En el denominado
«Juicio al Procés» (proceso judicial de los encausados por el extravagante
conato de independencia de Cataluña, llevado a cabo en el entorno de fechas que
rodean al referéndum del 1 de octubre de 2017), Jordi Cuixart, presidente de
Òmnium, ha afirmado que aquel primero de octubre (1-O) supuso un acto de «dignidad colectiva» —casi una contradicción
y en cualquier caso una perversión del concepto de 'dignidad', virtud
necesariamente individual—, y que todos los españoles deberían sentirse
orgullosos por «el mayor ejercicio de desobediencia civil en Europa». Esta
«desobediencia civil» está siendo salmodiada (salmo-Diada) de manera repetitiva
por buena parte del independentismo catalán y sus defensores.
Resulta incómodo
escuchar tal cosa para quienes podamos sentirnos inclinados por los beneficios
morales de la «desobediencia civil». Es más, para quienes vemos más defectos
que virtudes en buena parte de la prepotencia de los Estados y su atrabiliario
«Imperio de la Ley». Sin embargo, ni Sócrates ni Séneca ni Gandhi, con quienes
de manera megalómana quieren sentirse identificados algunos líderes del
nacionalismo, ni su ejerciente desobediencia civil tienen nada que ver en
absoluto con el movimiento político y social del independentismo catalán.
Veremos por qué.
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La desobediencia civil, trad. esp. José Gabriel Baena |
Desobediencia civil: ¿dónde podríamos encontrar su definición
originaria, su sentido más pulcro, para poder establecer después qué tipo de
movimientos sociopolíticos podrían considerarse como tales y cuáles no?
Se nos ocurre pensar en
antecedentes conceptuales, pero no se nos ocurre ningún antecedente en el que
coincida el concepto con su expresión concreta «desobediencia civil» más allá de
la obra de David Thoreau La desobediencia
civil (1848). Este discurso convertido en libro, e incluso manual, es el
resultado de una desobediencia personal efectuada por el simpático pensador
estadounidense, a quien admiro intelectualmente y en quien se podrían ver
antecedentes de cierto anarquismo moderado e incluso de cierto ecologismo;
David Thoreau se negó, de forma pública y notoria, a pagar impuestos a un
Gobierno, el de los Estados Unidos, que invertía parte del erario en hacer la
guerra a México. David Thoreau, al considerar tal guerra como algo injusto,
invitaba a la libre desobediencia ciudadana a no pagar, a no contribuir con su
dinero a una causa inicua. En su desobediencia
civil podemos rastrear los elementos que conforman, definen y acotan
necesariamente este acto concreto de rebeldía:
elevado grado de
conciencia;
transgresión de la ley
establecida;
notoriedad (actuación
pública, vocación divulgativa);
forma pacífica;
sacrificio personal (aceptar
poder ser castigado judicialmente);
toma de decisión
individual;
superioridad moral;
y, finalmente, actuar con
aspiraciones de contagio social.
He leído en algún lugar
que la desobediencia civil debe ser colectiva y no individual. Creo todo lo
contrario. La desobediencia civil debe partir necesariamente de la libre
voluntad consciente de un individuo cuyo objetivo político pueda ser contagiado
a una larga cadena o masa de individualidades. Así que, lejos de convertirse en
un movimiento colectivo, aspira a ser movimiento de individualidades
conscientes sinérgicas. Pero puede quedarse dignamente en acto de uno solo.
Es fácil pensar en
subsiguientes formas de genuina «desobediencia civil» en el movimiento
pacifista independentista de Gandhi. La India era una colonia británica
sostenida a miles de kilómetros de distancia mediante el uso de la fuerza
militar. Se trataba de una colonia en el sentido más perfecto del término: un territorio
que nada tiene que ver con la potencia colonizadora y que es conquistado y
utilizado como fondo de riqueza (extracción minera variopinta, poder
geoestratégico, etcétera).

Podemos ver que esa desobediencia civil de Gandhi
cumple los elementos definitorios: Gandhi emprende el movimiento tras un
elevado grado de conciencia, transgrede una ley establecida por el imperio
británico, lo hace como altavoz público con anhelo de notoriedad —que su lucha
sea conocida, reconocida y secundada por la mayoría—, se ejerce bajo la forma
de un pacifismo paradigmático, su impulsor conocía las posibles consecuencias
judiciales en su contra, fue una toma de decisión individual, su superioridad
moral estaba completamente clara y, por último, logró que su lucha se contagiara
hasta que miles, millones de individuos despertaran en su conciencia su mismo
objetivo y secundaran con sus acciones individuales una desobediencia civil
sinérgica, que en ningún caso debe confundirse con movimiento de masas o
colectivización promovidos por entes políticos.
