Parecido a una película
Dirección: Antonio Hernández.
Intérpretes: Blanca Suárez, Eduardo Noriega, Tamar Novas, Claudia Mora.
Género: thriller. España, 2025.
Duración: 106 minutos.
Parecido a un asesinato no es sólo una película fallida: es el síntoma de una manera de hacer cine que se ha convertido en norma dentro de la industria española. Su principal lastre está en las líneas de guion, concebido como una línea recta sin quiebres. Los diálogos son —tan demasiado— impecables en su dicción, que devienen antinaturales, artificiales en su respiración, respiración de mindfulness, sin los ahogos propios con los que las personas de verdad sobrellevan la vida misma: los soplidos, las asfixias, el resuello entrecortado. Cada frase cae limpia, perfectamente modulada, sin titubeos, sin interrupciones, repeticiones, trastabilleos, sin esa superposición caótica que caracteriza la conversación real —si no siempre, menos aún nunca—. Nadie duda, nadie se contradice, nadie se atasca. Y por eso nadie parece vivo.
Incidiendo sobre lo mismo pero en lo que concierne a los grupos humanos, las coreografías que conforman una escena (fiesta en la cocina de la casa del protagonista, verbigracia) se presentan con los grupitos y parejas conversacionales, pero en realidad mudos, hasta que la cámara llega a la única conversación que interesa. Basta con ver tres películas de James Ivory, dos de Woody Allen y una de Tarantino —un tríptico ejemplar de los cientos que se podrían hacer— para aprender algo al respecto de la naturalidad de las situaciones conversacionales. Pero eso es pedir peras al olmo enfermo de grafiosis.
La rigidez textual encorseta también la interpretación. Los actores —algunos de indudable talento— quedan atrapados en un trazado que no admite desvíos ni brotes espontáneos. De vez en cuando surge un gesto, una inflexión, un momento casi orgánico que logra enganchar mínimamente al espectador; pero son chispas aisladas en un sistema que lo neutraliza todo.
La puesta en escena reproduce la misma linealidad. Dos personajes dialogan. Fundido. Plano sugerente: una ciudad, una chimenea, una piedra iluminada con intención simbólica, lluvia, y todo se demuda en trombosis fotográfica —incluso si el productor llegara a tener la suerte de poder rodar bajo una borrasca, probablemente lograrían que pareciera lluvia artificial—. Nuevo diálogo, esta vez en grupo. Nuevo plano, acaso un fundido mínimamente ingenioso enlazando una lata de tomate que se abre con el bisturí de un forense abriendo la barriga de un cadáver (ojo, este ejemplo no es de la película, pero es que esta reseña conlleva la extrapolación a toda una saga). Y así, mosaico tras mosaico, la historia avanza de manera tan previsible que el espectador puede anticiparse al desenlace con alarmante precisión. Cuando faltan quince minutos para el «theend», ya sabemos exactamente lo que se va a revelar. Los flashbacks (mejor analepsis) perspectivales como fórmula de resolución que ya nos empieza a parecer repetitiva —esa triple mirada que pretende sofisticar la intriga (supuestamente efecto Rashomon)— no hacen sino confirmar que el supuesto embrollo era, en realidad, más simple que un jeroglífico de TBO; un juego de trileros. Convierte a Agatha Christie en Arthur Conan Doyle.
A todo ello se añade un universo social artificioso: escritor de éxito casi mítico, dos Mercedes último modelo, chalet de diseño moderno —rozando más el gusto de un nuevo rico que el de un escritor— y un glamur ibérico que resulta más impostado que aspiracional. No es una realidad española reconocible, sino una imitación cursilona del ambiente del nuevo thriller estadounidense, trasplantada a un contexto que no comparte ni su tejido social ni su verosimilitud ambiental. Se copia la envoltura sin entender la sustancia o dejándola en algo pueril sin la rotundidad de la violencia yanqui.
El problema no es únicamente formal. Es de concepción. Se confunde pulcritud con intensidad, corrección con complejidad, estructura con vida. Las historias avanzan como trenes sobre raíles de aborrecible rectitud. No hay riesgo, no hay grieta, no hay vuelo imaginativo. Sólo una hechura convencional que parece reproducirse por contagio: un molde que se repite película tras película hasta volverse indistinguible.
Y, sin embargo, sabemos que se puede hacer buen cine. Que se hace. Cuando aparece una obra todavía reciente como La estrella azul (Javier Macipe), uno recuerda que el cine español es capaz de autenticidad, vitalidad, fantasía. Hay directores que rozaron la genialidad —baste recordar lo que lograron Álex de la Iglesia con La comunidad o Fernando León de Aranoa con Los lunes al sol (¡con qué sobriedad de medios!); y algunos otros, quienes parecen hoy plegarse también a esa forma encorsetada, como si la industria hubiera interiorizado sus propias limitaciones como norma.
Luego llegan las quejas sobre la falta de público y su deslealtad. Tal vez convendría invertir la pregunta: ¿no será que el espectador detecta esa reiteración de fórmulas, esa previsibilidad estructural, esa ausencia de magia? Resulta casi sorprendente que, pese a todo, todavía haya quien hable con entusiasmo del volumen de producción anual.Parecido a un asesinato tiene técnica competente, localizaciones sublimes y paisajes bien captados. Pero eso no basta. El cine necesita algo más que corrección formal: necesita respiración, riesgo y personalidad. Mientras no se abandone la obsesión por la imitación o, quizá huyendo de esto, la historieta de baratija carpetovetónica y el corsé estructural, seguiremos asistiendo, con una mezcla de resignación y esperanza, a películas que se parecen demasiado entre sí… y demasiado poco a la vida.
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