jueves, 17 de marzo de 2022

CIENCIA MÉDICA ESPAÑOLA: LESIÓN MEDULAR

La invasión de Ucrania mantiene alerta todos nuestros sentidos. Leemos, consumimos medios audiovisuales, escribimos, platicamos única y exclusivamente sobre la cuestión. Sin embargo, debemos atender otras historietas a las que, con toda propiedad, también podríamos considerar de lesa humanidad, ya que de lesiones va la historia; y es a la sazón cuando conviene hacerlo, porque se trata del momento en que se reactiva un tratamiento para paliar los males de la Lesión Medular, que en términos completamente subjetivos es, de todos los males que asolan el mundo, el que personalmente me afecta más, comprenderán. Lo que no quita, y aseguro la veracidad de lo que voy a afirmar, que daría mi vida o el mantenerme tetrapléjico durante tres existencias a cambio de la paz y el derrocamiento de un temible y desbocado Putin. Pero esto es un planteamiento infantil.

 


Anda en boca de todos nosotros, el pueblo, ese tópico: «si este logro lo hiciera cualquier otro país, se publicaría a los cuatro vientos, se le daría la mayor importancia, le otorgarían a sus mentores el premio Nobel; pero en España cainita no apreciamos nuestras propias grandezas»; o cosas similares. ¿Clichés aborígenes nada más?

 Ysidro Valladares Sánchez (México, 1927) fue un gran científico, oncólogo, investigador sobre la plaga antihumana de las «células Putin», esto es, inicua y cruelmente invasoras. Solía decir mi padre que todos los seres humanos contraeríamos algún tipo de cáncer si viviéramos el tiempo suficiente. Él murió en marzo de 2011 de un cáncer de pulmón, sin haber sido fumador, por cierto. Su Departamento de Bioquímica del Hospital San Carlos de Madrid sufría un constante recorte de presupuesto que interfería en los progresos en curso dentro del laboratorio —el «Laboratorio», o el «Labo», forma abreviada y afectuosa, era como se denominaba familiarmente al Departamento—. A finales de los años 60, él y su equipo descubrieron y describieron la transcriptasa inversa. Se publicó en alguna revista científica y aquel logro fue básicamente ignorado por la comunidad científico-médica en España. El doctor David Baltimore visitó el Labo y, entre otras cosas, mi padre le mostró gentilmente aquel descubrimiento. Poco tiempo después, se notició internacionalmente que la transcriptasa inversa había sido descubierta en 1970 por Howard Temin en la Universidad de Wisconsin-Madison y, de manera independiente, en el MIT, por David Baltimore. Ambos investigadores, junto con el italiano Renato Dulbecco, compartirían por este descubrimiento el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1975. 

 

Creador: FLICKR / MBR PRIZA Imagen propiedad de: Europa Press

La LM (Lesión Medular), en grado de paraplejia o tetraplejia, no llega a plaga, pero cuenta con unos datos nada desdeñables: cerca de 2000 nuevas víctimas cada año en España, mayormente de etiología traumática, por accidentes de tráfico sobre todo. En el solar patrio, debemos conformar una pequeña legión de alrededor de 60.000 paralizados. En el mundo hay más de 600.000 nuevos parapléjicos y tetrapléjicos —cuadripléjicos en el español de Latinoamérica— cada año, por causas que van desde el accidente de tráfico, pasando por las heridas de arma de fuego o blancas, accidentes en aguas poco profundas, enfermedades o malas praxis quirúrgicas, etc.

 