Martin Luther King
encarna otro de los grandes hitos de la «desobediencia civil». No vamos a
repasar su estricto cumplimiento con cada uno de los elementos definitorios que
exige el noble ejercicio de la desobediencia civil; que lo haga cada uno.
Nelson Mandela merece
con todos los honores incardinarse entre los grandes desobedientes civiles.
Sobre figuras
históricas cuya acción resulta a las claras un antecedente del concepto, no así
del concepto y su expresión terminológica concreta, está claro que nadie supera
a Jesucristo.
Otro antecedente,
aunque mucho menos claro en lo que respecta a su afán proselitista en el mejor
sentido, podríamos encontrarlo en Sócrates. Pienso, con Bertrand Russell, que
en lo que respecta al carácter profundamente ético, el filósofo condenado a
muerte por el tribunal ateniense era con toda probabilidad un ejemplo mucho más
perfecto de «hombre bueno» que el del fundador inconsciente del cristianismo; y
digo «inconsciente» porque la religión cristiana se construye sobre la tumba
vacía de Jesús, después de su existencia y sin que él pudiera llegar a
imaginarse tan siquiera las consecuencias históricas que su desobediencia civil
iría a generar. Claro que se postulaba como el hijo de Dios, que no es
cualquier cosa.
En todos los casos
anteriores y en cualesquieras que se quiera pensar y que cumplan los elementos
definitorios de la virtuosa «desobediencia civil», la conciencia y su ejercicio
de libertad individual prevalece y en todo caso niega ningún ulterior
movimiento político de masas. La coincidencia de voluntades individuales en la
sinergia que hemos descrito anteriormente puede llegar a generar un cambio
político o a lograr que se incluyan sus demandas en algún tipo de ideario de
cierta ideología o partido político, pero nunca hace degenerar la idea prístina
de la «desobediencia civil» para terminar convirtiéndola en algo que esta misma
niega desde sus cimientos: un nuevo poder político, un sistema legal
sustitutorio pero paralelo, un nuevo Contra-Estado, un Imperio de la Ley de
nuevo cuño. Esto buscan los nacionalismos segregacionistas.
No creo que me tenga
que implicar demasiado en un juicio político concreto, más allá de mi animadversión intelectual por los nacionalismos, para demostrar que el
movimiento sociopolítico del independentismo catalán nada tiene que ver con la
«desobediencia civil».
Elevado nivel de
conciencia. Abogar por la independencia política de un territorio de más de
32.000 km² y 7 millones y medio de habitantes que ha formado parte de un mismo
territorio de cerca de 500.000 km², no sometido sino simplemente integrado —con
aporte y recepción política, cultural, económica, poblacional—, implica tal
cantidad de elementos de juicio que resulta imposible tener una «conciencia
clara». ¿Sobre qué se tiene conciencia?, ¿sobre que «España nos roba»?, ¿sobre
que nuestra cultura es demasiado diferente?, ¿sobre que nuestro idioma debe ser
el único que se hable?, ¿sobre que nuestra economía iría mejor si estamos
separados del resto? ¿Se puede tener conciencia suficiente para negar siglos de
implicaciones culturales y humanas con el resto de regiones! ¿Cada una de las
conciencias individuales de los aproximadamente 2 millones de posibles
seguidores del independentismo coinciden en una misma visión de la nueva patria
que se quiere construir y de la vieja de la que se quiere salir? Conciencia
clara la pudo tener David Thoreau y aquellos que quisieran sentirse adscritos a
su lucha, porque era algo perfectamente aislable, identificable: luchar contra
la guerra a México, querer la paz en un punto concreto. Gandhi abogaba también
por el pacifismo y por la independencia de una colonia, lo que implicaba
simplemente que la situación se revirtiera a como era unas pocas decenas de
años atrás, no como algo futurible que hay que construir sino simplemente como
era antes; no hay que tener conciencia clara sobre un constructo complejo, sobre
la construcción identitaria de un colectivo, sino sobre una simple devolución
de la soberanía preexistente. La lucha contra la discriminación racial en
Estados Unidos resulta también algo bastante nítido sobre lo que tener una
conciencia clara. Etc.
