![]() |
Patio del Museo de la ciudad |
![]() |
Pasillo del Museo de la ciudad |
Pero además visito poco a poco nuevos lugares. Continúo mis lecturas, sigo con la construcción de mi nueva novela. La vida familiar también tiene su espacio, y hemos hecho excursiones con los niños, a diferentes lugares: un pequeño parque natural próximo a casa, un zoo, en compañía de nuevos amigos, y, desde luego, ese fin de semana que pasamos en la Sierra Gorda, sobre cuyo viaje quiero hacer una entrada dedicada solo a ello, adjuntando algunas de las fotos que pude hacer allí y narrando algunas de las mejores anécdotas. Fue hermoso. La vida social es apabullante. Surgen por doquier reuniones, provocadas por familia, por el colegio, por amigos que nos invitan, por festividades.
Es particularmente extraña mi relación con el clima. Pensaba que iría a echar más de menos mi adorado otoño atlántico (o cantábrico, para el caso); y sí, lo echo de menos, pero mi percepción sensorial al respecto ha aprendido a hacer una cosa que nunca me habría sentido capaz de llevar a cabo: percibo ráfagas de otoño durante ciertos momentos del día, lógicamente en la mañana o en la tarde y la noche. En esos momentos, un viento fresco, una oleada de perfumes campestres, el cielo nítido y estrellado, un ligero enrojecimiento en las hojas de un árbol caducifolio (algún álamo, un almez, algún frutal) y una caída parcial de estas hojas al suelo, alguno de estos síntomas u otros me traen la evocación de mi estación a-dorada. Y parece que con eso me conformo, porque luego el sol comienza a gopear y caldear más y más el ambiente, hasta que a medio día el clima se ha tranformado en un suave verano. La luz es tanta (después de tanto tiempo viviendo entre las brumas asturianas), es tan patente y soberana que los niveles de energía son superiores en mi ánimo. No implica esto que, después de días en los que aplico todo mi esfuerzo en diversas ocupaciones, no sienta caídas repentinas de energía, cansancios y bajones. Pero hay un indudable cambio en los ciclos biorrítmicos (qué será eso), y lo debo achacar sin duda a la diferente dosis de fotones.
Un fin de semana de los últimos, tal vez hace dos semanas, estuvimos Mildred y yo con los niños por el centro. Comimos en un restaurante insignificantemente delicioso, atendido por una pareja de ancianos de aspecto lustroso. Todo muy limpio, un menú (comida corrida) muy económico, con platillos muy escasos pero servidos con cariño. En frente, visitamos después del almuerzo el Museo de la ciudad. Una cosa en verdad extraña, que disfruté enormemente. El edificio, del siglo XVII y XVIII, seguramente, estaba lleno de recovecos, pasillos, habitáculos. En algunos, no había nada o casi nada, en otros, se exponían cuadros, alguna escultura... Le tocaba el turno mayormente a autores suecos. Como no estamos aquí precisamente por unos días, nuestra disposición de ánimo no es la de la avidez urgente por visitar lugares y coleccionar postales; estamos haciendo poco turismo. Ahora, como cuando íbamos a algún sitio en España, somos turistas internos. Y esto hace vivir las cosas de otro modo, a mi parecer más auténtico, con menos deformación o, si se prefiere, de manera menos idealizada y fugaz. La perennidad de la experiencia la convierte en más densa.
![]() |
Tras unos pasillos, apareció un patio interior cortado en dos, donde se había instalado como una especie de corralín de comedias |
La patria es la virtud de los malos [o de los inútiles, podría añadirse para mejor matización] (Wilde).
Todo el que es estúpido o abyecto, o ambas cosas, sin nada en el mundo de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en el último recurso de la patria, en vanagloriarse de una nación a la que pertenece por casualidad (Arthur Shopenhauer).
Quizá no haya nada en el mundo tan absurdo como el patriotismo, tan ferozmente errado (Bernard Shaw), quien afirmó también que no habrá paz en el mundo hasta no extirpar el patriotismo de la raza humana.
Los hombres son imbéciles e ignorantes. De ahí les viene su miseria. en lugar de reflexionar, se creen lo que les cuentan, lo que les enseñan. Eligen jefes y amos sin juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud.
Los hombres son unos mansos cordeos. Es lo que hace posible los ejércitos y las guerras. Mueren víctimas de su estúpida docilidad (Gabriel Chevalier; lo extraigo de El miedo, libro autobiográfico donde narra con formidable fortuna su experiencia personal en la Primera Guera Mundial).
Deliciosa entrada. Cuando se lee sin conciencia de sí mismo en la conciencia del otro... se entiende con plenitud. Saludos***
ResponderEliminar