A ti lo digo, hijuela...
Pienso para perros es el primer dietario de
Luis Martínez de Mingo (Logroño, 1948), novelista, poeta y
autor de libros de relatos y ensayos memorables. Su novela El perro
de Dostoievski (2001) quedó finalista del Premio Nadal; su relato largo Pintar al monstruo (2008) fue galardonado con un prestigioso premio de novela corta; de su
volumen de cuentos Bestiario del corazón (1999), ha
formulado Caballero Bonald juicios de valor concluyentes (“un libro insólito de
un escritor brillante” es el más repetido), extendibles a otras de sus obras.

Entre los aspectos formales preponderantes que
caracterizan Pienso para perros
figuran sin duda ciertos elementos frecuentes en la alta literatura. Por
ejemplo: el hecho de relatar el acto mismo de narrar; la transgresión y la
mezcla de géneros; la autoficción al hilo de figuraciones del yo del autor; la
incorporación del ensayismo; el borbolleo continuado de ideas ahítas de
sugerencias y asociaciones deslumbrantes y reveladoras; el todo sin abandonar
las lindes de los motivos y temas capitales que aborda y despliega (la vida, la
muerte o el suicidio, la soledad, el motivo del tempus fugit, el amor y el distanciamiento, el desconcierto, la
amistad y la pérdida, sobre todo).
A juzgar por las declaraciones del autor, el
dietario recoge algo más de un tercio de las páginas que constituían el
manuscrito, pues deseaba que quedara “lo esencial, [...] que fuera muy
concentrado, intenso”. También confirma la ambigüedad del título, si bien
reponde con una doble pregunta: “es un título con doble sentido: ¿esto es para que coman los perros o es que el
autor piensa para los perros?” (V. J. Sáinz: “Yo he abrazado la literatura para
siempre y seguiré hasta el final”, La
Rioja, 20-XII-2014, pág. 40).
Sobre el motivo del
suicidio hay textos memorables; algunos son conmovedores, como el caso de
Walter Benjamin (“se suicidó porque no tenía dónde cobijar el corazón”, porque
era muy consciente de que el arte estaba abocado a la esquizofrenia, pág. 18);
y porque presentía que el arte se estaba convirtiendo en “performance para la
sociedad del espectáculo” (pág. 50); en
algunos casos aforismos o axiomas turbadores lo
definen desde otros puntos de vista (“¿El suicidio? Un asunto de amor propio
mal correspondido.”, pág. 96; a veces con referencia a autoridades de ahorcados
ilustres, como en el caso de François Villon, que se dijo antes de cometer el
acto: “Ahora va a saber mi cuello lo que pesa mi culo[AL1] ”).
Las referencias ad auctoritates son frecuentes, están
siempre bien traídas y contextualizadas, a veces mediante el recurso al
epítome, a la cita o a la paráfrasis de textos canónicos, sin descartar casos
de dolorosa resonancia y significado políticos; un buen ejemplo es la acotación
relativa al 20 de octubre de 2011, día en que ETA leyó “el comunicado del fin
definitivo de su violencia”, con la mención de Jon Juaristi como coadyuvante
del “proceso contra los terroristas” y la cita de los versos que parafrasean el
comienzo de “La casada infiel”: “Y que yo me la llevé al río / un día del
Aberri Eguna / pero tenía marido / y era de Herri Batasuna” (pág. 109).
Las figuraciones del yo
inician en la cubierta misma del dietario, conformada sobre una fotografía de
Inmaculada García Saura, en la que el escritor aparece en primer plano con
gafas oscuras de mafioso y con los rascacielos de Nueva York más frecuentados
por los turistas como telón de fondo. Una portada que evoca el expresionismo
sin par del sañudo dibujo de George Grosz (Memory
of New York, 1916-1917) y la reveladora VI Perspectiva[AL2] urbana con autorretrato (1929-1931) de Poeta en Nueva
York, de García Lorca, hipotextos ambos, con la película Metrópolis (1927 de Fritz Lang), de las técnicas de gran plano
cinematográfico que han ido narrando las epopeyas de la Gran Manzana. No estará
de más anotar que, como muestran los varios textos del
dietario referidos a la metrópoli,
el escritor asume plenamente la acepción y el significado de la efigie del
“sujeto” de la cubierta, que percibió la metrópoli como “el colmo de la
irracionalidad, el mejor epítome de nuestra descerebrada sociedad” (pág. 112).
Sobre los motivos de la
amistad y el amor abundan los ejemplos, por lo que me limito a reproducir un
único pasaje referido a uno de los momentos paradigmáticos, que abunda sobre el
concepto de homo homini lupus est:
“Por Navidad los lobos se refugian en su
madriguera, junto a los suyos. Allí disimulan sus uñas retráctiles[AL3] , se pavonean de sus últimas presas y ululan en corro con los hocicos dirigidos a la luna.
Durante 24 horas esconden el colmillo y se echan la zarpa por el cuello.
Al día siguiente [...] salta cada uno a su despacho. Sin piedad, a dentellada
seca son todos doctores en Licantropía.” (pág. 32).
El lector encontrará en cada entrada una sorprendente intensidad,
incluidas aquellas que constan de una sola línea, en marcada concordancia con
el verso quevediano que abre y cierra el dietario: “¡Ah de la vida!... ¿Nadie
me responde?”. Sorprenden la polivalencia de significados de cada
entrada y las variadas respuestas que tienen las preguntas. Una multiplicidad
que, sin embargo, no roza la ambigüedad ni se desvirtúa en el juego de palabras
o cae en el esparajismo, porque el escritor está comprometido con sus lectores
y con su escritura. Un libro, en suma, muy
bien escrito, necesario, severo y entrañable a la vez. - JOSÉ M. LOPEZ DE ABIADA
Luis Martínez de Mingo, Pienso para perros, Sevilla, Renacimiento,
2014, 118 págs.
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