Transgresión de una
ley. No se trató de individuos saltándose una ley, sino de un ente político, la
Generalitat, tratando de vulnerar las leyes mismas por las que ella misma existe
y se rige para suplantarlas por otras, las «leyes de desconexión», que ella
misma construye. Esto es lo que se dice desvestir a un santo para vestir a
otro.
Notoriedad, vocación
propagadora. Lo mismo que en los dos casos anteriores, un nacionalista independentista
tendría la tentación de sentirse perfectamente adscrito a esta vocación; sin
embargo, también de manera idéntica a los dos elementos anteriores, lo que
tenemos aquí no es un individuo ejerciendo su «desobediencia civil» para que
otros lo secunden, sino una institución pública, un cuerpo político legalmente
constituido, un poder establecido que convoca a la ciudadanía. Posteriormente,
y también de manera institucional, se ejerce un plan propagandístico a nivel
internacional.
Forma pacífica.
Formalmente y de manera explícita en sus consignas, el movimiento
independentista catalán ha abogado siempre por la manifestación pacífica. El
problema es que el enfrentamiento de un poder establecido contra otro poder
establecido resulta un pulso que por sus proporciones difícilmente va a poder
evitar convertirse de algún modo en un choque. Y está claro que, recurriendo a
la metáfora manida de los trenes, estrellar un convoy pequeño contra otro mayor
supone en sí mismo una convocatoria irrevocable a la violencia aplazada. Por
seguir con la metáfora, se invita a los pasajeros y al maquinista a subir
civilizadamente a los vagones y a sacar banderas con la paloma de la paz por
las ventanas, mientras la locomotora se dirige por la vía de sentido contrario
y de manera inesquivable al estrellamiento; eso sí, tal vez, con extraña
ingenuidad política, pensando que el tren grande va a apartarse en el último
momento. Pero es que se sabe que los trenes transitan por raíles fijos, sin
margen de maniobra una vez que dejan atrás las estaciones con guardagujas.
Sacrificio personal
(aceptar poder ser castigado judicialmente). Sí creo que los organizadores
intelectuales (políticos y parapolíticos) del plan secesionista pecaron de ingenuos.
La democracia española y su nuevo Estado después de 40 años de distancia con el
franquismo hizo pensar a los políticos de la Generalitat que las estructuras
estatales mostrarían una indulgencia de impecable naturaleza posmoderna. Pero
hasta yo, casi un analfabeto político, sé que la historia se nutre de cientos
de ejemplos para poder haber sospechado antes que los Estados se muestran
inflexibles cuando de lo que se trata es de defender su integridad. Más aún
cuando la región segregacionista supone casi una cuarta parte de la riqueza de
toda la nación. La política real es muy cruda. ¿Sabían los líderes del «Procés»
que se arriesgaban a la pena judicial? Quizá sí, aunque simplemente sospecho
que el respaldo multitudinario les hacía sentirse inmersos en un fluido
demasiado populoso, caliente y ácido para sentirse vulnerables frente a los
tribunales y hacerles ver así diluidas sus responsabilidades. Es probable que en su
fuero interno retumbase: «no creemos que se atrevan a responder».
Toma de decisión
individual. Claro que detrás de cualquier decisión, incluso la de salir a la
calle para fundirse en un movimiento multitudinario de masas, presupone una
voluntad individual; hay que sentirse concernido por la llamada de los
convocantes, programar la fecha, y, el día señalado, ponerse ropa cómoda, abrir
la puerta y decidir salir a la calle. Pero ya se acaba de decir: sentirse
concernido por los convocantes, esto es, transferir nuestra decisión al sonido
de los cuernos. El llamamiento de los pífanos (travestidos de dulzaina catalana) no es llevado a cabo por un civil, por una individualidad disidente, sino por una organización política y asociaciones satelitales parapolíticas. La toma de decisión individual se torna entonces perifrástica: decido
aceptar que me convoquen para decidir.
Superioridad moral. Es
de suponer que el prosélito y seguidor de cualquier doctrina debe pensar que
ésta es superior moralmente. Pero no está tan claro que la desiderata de los
nacionalismos sea analizable históricamente en términos de superioridad moral.
