Recuerdo que en el recuadro de arriba se puede pinchar en El hombre medular PDF y descargar todo lo escrito hasta el día de hoy en orden.
En la Grecia del siglo quinto
a.n.e., Hipócrates, quien desacralizó la medicina para hacer de ésta una
disciplina de rudimentos científicos, y prosiguiendo con técnicas de tracción
ya utilizadas por los egipcios, desarrolló un artilugio denominado “escalera de
Hipócrates”, escalera en la cual se ataba al paciente que había sufrido algún
tipo de traumatismo vertebral y a través de estiramientos y sacudidas se
trataba de corregir el daño, el desvío o la torsión que hubiera podido sufrir
la columna. El creador del famoso código más antiguo de la deontología médica
viajó por toda Grecia y por Egipto y dedicó algún epígrafe concreto a la
cuestión de la lesión medular entre el conjunto de sus escritos médicos. En Anatomía de la espina describe aspectos
más o menos redundantes con lo expresado por los médicos egipcios, con alguna
otra descripción más compleja de los órganos internos y algunos intentos por
tratar, por ejemplo, las úlceras por presión.[1]
En la antigua India también se
trata del asunto. Súsruta, fundador de la denominada medicina aiurvédica, y en
su texto Súsruta-samjita, fechado
entre los siglos iii y iv d.n.e., explica cómo tratar
dislocaciones cervicales a base de manipulaciones de los huesos, vendajes,
férulas o reposo en cama. También enuncia un método de inmovilización colocando
al paciente en una tabla atado a varios puntos con una cuerda.
Es interesantísimo el repaso
histórico de la lesión medular y su tratamiento médico desde la Antigüedad; sin
embargo, al haberme visto envuelto en su lectura para poder a su vez trasvasar
al libro que el lector tiene entre sus manos un resumen lo más liviano posible,
estoy siendo engullido por el remolino de la historia y de mi propia ignorancia
en asuntos médicos. Me explico. Según voy avanzando, la curiosidad se ramifica
y cada período histórico o cada nombre es una invitación a la lectura de textos
cada vez más amplios; esto, en lo que respecta a lo estrictamente histórico,
pero es que a cada paso me encuentro con cuestiones de carácter médico. Primero
las tengo que traducir del inglés y luego ver qué diablos significan
exactamente en castellano. A lo largo de este libro pretendo instigar con la
palabra a la comunidad médico-científica para que se ponga las pilas en la
investigación sobre la médula espinal. Pero me doy cuenta de que no puedo
pretender mucho más de lo que ya sé sobre mi propia lesión, sobre anatomía,
sobre el sistema nervioso y en general ni puedo ni quiero profundizar demasiado
en un terreno que no es el mío. Por eso insisto: este libro no es ni de
historia médica ni de medicina. Tras este excurso, me limito a justificar mi
resumen histórico simplemente por que el lector más lego en la materia —como yo
lo era felizmente— tenga presente una visión de conjunto. ¿Por qué considero
importante la revisión histórica de la lesión medular? Porque es la premisa y
la piedra de toque de lo que acabo de enunciar un poco más arriba: instigar,
acicatear, reclamar, gritar y juntar todas las voces posibles para que la
ciencia médica y sobre todo las fuentes de financiación de la misma (pues a
buen seguro que si por la ciencia médica fuera se invertiría muchísimo más
tiempo y energías en la investigación) se animen en el campo del progreso.
Durante la época imperial romana
aparece uno de los nombres más famosos de la medicina antigua, cuyo nombre
acaba convirtiéndose en epónimo o en sinónimo del término con que se designa a
quien se dedica a la ciencia médica, el “médico”. Hemos oído muchas veces
hablar de “un galeno”. El culpable de este sustantivo de profesión es Galeno de
Pérgamo. Aparte de algún que otro error sobre el funcionamiento de la vejiga,
que él pensaba se accionaba para la evacuación de la orina por presión de los
músculos abdominales, equívoco que aún se difundiría durante los siglos xvi y xvii, este galeno Galeno describió las lesiones altas de
C1 y C2 como letales e igualmente las de C3 y C4,[2]
por impedir éstas la función respiratoria. Galeno, quien nació en la ciudad de
Pérgamo, Asia Menor, (actual Bergama, Turquía), en 129 d. n. e., se formaría en
Grecia y en Alejandría para terminar viviendo en Roma y ejerciendo como médico
en esta ciudad desde aproximadamente los 32 años de edad hasta su muerte (200 o
216). De nuevo Egipto (Alejandría) se rastrea como fuente primigenia de la
Antigüedad donde beben griegos y romanos para encontrar las primeras nociones,
en particular sobre la lesión medular, y en general sobre otras muchas
cuestiones médicas.
