Ucrania, el onfalismo de las naciones, la nueva religión de la Geopolítica
y su necesaria banalización del mal
Brinca la estulticia al
paso de la noticia belicosa. La estulticia es esa
estupidez mezclada con locura, la del elogio de Erasmo. Lo más
revelador, desde mi punto de vista, reside en ciertos aspectos de
carácter sociopatológico; lo que me preocupa de este cuento que los
medios han decidido que
sea noticia internacional preferente, fenómeno
paralelo en todo Occidente. Pero eso será el colofón, antes
necesito estudiar un poco de Historia navegando por la
Red (si en español contáramos con
términos correspondientes a los ingleses story y history, entonces
no utilizaría la mayúscula siempre que me
refiero al segundo concepto).
La Historia, no es que se repita, es que no para de
ser siempre lo mismo; no hay repetición, hay un continuo, una circularidad,
permanente espiral de disparates. Y ¡si fueran sólo disparates!
Bueno, sí, de «disparos». Lo que tampoco vamos a repetir aquí es el anquilosado
lugar común de la crueldad, la maldad humana, la avaricia, la lucha por el
poder y el dinero; todo esto resultaba ser ya parte de un axioma implícito
cuando se busca la etiología de los materiales con que se construye la
Historia.

Durante la plena Edad Media, en los territorios que
hoy conforman la Ucrania actual, existía un Reino de Rutenia, que en la versión
latina se denominaba ¡Reino de Rusia! —que sí, que el embrión de la actual
Rusia fue precisamente el Estado de Kiev de Rus (nombre, Rus, de un
adalid de vikingos matones), después «Reino de Rusia»—. En Kiev de Rus
irrumpió, hacia 1246, una llamada Horda de Oro, proveniente del oriente mongol.
El rey Danilo Romanovich tuvo que rendir pleitesía y someterse a Batu Kan,
líder de los mongoles; pero… Danilo buscaba alianza y ser estrechado en brazos
de la Europa occidental, y, por consiguiente, protección frente a la amenaza
venida del Este. A mí esto me suena a déjà vu —propongo a la
Academia la palabra engendro yaviví—.
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Eslavos y vikingos, como Rus, negocian. De: ancient-origins.net |
El ombliguismo social, regional y nacional, esto es,
que las naciones y el conjunto de la UE se regodeen en mirarse el ombligo (ὀμφαλός, ónfalos en griego),
preocuparse sólo por ellas mismas, las políticas todavía con resabios
nacionalistas han invisibilizado un problema muy grave, un auténtico parteaguas
histórico obviado desde 2014. En noviembre de 2013, el entonces presidente de
Ucrania Viktor Yanukóvich rechaza el Acuerdo de Asociación con la UE y
prefiere echar a su país en brazos de la vieja madre Rusia. Recordemos lo paradójico
de los vericuetos históricos y que Rusia fue en la alta Edad Media la hija del
gran Estado eslavo del Reino de Rusia, esto es, el embrión de la Ucrania
actual. El rechazo de Yanukóvich hacía la Unión Europea provoca las
«Protestas de Euromaidán». Muy buena parte de la
sociedad ucraniana —96,4% de alfabetización— sentía como posible que su
Gobierno abordara la europeización del país sin por ello tener que perder
una buena relación con Rusia. La represión en la calle de las fuerzas militares
y policiales ucranianas dejaron cerca de 100 cadáveres sobre el asfalto y
bastantes problemas añadidos de carácter geopolítico; Europa volvía a
defraudarse a sí misma, a mostrarse indefensa e inactiva frente al
derrumbamiento de sus posibilidades civilizatorias. Finalmente, tras protestas
y represión, Yanukóvich dimitió y en junio de 2014 accede al poder Petró
Poroshenko, un presidente de los plutocráticos (Trump, Berlusconi), un oligarca en toda
regla. Ucrania pasaba entonces, en términos geopolíticos, de bloque alineado
con Rusia a bloque alineado, siquiera en grado de tentativa, con la OTAN, ergo
con EEUU, y con la Unión Europea. En mayo de 2019, Volodímir Zelenski, un
candidato salido del circo mediático, el espectáculo de la comedia, gana las
elecciones a Poroshenko. Zelenski construyó su propia productora Kvartal95, con
la cual creó una serie de televisión llamada «Servidor del pueblo», en la que
Zelenski desempeñaba el papel de presidente de Ucrania. O sea, en plan Los
Simpson, donde, burla burlando, las ficciones se adelantan a los escenarios
políticos reales más disparatados; valor de predicción o, en el caso que nos
ocupa, directamente una campaña de coña. La serie salió al aire desde 2015
hasta 2019, cuando la tontería se hizo realidad.
