El verso alejandrino no brota como brotan otras formas métricas de mis circunvoluciones órficas; pero me deslizaba, la tarde de este doce de julio, hacia ninguna parte en mi silla de ruedas por la pequeña carretera sin vehículos, serpenteante como mi alma. Iba hacia el río. Él también serpentea, y lo amo con sus escamas gélidas, su limpieza prístina y la vida que brinda a sus orillas. La crisálida de un poema nació en mi imaginación. Sabía lo que quería decir. La voz de mi hijo resonó por detrás de mí a varios metros de distancia cuando yo ya llevaba recorridos cerca de dos kilómetros. "¡Papá, papá. Espera!" El sentido del poema terminó de cuajar en ese preciso instante. Necesitaba una métrica acorde con mi propósito entre lo narrativo, lo épico e incluso lo elegíaco. Con las licencias de la arritmia e incluso alguna sinalefa, tardé tres tardes en componerlo. Lo sé, no era para tanto. Hacía mucho que no gastaba tanto tiempo y esfuerzo técnico en dañar tan sin escrúpulos a la propia técnica poética. Hacía mucho que no me entretenía más allá de unas horas en componer un poema. Éste es el resultado, sin pudor:
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Ya de subida, esta foto |
Permanencias
Entre este cielo
azul de Castilla del norte,
las verdades se
funden con los gases más nobles
del espacio total;
bajo un claro fenómeno,
al tiempo que
desciendo entre pequeños robles
trazando cada curva
mi cuerpo paralítico,
doblada la cerviz,
extremidades muertas.
Un lamentable icono.
Naturaleza muerta
sin la gracia del
lienzo, este árbol sincopado
(poeta sin belleza).
Bebo a través de un plástico,
meo a través de un
plástico, he usurpado una concha
de dolor no más feo
que su cuerpo de plástico,
sus ruedas
ortopédicas. Todo resulta horrendo.
Ser más
condescendiente, mi pródiga indulgencia,
funciona exactamente
contra la ley divina,
tormentas o
ciclones: es aplicable al otro,
mas nunca me resulta
eficaz frente al espejo.
Y en tanta claridad
lo mineral me llama.
Tetrapléjico y solo
recuerdo a mis dos hijos
que a tantos pocos
metros, acaso algún kilómetro,
saltan, juegan, y se
ríen, la plenitud los dota
de inextinguibles
llamas, tan lejos de mí mismo.
Como un muñeco roto
me inclino hacia los lados
en este carricoche
donde mendiga el cuerpo,
la escueta
carretera, al fondo recortadas
verdiazules laderas,
descendiendo hacia el río.
Vuelvo a pensar en
ellos. Quiero legarles algo.
Antes de que la
noche me derrumbe por siempre
o la profundidad del
río amado y frío.
Y con temor del
verso y de su arquitectura
quiero atreverme y
lo hago, con osada abstracción
obstinadas proclamas
en segunda persona
pronunciar desde el
pecho todavía cargado
de esta temeridad
inarrancable y mía:
criaturas nuestras,
Blanca y Guzmán ¿en qué momento,
por qué instante
azaroso surgisteis de la nada
y en este centro
roto permanecéis invictos
con la sonrisa plena
clavando permanencias?
Sin milagros,
trompetas, sin misterios ni mitos
preñada de futuro y
no hay otra razón
ni otro sentido
dado; pero hacéis anidar
el imposible sueño
de conceder la vida
y habernos hecho
dioses creadores de otros dioses.
Buscad sólo la dicha
mientras dure el milagro,
que os colmen los
azares de esta gloria cautiva
en cada punto, en
cada valle, bajo este cielo
donde os fundís
vosotros con los gases más nobles.
No se puede querer
como yo os quiero. Tanto.
En el fondo del río
mi corazón se quiebra,
vuestro latir me
nace. Lo mineral me espera.