Entre las
adicciones, ninguna más poderosa que la de la propia vida, pese al conocimiento
de que resulta siempre letal. Los caracteres suicidas resultan excepcionales,
son muy pocos y con toda probabilidad el día que deciden arrancarse la vida no
han pensado en lo definitivo que esto resulta; es una solución que clausura
para siempre cualquier otra alternativa. Por otro lado, siempre puede haber
alguien que se alegre de tu muerte. Un tipo de orgullo nos preserva. "¡Que
se suicide otro!", parece que exclamamos. La desolación del espíritu y la
pérdida del gusto por vivir conducen al suicida hasta su postrer consumación.
El dolor físico hace llorar algunas tardes y arrastra el ánimo hasta rincones
oscuros, pero ni siquiera así es suficiente para dejar de amar la vida. Alienta
la luz, el nacimiento de las hojas verdes, el rebullir de cualquier ecosistema
que nos albergue. Y el no saber si detrás de alguna esquina del tiempo, igual
que aquel día nos arrasó Belcebú, nos puede cubrir inesperadamente el manto de
la buena fortuna. A esto le llaman esperanza, y la esperanza no es la
felicidad, pero le sirve el mantel para que se siente. Podrá servirse o no el
banquete, pero por de pronto se aguarda frente a la cubertería, las copas y las
candelas.
Esta
adicción, este delicioso vicio, no quita que podamos regocijarnos con el
hipotético regreso a la paz mineral. Como fórmula de algo semejante a la
meditación trascendental, contemplarse a uno mismo transformado en un
esqueleto completamente limpio es algo que a mí, personalmente, me produce paz
y sosiego. Y siempre que hago este ejercicio de imaginación, evoco una
descomposición rápida y pulcra de mi cadáver sobre la arena del desierto. En
poco tiempo, los huesos pulcros se calientan bajo el sol sin que nada les
afecte, porque ya no hay carne, ni encéfalo, ni red nerviosa. En verdad, esta
ensoñación nihilista parece haber nacido después de mi accidente de moto y la
consiguiente tetraplejia, con su cortejo de dolores permanentes. El desierto se
ha convertido, dentro de mi particular código semiótico, en el símbolo del
descanso eterno.
Resulta que,
poco aficionado a las series de televisión, hay una cuyos ocho capítulos digerí
en un par de tardes o tres, y fui embaucado por su ritmo narrativo, la
psicología bien trazada de los personajes, la reflexión sobre el mal y una
ambientación paisajística que se convierte en reflexión y hechura de la soledad
del ser humano. Hablo exclusivamente de la primera temporada de True Detective (2014). Desde mi punto de
vista, en el último capítulo de esta primera entrega —de sentido completamente
unitario, cabal y cerrado— hay una escena final en la que los dos
protagonistas, los dos detectives compañeros y de rara amistad, mantienen una
conversación pseudofilosófica, mediante la cual el guionista arruina por
completo toda la carga de profundidad con la que estaba caracterizado el personaje
principal. Era precisamente el escepticismo de Rust (Matthew McConaughey), una
suerte de metafísica texana, un brote nitzschesiano en la estela de Robert
Ervin Howard, lo que le otorgaba cierta complejidad subyugante.
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Martin y Rust (Woody Harrelson y Matthew McConaughey |
Y también el
engañoso contraste con su compañero Martin (Woody Harrelson), tan descreído
como Rust, pero sin capacidad para enunciarlo, falsamente encorsetado en el
conservadurismo de un sureño de Luisiana y su doble moral. Cuando al final se
vierte bajo las estrellas nocturnas un mensaje ñoño, como si quisiera
enmendarse el nihilismo con una dosis disfrazada de moralina creacionista, por
lo tanto, ¿en qué queda el esplendor de la duda sembrada a lo largo de los ocho
capítulos? ¿Para qué se siembra la duda inteligente?: ¿para arrancarla de cuajo
mediante la escena final de un diálogo de renuncia a la complejidad y la
incomprensión?
El caso es
que la pequeña pieza folk de los títulos de crédito con los que comienza cada
capítulo de True Detective, Far from any road, alcanza cierta fama
gracias a la serie. El autor es Brett Sparks, quien canta con su esposa Rennie
(The Handsome Family es el nombre del grupo que forman). Un ritmo sencillo, facilón
y embaucador a partes iguales, con un texto de cierta envergadura lírica. El
símbolo del desierto, la muerte y la paz mineral. Se me ocurre a continuación transcribir
la letra en inglés, postular por mi parte una traducción libre, parafrástica,
un poema paralelo que funcione en castellano con el sesgo que yo quiero darle y
que se relaciona directamente con cierto fetichismo simbólico, y, finalmente, que
se escuche el tema. Ahí va:
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Se dice de un cactus del desierto que sólo florece una vez cada tantos años, y durante apenas unas horas, y que quien lo observa florecer enloquece o muere. |
From the dusty mesa
her looming shadow grows,hidden in the branches
of the poison creosote.
She twines her spines up slowly
towards the boiling sun
and when I touched her skin
my fingers ran with blood.
She twines her spines up slowly
towards the boiling sun
and when I touched her skin
my fingers ran with blood.
In the hushing dusk, under a swollen silver moon,
I came walking with the wind to watch the cactus bloom.
A strange hunger haunted me, the looming shadows danced.
I fell down to the thorny brush and felt a trembling hand.
I came walking with the wind to watch the cactus bloom.
A strange hunger haunted me, the looming shadows danced.
I fell down to the thorny brush and felt a trembling hand.
When the last light warms the rocks
and the rattlesnakes unfold,
mountain cats will come to drag away your bones.
and the rattlesnakes unfold,
mountain cats will come to drag away your bones.
And rise with me forever,
across the silent sand,
and the stars will be your eyes,
and the wind will be my hands.
The handsome family, Brett Sparks, Far from any road.
across the silent sand,
and the stars will be your eyes,
and the wind will be my hands.
The handsome family, Brett Sparks, Far from any road.
Desde la meseta polvorienta
se ciernen
sus sombras inminentes,
escondida
entre las ramas
de un arbusto
venenoso de creosota.
Ella
lentamente entrelaza sus espinas
contra el
hirviente sol,
y cuando yo
rocé su piel
mis dedos comenzaron
a sangrar.
Mudo el
crepúsculo, bajo una luna inmensa y plateada,
vine
caminando con el viento para ver florecer el cactus.
Me sedujo el
deseo de lo ignoto
y me arrojé a
las espinas del arbusto,
bajo el baile
amenazante de las sombras.
Me acarició la
temblorosa mano de la muerte.
Sobre las
rocas todavía ardientes
por la
postrera luz del sofocante día
las
serpientes de cascabel se desenroscan
y los pumas vendrán
para arrastrar mis huesos.
Por fin y
para siempre ascenderemos juntos
atravesando
la silente arena;
serán tus
ojos entonces las estrellas
y mis manos
el viento que las mueve.