Un
siglo antes, nacido prácticamente al mismo tiempo que nacía la época imperial
romana, hay otro nombre importantísimo en la historia de la medicina. De Aulo
Cornelio Celso (25 a.n.e. – 50 d.n.e.) ni siquiera se sabe si fue realmente
médico, y resultó singularmente aplaudido entre los futuros humanistas del
Renacimiento por su estilo literario a la hora de transmitir una gran cantidad
de conocimientos médicos en su obra De
Medicina ([Tratado] Sobre Medicina).
Sobre la cuestión de la médula espinal, el resumen que se hace en el artículo
de Ibrahim Eltorai me parece particularmente elocuente, y hasta gracioso:
“[Celso] dedicó una breve argumentación sobre la lesión de la médula espinal,
especialmente sobre fracturas de la apófisis espinosa. En el caso de la lesión
incompleta de médula espinal, recomendó seguir el método de Hipócrates de
tracción para corregir dislocaciones vertebrales. En el caso de lesiones
completas de la médula espinal, [se limitó a decir], acaecería la muerte como
norma.” Bueno, lo dijera Celso u otro especialista el que fuera de la
Antigüedad, no es sino una expresión sincera y resignada que muy bien podría
haberse puesto en boca de cualquiera de nuestros abuelos médicos con el mismo
grado de crudeza. Siglos y siglos de ignorancia pura y dura. La cuestión es:
¿cuán lejos estamos de esa ignorancia? ¿Son esas épocas, oscuras en términos de
grado de conocimiento, algo muy lejano y que sólo nos puede mover a la risa
trágica por aquellos antepasados nuestros que dejaban morir a los lesionados
medulares? No, no estamos tan lejos de esa ignorancia secular; son muy pocos
los avances profundos en el conocimiento del sistema nervioso, incluso cuando
nos referimos a una época de tecnología y ciencia presuntamente tan avanzada
como la nuestra. Se ha conseguido que el lesionado medular no muera
inmediatamente, e incluso que goce de una vida tan prolongada como si no
hubiera sufrido su lesión. Pero todavía se está lejos de encontrar una cura,
condenando de esta forma a unos cuantos millones de personas a vivir en silla
de ruedas, a no volver a usar sus manos o a tener que sobrevivir conectados a
un respirador artificial.[3]
Como se ha ido avisando desde el prólogo, como se insistirá con alguna que otra
salpicadura a lo largo de estas páginas y como finalmente se intentará remachar
en el último capítulo, la intención es (y nunca mejor dicho) vertebrar este libro con una especie de
leitmotive, un aliento animador que
no puede ser otro que el de la
reivindicación, amén de la inevitable reflexión existencial y la invitación
a hacernos partícipes de un vitalismo inquebrantable. Para ser ecuánimes, no
podemos perder de vista el horizonte de la gratitud con tantos profesionales
dedicados al cuidado del prójimo (tal es la vocación de los profesionales de la
medicina). Estamos convencidos de que una generosa comunidad de científicos y
médicos luchan denodadamente por encontrar la manera de avanzar al máximo en
sus investigaciones, por mejorar la vida de sus pacientes. No podemos olvidar
que el altruismo humano de un buen médico tiene unas proporciones cósmicas. No
es a ellos a quienes se debe instigar, sino más bien a los poderes públicos —y
sobre todo a ellos—, así como a cualquier otra institución cuyos beneficios
obtenidos gracias a su desenvolvimiento económico dentro de la sociedad pueda
revertir en ésta algún provecho. Son muchas las causas de injusticia en el
mundo donde poder contribuir con unos cuantos millones y aplicar políticas de
apoyo social y económico. Con toda lógica, cualquier causa por la que luchar y
con la que poder colaborar se sentiría particularmente abandonada si le
preguntamos por sus necesidades. ¡No por favor, no necesitamos más ayuda,
estamos muy contentos con nuestra miseria, o con nuestra enfermedad, o con
nuestra dolencia, o con nuestra lucha!; ya han hecho ustedes bastante y no
necesitamos ni dinero ni atención, olvídense de nosotros. ¿Podría manifestarse
