Acaba de morir Fidel Castro. 25 de noviembre de 2016. Con toda probabilidad
lo ha hecho vestido con su chaqueta deportiva de la marca Adidas, uno de cuyos
dos hermanos fundadores, Rudi, perteneció al partido Nacionalsocialista y
combatió en la segunda guerra mundial con Hitler. Es probable que fuera su
propio hermano Adi (Adolf) Dassler quien lo denunció. El nombre de Adidas proviene
de la fusión del nombre diminutivo de este último más la primera sílaba de su
apellido —Adi+Das—.
Cuando Francisco Franco murió, 20 de noviembe de 1975, Fidel Castro decretó
varios días de duelo en Cuba.
Una corriente subterránea parece unir a los tiranos,
confraternizados por una ruin simpatía. O mueren en el tiempo —nunca
suficientemente a tiempo— en que sus revoluciones todavía se encuentran en
proceso de fraguado, o existe el riesgo de que consumen sus proyectos, se
perpetúen y acaben siendo aceptados por el resto de potencias, incluso las más
democráticas. Miles de personas, dirigentes de otros países, el propio rey emérito de España, delegaciones democráticas asisten a las exequias del sátrapa cubano.
Mussolini se desnortó cuando llegaron las noticias de la
rendición alemana, quiso huir con su amante Clara Petacci, pero su convoy fue
interceptado y lo capturaron junto con algunos acompañantes. Un grupo de
partisanos los "ajusticiaron" mediante el fusilamiento. Trasladados sus cadáveres
a Milán, fueron colgados en alto y boca abajo junto con otros tres fascistas que trataban
de huir con ellos. En la misma gasolinera donde penduleaban como conejos en una
carnicería entre las masas enardecidas, tiempo atrás habían estado colgados
decenas de partisanos. Dos días más tarde, Hitler y también su amante Eva Braun
se suicidaban en un búnker de Berlín. Para no fallar, primero tomaron cianuro y
luego se dispararon un poquito hasta matarse.
Estoy seguro de que, de haber ganado la guerra el Eje,
tanto Mussolini como Hitler habrían terminado por "naturalizar"
sendos Estados. Aunque quién sabe, dada el ansia imperialista del Führer, si
éste estaba dispuesto a proseguir su protervia hasta límites tan imposibles que
más tarde o más temprano no hubiera tenido más remedio que ser vencido y
ajusticiado por unos o por otros.
Pero ahí está, sin orden cronológico ni pretensiones
de exhaustividad, la lista de tiranos con tendencia a perpetuarse con la aquiescencia
final del resto de potencias: Iósif Stalin, con al menos tantos millones de
muertos sobre sus espaldas como Hitler y una vesania de dimensiones también
mitológicas, Augusto Pinochet, Gadafi, Hosni Mubarak, Mao Zedung, Sadam Hussein,
Bashar Al Assad, Chávez-Maduro (de forma al menos discutida), Fidel Castro, Franco,
Videla, Salazar… Unos peores que otros, sin ninguna intención de compararlos, lo
que sí parece es que se cumple con mayor o menor rigor nuestra premisa de que
el tiempo pareció darles carta de naturaleza frente al resto de naciones.
Algunos hasta morir en la camita, a otros no tanto, incluso muertos de forma
violenta en manos de opositores después de alguna que otra década. Da la
impresión al menos de que aquellos dictadores que conseguían su propósito de
perpetuidad y no eran muertos al calor de sus desmanes revolucionarios, finalmente terminaban por contar con una difusa
aprobación de la comunidad internacional, no así de instituciones libres como
Amnistía Internacional o incluso la Organización de Naciones Unidas.
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Imagen tomada de https://www.quora.com/Who-was-worse-and-why-Hitler-or-Churchill-or-Stalin |
Pero esta entrada en el blog, que me surge pergeñar
al calor de la muerte de Fidel Castro, tiene el propósito de divulgar algunos
hechos casi anecdóticos y no muy conocidos sobre Francisco Franco —entre
gallegos va la cosa—, quien, tras haber intentado dar un golpe de estado
devenido en guerra civil, terminó por gobernar España de manera bastante cómoda
en lo que a las presiones internacionales se refiere durante más de 35 años. Hechos
pseudoanecdóticos con los que sólo tengo el propósito de apostillar la
mediocridad intelectual del dictador. Creo que esa mediocridad intelectual es
otro de los rasgos que unen a la mayor parte de los dictadores. No en vano, la
intelectualidad suele haberlos incordiado notablemente, hasta el punto de
querer exterminarla, o domesticarla.
Se sabe que Franco contaba con ciertas aptitudes,
como su habilidad militar, su arrojo en la guerra de África, entre la valentía
e incluso la temeridad, y su astucia para haber ido abriéndose hueco en el
levantamiento militar de 1936 hasta lograr colocarse por encima de cualquier
otro como el más apropiado Jefe de Estado, en primer término, en las partes de
la península donde había ido triunfando el bando nacional(-ista) y en última
instancia en el conjunto del país una vez ganada la guerra en 1939.