Se publicó recientemente en prensa y asomó su cabeza en algún que otro informativo televisivo la noticia sobre un tratamiento para la LM desarrollado en Lausana, Suiza, por el equipo del neurólogo Grégoire Courtine. Titulares de engañifa, pomposos, altisonantes, al estilo de la charlatanería decimonónica ofreciendo en las plazas la ganga de un elixir para la eterna juventud: «Parapléjicos vuelven a caminar en muy poco tiempo gracias al implante de unos electrodos»; sin tener en cuenta lo que significa levantar falsas expectativas. El artículo científico que soporta este hallazgo fue publicado en la revista Nature; pero bien lo podría haber hecho en el Muy Interesante. Se implantan una serie de electrodos por debajo de la zona de lesión en la médula espinal y se controla la llamada al impulso eléctrico para mover determinados músculos de las piernas a través de una aplicación en una tableta electrónica. Nuestro amigo Grégoire y su peña están perdiendo el tiempo, porque la solución tiene que ser orgánica, no accesoria. Un exoesqueleto o el implante de electrodos propuestos por esta investigación no ofrecen en absoluto la mejora en la calidad de vida que puede esperar una persona con LM. Más acá del poder malcaminar, nos preocupa, nos tritura y estraga nuestra humanidad toda una panoplia mucho más abigarrada de síntomas crónicos: los dolores osteomusculares y neuropáticos, el control de esfínteres, la sensibilidad y la capacidad motora, la recuperación de la sensibilidad genital o impotencia suma, el movimiento de las manos, las infecciones de orina, la espasticidad, etc. La médula espinal, como sabrán, es la autopista que sirve al encéfalo para enviar sus señales hasta la última periferia nerviosa que permite mover nuestros músculos a voluntad; así como posibilita a los sensores de cualquier parte del cuerpo transmitirle al cerebro el lujo de la sensibilidad, la percepción táctil de la vida, el soplido del viento, la caricia, el frío o el calor. Con la autopista cortada en algún punto, se relega a la inoperancia orgánica una parcela del cuerpo que puede extenderse desde el uno hasta el noventa por ciento. Y por macabro que parezca, añadiendo a la invalidez de estas regiones corporales la persistencia diaria y crónica del dolor neuropático, un cuadro de indefinibles padecimientos de carácter neurálgico. Toca preguntarse si existe alguna vía de investigación o estudio clínico que aborde lo verdaderamente medular de lo medular; una solución orgánica que vaya directa al origen del problema: la reconexión neuronal entre las células nerviosas por encima y por debajo de la línea de lesión.

 

Pues resulta que sí. ¡En España! No investigación más o menos incipiente, más o menos avanzada, no un estudio clínico. No. Existe de facto un tratamiento en toda regla. Detrás de él, el esfuerzo denodado del doctor Jesús Vaquero, tristemente fallecido por coronavirus (2020), y todo su equipo durante más de dos décadas, hasta haber logrado en 2019 dar carta blanca a su tratamiento con la aprobación de la Agencia Española del Medicamento y las autoridades sanitarias estatales y comunitarias. También gracias al apoyo económico de instituciones privadas como Mapfre o la fundación Rafael del Pino. La covid-19 supuso un parón, pero ahora, de nuevo, se retoma el tratamiento con un éxito que va más allá del único y aparente «volver a caminar», abriendo el camino para que los axones de las neuronas medulares vuelvan a encontrar el camino y el organismo pueda poco a poco ir recuperando el terreno perdido. Un tratamiento complejo y que incluye varios procesos, entre otros, la inoculación en la zona lesionada de la médula espinal de un medicamento específico, elaborado con células madre mesenquimales extraídas del propio paciente, el NC1. El tratamiento está ahora al cargo del neurólogo Gregorio Rodríguez-Boto y la doctora Mercedes Zurita, Unidad de Terapia Celular del Hospital público Puerta de Hierro de Madrid, hospital cuyo ímpetu investigador en varios campos es digno de alabanza.

Nuestro cliché patrio resulta que va a ser algo más que un tópico para esgrimir en las tertulias: si esta investigación devenida en auténtico tratamiento se hubiera desarrollado en otro país, en Suiza, como hemos visto, o en cualquier otro que potencie su propia ciencia y donde se intente encumbrar a sus verdaderos valores, Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido, Japón, no importa, el que sea, el tratamiento llevado a cabo en el Hospital Puerta de Hierro sería mundialmente cacareado, merecedor de los más altos títulos, el mayor de los reconocimientos, un Premio Princesa de Asturias, el Premio Nobel. Pero en España, parece que irremediablemente, somos así, limitando la expansión de un tratamiento que erradicaría buena parte del sufrimiento de miles de personas con paraplejia o tetraplejia.

¡Divulguémoslo!; que nadie, ningún cainismo, envidia o cicatería coarte la posibilidad de alcanzar una felicidad largamente acariciada por enardecidos deseos, vitales esperanzas. Lo único que nos mantiene en pie, valga la metáfora.

 

©Hernán Valladares Álvarez es escritor

https://hernanvalladaresalvarez.com/

2 comentarios:

  1. Fantástico artículo Hernán. Deseo con toda mi alma y corazón que esa investigación que mencionas fructifique, dando fin a tantos padecimentos, mostrando un camino y un horizonte de esperanza e ilusión. Así sea. Un gran gran abrazo.

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  2. Agus, querido amigo, gracias. Mucho tiempo sin vernos. Habrá que ponerle remedio. Un abrazo grande.

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