así alguna de las plataformas de exigencia social imaginables? Hay muchas de
ellas con las que uno se siente identificado, incluso con las que ha colaborado
dentro de sus limitaciones a lo largo de la vida. Dado que el azar me ha
mostrado de manera tan palmaria la realidad de lo que significa una lesión
medular y he podido comprobar a mi alrededor el desamparo económico y las
dificultades de todo tipo con las que se encuentra la investigación en este
campo, aunque parezca empresa demasiado egoísta, me toca levantar la voz para
reclamar muchísimo más apoyo político, institucional y económico. Hubo algún
punto en el proceso de mi dolencia en el que me hice tremendamente consciente
de una característica definidora de la lesión medular: la desproporción.
Trataré de explicarme. Llegaba a comprender después de sufrir el accidente que
muchos de mis huesos se hubieran fracturado, que alguno de mis músculos se
encontrara triturado como la carne picada, y que esos daños visiblemente
catastróficos tuvieran sus consecuencias. Pero los huesos se sustituyen o se
anclan con herrajes de titanio y los músculos se drenan, se desinfectan, se extraen
parcialmente (para dejar sólo aquellos en estado funcional), y pasado el
tiempo, tras las pertinentes intervenciones quirúrgicas y demás cuidados
médicos, pasado el tiempo los huesos se han soldado, la masa muscular ha vuelto
a resultar funcional y las heridas han cicatrizado. El cuerpo vuelve a ser
solvente aun cuando perdure alguna secuela. ¿Dónde se encuentra la
desproporción de la lesión medular? Pues ya el lector lo habrá adivinado. La
etiología de una lesión medular es varia: por enfermedad (una infección
bacteriana, un tumor, un infarto medular, una mielitis, etc.); por una mala
intervención quirúrgica (al ir a operar una hernia discal o una fractura
vertebral); o puede ser traumática, por el golpe sufrido en algún tipo de
accidente suficientemente brusco como para fracturar la columna y afectar a la
médula espinal (por torsión, por hematoma, incluso puede llegar a seccionarse
del todo, etc.).[4]
Normalmente no hay sección completa. Entonces, consideremos el supuesto de una
lesión de la médula como resultado de una “herida”, por expresarnos de una
forma general. En tal caso, la función de la médula se ve interrumpida en un
punto u otro de su longitud.(fig.1)
![]() |
Fig.1. Imagen obtenida del blog Temas de estudio para la anatomía humana general (http://anatolandia.blogspot.com.es/2013/10/columna-vertebral-articulaciones.html). |
La médula tiene una función
aferente cuando recibe por impulsos nerviosos la información sensible del
cuerpo y sus extremidades desde el cuello hasta la punta de los pies y la hace
llegar hasta el cerebro, donde tales señales son interpretadas; y una función
eferente cuando desde el cerebro y a través de ella envía al resto del cuerpo
la información para mover o controlar cualquier parte del cuerpo. La especie de cordón que forman las distintas
capas de la médula puede tener un grosor medio como el de un dedo anular, y por
este “cordón” pasan millones de impulsos eléctricos. No vamos a meternos en
mayores honduras sobre qué efectos tiene cada lesión según la altura a la que
ésta se produce; pero vamos a poner como ejemplo una lesión cervical, de la que
deviene una tetraplejia o cuadriplejia. La cuadriplejia no es una lesión producida
por un accidente mientras ordeñábamos una vaca en una cuadra; ni la tetraplejia
es un accidente de alguien que nos ha lanzado un tetrabrik al cuello. Ambos
términos hacen referencia al número cuatro (ya en griego ya en latín), por los
cuatro miembros, dos piernas y dos brazos, de que estamos dotados los seres
humanos. La paraplejia se referiría a un par o a una mitad y supondría la
parálisis motora y la pérdida de sensibilidad generalmente en los miembros
inferiores, las dos piernas. Sea cual sea el grado, he aquí la desproporción: frente a los muchos
huesos rotos, heridas, pérdida de sangre, pérdida de masa muscular, daño en
otros órganos, etc. que nuestro accidente nos ha podido provocar, finalmente el
