntaria, porque
en verdad ella poseía más información que yo y por supuesto una conciencia
muchísimo más clara. Debería preguntarle. Pero cualquiera de las suposiciones
me llevan a pensar que era nuestra complicidad de siempre, la comunión de espíritu
que desde años atrás había caracterizado nuestra relación lo que nos había
hecho habitar un mismo vergel ficticio, de arenas blanquecinas donde poder
dormir el sueño de la esperanza.
Como se dijo al final del cuarto capítulo, nuestros destinos —en sentido
físico estricto y consecuentemente en el sentido más figurado del término “destino”
en tanto que horizonte de vida y acontecimientos condicionados por el contexto—
nos venían dados por una toma de decisiones no del todo emanadas de nuestra
voluntad. De forma tal que ese “nuestro destino” (el de Mildred y el mío con la
familia que habíamos formado con Guzmán y Blanca) quedó en manos de quienes
podían tener más conocimiento y cuyo propósito estaba guiado por el cariño y dirigido
a buscar el camino más solvente para mi recuperación: mi hermana Miñu (médica oncóloga
con plaza en un hospital público de Guadalajara, España), con la complacencia
de mi primo Isidro y de José Luis Ortega, más el apoyo económico de tantas
personas como mis hermanos y hermanas pudieron recabar.
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