anekantavada
El aire ardía en pleno día de mercado, cuando la afluencia de
lugareños y foráneos era mayor. En los meses estivales la población llegaba a
triplicarse. Mediodía. Un tilo de porte pluricentenario agraciaba la plaza
principal desde el centro mismo de su geometría. La copa oscurecía varios
cientos de metros cuadrados con una sombra sólida y una silueta con tendencia a
la circunferencia, pero irregular, lobulada, como el borde de una ameba. El
tronco tenía la anchura de cuatro garitas militares —bueno, está bien: de tres
garitas— y mantenía el borde inferior de aquella generosa copa a unos cinco o
seis metros de altura del suelo. O más bien, habríamos de matizar, desde la
tierra de la gigantesca peana encalada que servía al árbol como inmenso
macetero, alrededor de la cual se formaba una bancada circular.
Un número par y milenario de ojos, y la mitad exacta de
personas, porque no había ningún tuerto, hombres, mujeres y niños, iban a ser
testigos de
un prodigio sin sentido. Prodigio y sin sentido es un pleonasmo, una
redundancia, lo segundo se sobreentiende casi siempre de lo primero.
El
tilo comenzó a hacerlo desde los bordes de las hojas más altas. Comenzó a
producir el extraño fenómeno. Las primeras fueron esas hojas en la parte de
arriba, hojas, como las del resto de la arborescencia, lustrosas, proclives a dibujar
corazones inmaculados. Una gavilla menor, insignificante, de individuos, los
más avispados, fueron capaces de descubrirlo los primeros. Esos cuatro o seis,
si estaban solos comprando en el mercado, se quedaron ensimismados, impávidos,
mirando el origen del suceso; si iban acompañados, enseguida lo advertían a
quienes iban con ellos, a sus maridos, esposas, hijos o amigos; les avisaban de
lo que estaban contemplando. Mientras tanto, el extraño fenómeno continuó
avanzando lentamente, de forma diseminada, con nuevos bordes dentados de hojas
que principiaban el extraño efecto. Mientras que las superiores, las que habían
empezado a constituir aquel fenómeno, se encontraban en plenitud del mismo.
Quienes lo veían ya no podían hacer otra cosa que dirigir sus ojos hacia el
árbol. «Cierra la boca —hija mía—, le dijo el padre, se te va a descolgar la
mandíbula hasta el suelo», la niña no llegaba a la adolescencia, pero estaba
por completo absorta, mientras el padre, por otro lado, no tardó en dirigir de
nuevo su mirada hacia la copa, las ramas, el borboteo de las hojas producido
por el viento y aquel portento que se obraba frente a él, en lo alto.

Entre
los miles de asistentes al mercado ambulante que cada lunes se instalaba en el
centro de la villa, poco a poco, como van apareciendo las estrellas en el cielo
cuando comienza a anochecer, nuevos observadores iban contagiándose de aquella
visión que los subyugaba. Y el fenómeno no dejaba de extenderse por zonas cada
vez más amplias del árbol. Las señoras que regían los puestos, los vendedores
de frutas y verduras, charcutería, quesos, menaje del hogar, ropa de marcas
falsificadas, comenzaron todos a sufrir el contagio. Cuando alguien giraba el
rostro hacia el prodigioso fenómeno que se estaba produciendo en el tilo de la
plaza ya no podía hacer otra cosa que seguir mirando. Toda la copa, una enorme
masa de ramas y hojas que habían sido verdes, se encontraba ya afectada. Pero
cuando el tronco comenzó a hacerlo, cuentan quienes pudieron contemplarlo que
su embelesamiento alcanzó el paroxismo. Una señora que rozaba los 70 años había
entrado en éxtasis, lo cual no le había sucedido jamás en sus seis décadas de
asistencia cotidiana a la iglesia —claro que el templo, una mezcolanza poco
armónica de estilo barroco, neoclásico y con arreglos del siglo XIX, se
encontraba en un extremo de la plaza, a no demasiados metros del gran árbol—;
varios niños, algún adolescente y algún adulto —aunque inconfesos estos últimos—
sufrieron micciones incontenidas. No uno ni dos ni cinco, varias decenas de
personas cayeron al suelo sufriendo horribles convulsiones. Toda la plaza,
todos, oriundos y extraños, cada alma congregada en los alrededores del tilo,
ese número par y milenario de ojos a los que nos hemos referido al principio de
esta narración, miles de millones de conos y bastoncillos, receptores de la
luz, quedaron fijos sin excepción en la contemplación del árbol y su proceso.
Unos receptores trabajan en horario diurno y luminoso y otros lo hacen por la
noche. Y en el interregno del atardecer se produce una especie de embriaguez
visual, porque ninguno de nuestros receptores en la retina resuelven con
mediana solvencia el desciframiento de los objetos a nuestro alrededor, la
realidad. Y en ese horario confuso dicen que es cuando más gente sufrió
desmayos, ataques semejantes a la epilepsia, arrobos místicos, alucinaciones o
simplemente esa estupefacción en grado máximo. Habían pasado muchas horas. El
calor del verano mesetario, la falta de hidratación, el hambre, el cansancio de
estar de pie. Caía la noche como cae el telón de un teatro —comparación manida
y siempre exacta—, veloz, tiñendo de oscuro la atmósfera; porque las farolas o
cualquier otro tipo de iluminación eléctrica de la plaza y del conjunto de la
villa no se encendían. A las 12 de la medianoche, transcurridas por tanto 12
horas desde que había empezado el extraño fenómeno, todo acabó.
Al
día siguiente, el mercado había quedado perfectamente desalojado. Ni rastro de
los camioncitos que se convertían en tiendas cuando se desplegaban sus paredes,
las furgonetas, los tenderetes, una ausencia absoluta de cualquier rastro de
venta ambulante. Ni siquiera residuos del olor a queso, embutidos, naranjas
aplastadas o vinagre, dependiendo de la zona. Por supuesto, tampoco de ningún
transeúnte. La plaza lucía una extraña soledad. Claro que eran las siete de la
madrugada y la luz, de nuevo, se encontraba en ese punto inconcreto, hermoso o
desasosegante, en cualquier caso —aunque fuera por un breve espacio de tiempo—,
totalmente confuso para nuestro precario sentido de la vista. Tan precario, tan
engañoso, tan embaucador, que los cronistas, no uno sino varios, fueron incapaces
de recoger en sus centenares de entrevistas dos relatos coincidentes. Se
intentó recurrir a las cámaras de algún local próximo, pero en ellas, en
aquellas cuyo objetivo alcanzaba al tilo, no se apreciaba ningún efecto.
Periodistas, un catedrático de antropología que se había retirado en la región,
la policía, ninguno de los especialistas fue capaz de llegar a conclusión
alguna. Cada una de las miles de personas que habían estado en el mercado aquel
mediodía del corazón de agosto relataba, decía haber experimentado y describía un
suceso por completo discordante del de los demás; parecía, o más bien resultaba
un hecho incontestable que cada quien había presenciado sobre el tilo de la
plaza un prodigio único, extravagante y disímil, cada persona su extraño fenómeno.
De
Cuentos más o menos realistas
Llamera,
agosto, 2019