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Desde el propio nombre hasta las banderas
enarboladas hablan en las Protestas
del Euromaidán de un claro europeísmo |
En términos siempre de pura presunción, Zelenski es
proeuropeísta, pro OTAN, liberalprogresista —¿qué cosa es ésta?—. Los territorios
de Donetsk y Lugansk, de mayoría rusofila y rusófona, al este de Ucrania,
fronterizos con Rusia, se habían autoproclamado como Repúblicas populares
independientes de Donetsk (RPD) y Lugansk (RPL) al abrigo del poder militar de
la gran vecina putiniana y tras un referéndum en plan 1O 2017, Catalunya. Ni la
UE ni, por supuesto, el Gobierno de Ucrania reconocieron estas wonderful new
Republics —reluzca el arcoiris del idealismo—. Poco antes, tras el galimatías
del Euromaidán, con soldados rusos sin identificación en sus uniformes, la
península de Crimea es anexionada a Rusia. Verdad que la población apoyaba
mayoritariamente la anexión, y Putin, el último gamberro pseudoimperialista de
una gran potencia, con cara de gélido avatar, hizo de su capa un sayo y
consiguió, a estas alturas de la Historia, anexionarse 27.000 km² de Crimea y
una deseada salida al Mediterráneo vía Mar Negro. Discutiendo sobre la cuestión
con un amigo, me señala, con buen juicio a priori, que en los tiempos de Guerra
Fría, Rusia se resignó a representar su papel de Caín en la Historia al aceptar
así a dar los primeros pasos en la desescalada armamentística, sin que después
hicieran lo mismo los norteamericanos, incumpliendo el negociado,
vaya. Rusia retiró misiles y bases allí donde se le dijo al Gobierno
de Brezhnev resultaban más flagrantes. Busco en la Red algún artículo,
bibliografía que apoye la afirmación de mi amigo; pero sin ningún éxito. Lo
cual no significa que, en última instancia, la deducción final no sea más que
razonable: ¿puede permitir Rusia que Estados Unidos, OTAN mediante, cierre
su red contrarrusa sembrando sus misiles y cazamisiles en la frontera
ucraniana? ¡A cinco minutos de un pepinazo contra Moscú! ¿Es justo, incluso?
Consumimos la información que se nos proporciona, como
el pienso dispensado en una granja, información con una ingente cantidad de
sucesos importantísimos cercenados, porque no conviene resaltarlos
demasiado —en Yemen, en este preciso instante, civiles, mujeres y
niños están siendo masacrados por el
ejército saudí, al que Occidente vende armas por
millones de euros (más de 50 millones sólo España); ¿cuánto hay
que escarbar para encontrar noticias al respecto?—. Con ese
ignoto espacio de tiempo, acerca de la evolución de hechos
en Ucrania desde 2013, sobre el cual los medios nos mantuvieron
cegatos, se empieza a oír ahora hablar de «guerra, tambores de guerra,
preparación para la guerra, tropas posicionadas», etc. Con el desparpajo del
coleccionista de soldaditos de plomo o el aficionado a los tanques y todo
pertrecho militar, con la
futilidad del comprador entusiasta de
fascículos sobre las guerras mundiales, maqueta del
Panzer incluida, aparecen ahora en los medios los analistas
geopolíticos apostolando acerca de un posible enfrentamiento bélico, la
invasión de Ucrania por Rusia o la respuesta del ejército de los
EEUU, como si tal cosa. Juegos de niños, despliegue de mapas geoestratégicos
donde una ciudad con miles de habitantes se convierte en una pieza de monopoli
bélico. Nos encontramos entonces con la paradoja del pensamiento débil
incumplido.