gran desaguisado de un cuerpo inmóvil e insensible se produce por una lesión de
un tamaño en apariencia muy pequeño (milímetros o algún centímetro de los
restos de un hematoma, con la subsiguiente interrupción de los estímulos
nerviosos) en un apéndice perteneciente al sistema nervioso central (SNC) y al
que denominamos en castellano médula
espinal. Esta desproporción me conduce a una intuición que sobrepasa toda
lógica; más cerca de lo poético, desde luego, que de lo científico; una lógica,
si se quiere, callejera, lega, prosaica
(¡quitémosle incluso lo poético!): Es imposible que la ciencia no alcance algún
día no muy lejano un mayor conocimiento del sistema nervioso, de las pérfidas
neuronas y su funcionamiento al parecer tan alambicado, y nos regale un remedio
sencillo para permitir que el piso de arriba de la médula y su fabuloso desván
pueda volver a comunicarse con los pisos que han quedado por debajo del
insignificante incendio. Tiene que haber un albañil capaz de arreglar los
escalones rotos, el ascensor averiado, los cables de la luz cortocircuitados. Y
precisamente este grado de desproporción anti poética y anti científica es lo
que me hace concebir a nuestra era, al enfrentarla a un largo proceso histórico
de muchos siglos, como una era todavía oscura e ignorante, aunque quede herido
nuestro orgullo antropocéntrico. Casi no han existido épocas que no hayan
pensado que las anteriores eran ridículamente más atrasadas. No nos libramos de
esto, y para ello vamos a proseguir con esta “pincelada histórica”, a punto de
convertirse en tratado chapucero de historia de la medicina. Con la
condescendencia del lector, creo que todavía estaremos a tiempo de poder
remediarlo.
Aunque perteneciente todavía a la
cultura greco-latina del imperio bizantino, imperio residual del imperio romano
después de la escisión de los imperios de Oriente y Occidente a finales del
siglo cuarto d.n.e., aparece el nombre
de Pablo de Egina (625-680), durante los tiempos en los que Europa occidental
se encontraba ya en el período de la Alta Edad Media. A este médico, además de
la compilación de varios libros, se le considera el iniciador de la técnica de
la laminectomía y la extracción de fragmentos óseos que puedan haberse
incrustado en nervios o en la propia médula espinal (¡qué estúpida ilusión la
de saber que el padre de la extracción de pedacitos de espolones clavados en mi
médula, practicada por José Luis Ortega, fue un tal Pablito del siglo VII y que
sus habilidades provienen de mi adorada cultura grecorromana!).
En la Edad Media el panorama es
bastante desilusionante en lo que a Europa respecta, con la excepción hecha de
una península Ibérica en manos de los árabes, donde floreció la cultura en
todas sus ramas, incluida la de la medicina. Pero desde la frontera con los
reinos cristianos en la propia península hasta los confines de Europa en sus
límites con Asia, el retroceso de una línea de conocimiento proveniente del
Medio Oriente, particularmente intensa en la antigua Grecia y cuyo relevo
tomaría de su mano la Roma imperial (sin que esa fuerza de cultura significara
ausencia de guerras, matanzas y suplantación carnicera de unos imperios sobre
otros), es un retroceso profundo, hondo, casi difícil de explicar. Aunque la
historiografía europea y mayoritariamente cristiana, desde el Romanticismo
hasta hoy, haya querido hacer una revisión histórica de la Edad Media como una
época donde el estancamiento cultural no fue tan catastrófico como lo pintaban
los historiadores del Renacimiento, del Siglo de las Luces y los estudiosos
positivos de la Historia hasta nuestros días, a pesar de cualquier intento de
revisionismo, por retorcido que éste sea, o por simplista, o por esteticista,
para quien se acerque a los hechos y a la historia de cualquiera de las ramas
de la cultura, la parálisis de las meninges y la dependencia mezquina de la
cultura clásica por parte de la Europa medieval resulta completamente evidente.