Sí de «sentimiento de superioridad», moral, y hasta cultural y étnica;
superioridad racial en el peor de los casos. Me parece lógico inferir que
cuando un conjunto de ciudadanos autoproclamados como «pueblo» quiere separarse
de un conjunto mayor es porque sus integrantes se consideran superiores en
algunos términos, más capaces para progresar si se quitan de encima el lastre
de una masa inútil a la que ya no quieren pertenecer. En su imaginario
colectivo se perfila una República casi perfecta de hombres y mujeres demasiado
inspirados para compartir ningún proyecto con la medianía.
Y, finalmente, actuar
con aspiraciones de contagio social. En cierto modo esta última condición tiene
que ver con las aspiraciones a la notoriedad. Está claro que esa aspiración es
fundamental para el movimiento secesionista. En la medida en que amplíen el
ancho de sus acólitos su proyecto se verá más próximo a realizarse, puesto que
se trata de poner en marcha no otra cosa que un proyecto político inserto en un
sistema democrático, cuyo motor se alimenta de los votos en una urna, la suma
de escaños para una representación parlamentaria mayoritaria. Los devotos
preceden a los votos. Esta es la cuestión. Primero se crea el contagio social y
después se empuja a la masa de partidarios. Como vemos, el orden está
invertido.

Hecho todo este
análisis más o menos válido, he de apostillar que sigo profesando una adhesión,
al menos teórica, a la genuina «desobediencia civil». Que no me gusta la
prepotencia de los Estados ni el absolutismo de la Ley; pero los Estados
contemporáneos, sobre todo en Europa, después de siglos de iniquidad y de un
siglo XX modélicamente cruel en la primera mitad de su centuria, han ido
incorporando irrenunciables componentes benéficos para el conjunto de las
sociedades: la justicia y los derechos sociales, la libertad ciudadana, el
juego de las posibilidades para allanar el camino por el cual transitar los
individuos en pos de su felicidad, la igualdad de la justicia, la separación de
los tres poderes de Montesquieu… Ninguna época histórica ha llegado al nivel de
los actuales Estados del bienestar y la cuestión parece demasiado palmaria para
detenerse en posibles detalles contradictorios. Abogaría más por un desdibujamiento
de las fronteras que por la creación de otras nuevas. Repudio el nacionalismo,
pero no creo que el Estado al que se enfrenta el nacionalismo catalán —ya
flagrante secesionismo— sea todo lo ejemplar que debería. No me gusta ver en la
cárcel a cierto grupo de políticos independentistas, o a dos presidentes de
sendas asociaciones culturales, ANC y Òmnium. Pero tampoco me gusta la escisión
social inevitablemente beligerante que se ha creado en la sociedad catalana y en
el conjunto de España. No me gusta la denigración sistemática de España y sus
pueblos, excepto el de esa Cataluña que él tiene dibujada en su cabeza, una
mancilla sistemática que el expresidente Puigdemont propala por Europa y el
mundo casi como único objetivo vital, convencido de que la derrota —icónica, imaginaría— del Estado
grande abrirá el espacio para la realización del Estado menor, pero idílico,
claro. El expresident de la
Generalitat basa su condición de prófugo de la justicia en la pervivencia
activa del proyecto de independencia —parece sufrir complejo de Guy Fawkes—, lo
cual, sin embargo, nos es difícil de creer; este tozudo mesías (lo primero,
«tozudo», viene de la definición que hizo de él algún compañero próximo, y lo
segundo, lo de «mesías», se colige de algunas frases de un librejo que ha
publicado y en el que, según parece, aflora cierto tufo a delirio de grandeza de
sesgo paranoide-mesiánico: «nunca he creído en los líderes mesiánicos, pero tal
vez la historia me quite la razón», se despacha el pavo para nuestro regocijo), personaje de apariencia apocada, mediocre
y mendaz, parece estar pasándolo bastante bien entre entrevistas y mítines,
fiestas, vinos y langostas. Mientras tanto, sus correligionarios,
entre los que se encuentra, como dijo el pintor de izquierdas Eduardo Arroyo, «ese
gordo al que se le aparece la Virgen [Oriol Junqueras]», llevan bastante más de un año en prisión
preventiva. Una prisión que no los mantiene completamente aislados y desde cuya
posición y a su manera, hasta donde pueden, continúan igualmente con su lucha,
dando menos credibilidad aún a la maniobra escapista de Puigdemont, quien más
bien se nos muestra como un cobarde fanatizado y maledicente.
Siempre estaré con las
palabras de George Bernard Shaw: hasta no extirpar el patriotismo de la faz de
la Tierra —el nacionalismo es un patriotismo inflamado— no se conseguirá la paz
entre la raza humana. O algo parecido.