El aparente olvido de los horrores de la guerra. Se comienza a perder el
respeto por palabras de calibre grueso. La ética comienza a constreñir el
rostro, arrugarse como un higo seco, se retira a la caverna del pensamiento. La
banalidad del mal, sensu stricto, tal y como aparece reflejado en
el enorme libro de Hannah Arendt, envenena la lengua de excoroneles del
ejército, periodistas expertos en geopolítica, politólogos, historiadores
ultracontemporáneos… La humanidad vuelve a ser capaz de repetir los actos más
atroces. Como si nada. El que escribe cosas como esta que ahora estás leyendo
es considerado un iluso, practicante del buenismo, una mente inmadura incapaz
de comprender la realidad de los asuntos de los mayores. Un pacifista. Bazofia
posmoderna. Es ahora, por no remontarnos más en el tiempo, cuando podemos
hacer algún tipo de cábalas sobre lo que está sucediendo en Ucrania.
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Quién gana en las guerras y quién pierde? No gana nadie excepto los vendedores de armas; pierden todos, pero pagan con sus vidas millares de civiles y obedientes soldados
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¿En manos de qué tipo de monstruos nos encontramos?
¿Quién sufriría en caso de guerra? ¿Quiénes sufrirían más y de manera más
inicua? Todo parece poder colapsarse de un día para otro, con un centón de
periodistas bocachanclas hablando de que la guerra puede ser muy mala porque
subiría el precio de la luz, o dislates semejantes. En programas de presunto
análisis político con corrillos de tertulianos todoterreno y doxólogos de toda
laya, se enhebran en pie de igualdad temas como el conflicto de Ucrania, la
disputa mediática sobre Eurovisión, el último rumor sobre el rey "sinmérito" o el
voto errático sobre la Reforma Laboral.
Tras su levantamiento grano a grano, piedra a piedra,
costoso, lento, lleno de trabas, después de su complicada, colosal y muda
construcción, el Templo de la paz, la fraternidad, la libertad y el progreso,
el gran edificio del humanismo, puede ser dinamitado cualquier madrugada de
éstas, cuando estábamos acariciando el acceso de la civilización al último
peldaño de la evolución cultural, la Ética; cuando confiábamos —y debemos seguir
haciéndolo— en el optimismo antropológico fundamentado en nuestros cálculos
entusiastas, pero también en los de pensadores como Noam Chomsky, Steven
Pinker, Richard Dawkins, Gianni Vattimo, F. Savater, Daniel Dennett, incluso
Zigmunt Baumann — por el método de la antinomia—, Daniel Goleman,
etc.
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Escrito y publicado hace unas horas este artículo en el blog Diarios Interruptus, Leo un artículo De opinión de Mario Vargas Llosa, «Putin, ¿un patriota?», Con fecha de hoy mismo en el periódico El País.
Vargas Llosa, descendido del pedestal de los dioses de la literatura desde que opina abiertamente de política y se posiciona, es verdad que a veces con compañeros incómodos, pero con toda honestidad y, faltaba más, con todo el derecho, escribe un artículo sencillo, con un dibujo hipotético sin grandilocuencia geopolíticas, un artículo translúcido, pero seguro que con muy buenas fuentes; en ningún modo trivializa, no juega en absoluto con esa banalidad del mal que tanto detestamos y que debemos siempre despojar con la mayor sorna y contundencia, y tenemos claro que existe una opinión desde el otro lado de la realidad (siempre recomiendo la lectura de RT televisión, canal de información ruso en español, orientado al mundo hispánico); sin embargo, creo que merece la pena leerlo. Pueden acceder en: Putin, ¿un patriota? Vargas Llosa.
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