Avicena fue un médico persa que
parece haber seguido las fórmulas preestablecidas unos siglos antes por Pablo
de Egina, haciendo descripciones sobre técnicas para el estiramiento del cuello
y fijación del paciente mediante el uso de férulas. En al-Ándalus aparecen dos
figuras donde poder rastrear referencias sobre el tratamiento de la lesión
medular. El primero y menos conocido es Albucasis, del siglo X d.n.e., de
cultura árabe y natural de los alrededores de Córdoba. Según parece, a este
médico y científico se le puede atribuir el decanato de la cirugía moderna.
Parece ser que sus técnicas quirúrgicas prevalecerían hasta la época del
Renacimiento. En lo que respecta a las lesiones cervicales, es posible que
fuera otro adepto a la extracción de trocitos de huesos clavados en el canal
espinal. Llegamos al siglo XII, y en la misma meca del saber que fue Córdoba (sobre
todo en el apogeo de la etapa califal durante los siglos diez y once),
Maimónides se erige en el gran figurón de la medicina y la filosofía de aquella
época. Este sabio judío se vio presionado por la intransigencia religiosa
rampante en tiempos de los almohades, tuvo que simular una conversión al
islamismo y finalmente terminó por exiliarse por varios lugares, hasta terminar
en el Cairo. Otra vez Egipto. Para resumirlo de un plumazo, y puesto que
debemos restringir las noticias sobre estos maravillosos personajes a lo
estrictamente referente a la lesión medular, Maimónides parece haber recogido
las enseñanzas de sus antecesores, en lo que supone una cadena con eslabones
muy gruesos, fuertes y constantes a los que cada nuevo relevo añade nuevo
brillo. Eltorai refiere, en el artículo citado, cómo Maimónides mencionó en uno
de sus libros (1199) el tema de la paraplejia y algunos síntomas neurológicos.
Una simple visita a la Wikipedia nos desvela que el libro publicado en 1199, y
por tanto aquel en el que probablemente aparezca la mención antedicha, es el
titulado Tratado sobre los venenos y sus antídotos.
Poco a poco Occidente va
sedimentando una nueva cultura sobre sus propias cenizas. Con el nacimiento de
las lenguas romances y las traducciones de los textos clásicos pergeñadas de
forma artesanal en los monasterios a lo largo de los siglos, el saber antiguo
va a ser digerido hasta constituirse en cimiento del Renacimiento y de la
futura Europa. Salerno de Parma escribió Cirugía
en 1210. Rebatió los métodos de Hipócrates y recomendó técnicas nuevas para
tratar la lesión medular cervical, torácica y lumbar. Al traducir del inglés en
el artículo de Eltorai dichas técnicas, me parece estar leyendo más bien el
fragmento de algún manual de torturas. Cuerdas, ganchos y extensiones del
cuello tirando de los cabellos…
Si en la Antigüedad, en la
cultura clásica, en la árabe y judía de la Córdoba musulmana, los médicos y su
ciencia estaban asociados a la filosofía, llegamos a una época donde cierto
tipo de médicos, precisamente los cirujanos, se asocian, ¡ay madre!, a la
barbería. Por mi particular inclinación a Cervantes, déjeseme recordar que su
padre Rodrigo era precisamente un cirujano barbero (s. XVI). Ambrosio Paré […]
[1] Art. cit.
[2] Altura de la lesión: véase fig. 1
en página 38.
[3] Entre 250.000 y 500.000 lesionados
medulares nuevos cada año en todo El mundo según la Organización Mundial de la
Salud (http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs384/en/).