Incluso entre sus correligionarios y algunos
considerados como amigos se decía de él que carecía por completo de cultura
económica, que nunca mantenía un diálogo con nadie sino que solamente vertía
discursos políticos de carácter cerrado, argumentos dogmáticos y creencias
personales. Su primo y amigo Francisco Franco Salgado-Araujo definía el tipo
de relación verbal con el Caudillo como un monólogo cargado de diatribas y
órdenes, y un repiqueteo constante sobre la conjura internacional de masones y
comunistas contra España. Además de su incultura económica, pese a una falsa
propaganda sobre su inteligencia y sobre su cultura, falsas facultades
intelectuales de Franco propaladas incluso por importantes historiadores como
Luis Suárez Fernández, según parece también adolecía de una preocupante falta
de cultura en general y de una completa ignorancia en asuntos científicos. Es
consabido y muy notorio su sesgo paranoide, entre lo religioso y lo
supersticioso, que lo llevaba a creerse una suerte de enviado de Dios para
llevar a cabo su "cruzada" contra el desvío moral al que estaba
abocada la patria regida por los gobiernos democráticos de la República; la
parte más conservadora del Ejército nunca estuvo en absoluto cómoda desde su
proclamación el 14 de abril de 1931, pero el acceso al poder del denominado
Frente Popular en el 36, que incluía el cumplimiento de una serie de medidas ya
previamente trazadas en las Cortes, medidas como la implantación definitiva de
la reforma agraria, la laicificación del país y la consiguiente pérdida de
poder de la Iglesia católica, el intento de control político sobre el Ejército,
etc., y también las revueltas sociales, el acoso popular a estamentos
religiosos, incluso con el asesinato de algunos sacerdotes y monjas, la quema
de conventos, el clima social enfebrecido, la impotencia de los políticos por
atajar cuanto antes la situación de desorden, y el argumento clave esgrimido
para justificar la intervención militar sobre la hipótesis de una remotísima posibilidad
de estalinización de España, terminaron de soliviantar a las fuerzas antirrepublicanas
y ofrecer una justificación para la sublevación.
Todavía en el primer año de la guerra civil, en 1936,
un indio alquimista [sic] que se hacía llamar Sarvapoldi Hammaralt,[1] se
le presentó a Franco en Salamanca con la promesa de poder fabricar cantidades
ingentes de oro con las que podría costear, para empezar, la guerra, y
convertir después a España en una superpotencia económica. Según parece, puso
el dictador a su disposición un laboratorio en Salamanca, y todos los medios
posibles a su disposición. Este indio, como buen taumaturgo, un buen día
desapareció. La alquimia como pseudociencia, con la que llegó a jugar incluso
el bueno de Paracelso en el s. XVI, había sido proscrita, rechazada o simplemente descartada
desde los tiempos de la Ilustración en el XVIII, movimiento cultural y cambio de paradigma
de una nueva Era que tanto y tan abarcadoramente aborrecía Franco. Claro.
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Miniatura del siglo XVII |
Hay una segunda anécdota que habla del grado de
simplicidad mental de Franco. Y de su mujer Carmen Polo, pues ambos fueron
embaucados. La guerra había terminado, y en 1940 se presentó ante el Caudillo
un austríaco que se proclamaba admirador acérrimo de Francisco Franco, Albert Elder
von Filek. Su habilidad era transformar el agua, ciertos fermentos vegetales y
un 5% de un ingrediente que guardaba en secreto como la fórmula de la Coca-Cola
en un carburante sintético muchísimo mejor que el refinado del petróleo. Carmen
Polo había viajado en un coche movido con este carburante, según le aseguraba el
chófer de Franco, así que su esposa le aseguraba haberlo visto con sus propios
ojos. No podía ser mentira. Sus estafadores también explicaban al dictador que
muchos de los camiones que traían el pescado del norte movían sus bielas por la
combustión de este supercarburante. Von Filek aseguraba haber sido torturado en
Austria para soltar su fórmula y haberse resistido a hacerlo en su totalidad,
confesando únicamente los componentes del agua y las lechugas, pero nunca ese
arcano 5%. También decía haber sido maltratado por los rojos en Madrid. Ahora todo
su amor, y su fórmula mágica, estaba destinado al Caudillo. Éste contaba a José
Félix de Lequerica, futuro ministro filonazi de Exteriores, que el químico austríaco
le profesaba a él tal admiración que le ofrecía producir gratis todos los
millones de barriles que fuera menester, y al hacerlo rechazaba ofertas jugosísimas
de las petroleras más potentes del mundo. Se publicó en el Boletín Oficial del
Estado una oferta de concurso para aquellas empresas dispuestas a implantar la
estructura industrial necesaria para su producción.
Franco dio algún discurso
prometiendo al pueblo un futuro de prosperidad basado en la exportación masiva de este aliño combustible.
Filtró la información a la
prensa, que no tardó en publicar noticias al respecto.
Primero había sido el oro del alquimista indio de la
India, en quien probablemente vio el dictador la reencarnación de un mago
medieval, y después un químico estafador. Y muy arriesgado. Von Filek y el chófer terminaron encarcelados. Se corrió un tupido velo y se censuró cualquier posible noticia al respecto del timo. No podían arriesgarse a que el dirigente visionario de más de 25 millones de habitantes quedara en pañales frente a sus súbditos.
Al margen de farragosos corpus historiográficos, hay
una lectura de carácter casi diríamos que hogareña, un argumento visceral y muy
familiar que a mí siempre me ha parecido expresivo de una persona con algún tipo
de retraso mental, por parcial o fragmentario que éste fuera; y es cuando filman al
Generalísimo junto a su mujer Carmen Polo sentada en un sillón de algún salón
de su vivienda y a la hija, Carmencita, en el regazo de su madre, impelida a
declarar su cariño hacia los niños alemanes, según un discurso torpemente aprendido. No hay que pensar mucho en cuáles eran sus intereses cuando se grabó
este vídeo propagandístico en 1937.
La señal que me hace reparar sobre algún
tipo de retardo psicológico es cuando el papá comienza a silabear como un
ventrílocuo con gastritis el discurso que pretendían hacer pasar por
declaración espontánea de la niña. Esto me parece muy ridículo, si no fuera
algo peor, ya que en los campos, ciudades y pueblos españoles se estaba
celebrando al mismo tiempo una carnicería fratricida.