Ninguna necesidad exegética sobre los términos "diarius" e "interruptus" situados correlativamente en estrecha relación sintagmática. El contenido de este diario es una mezcla de cosas de verdad y cosas de ficción; en cierto modo se construye un personaje que ve, lee, escucha y se reinventa. Caben aportaciones (poemas, textos, ideas, enlaces, imágenes...) a esta invención. Todo es invención.
A
vueltas con la Agenda 2030: una lectura crítica,
la invitación a
un diálogo
(Quien lea este artículo breve encontrará al final el enlace al texto completo de la Agenda con notas de una lectura crítica y la posibilidad de establecer un diálogo, al tiempo que nos aventuramos en el conocimiento real y no en la reacción frente a un pseudoconocimiento de oídas --el conocimiento vicario depositado en la autoridad de quienes lo critican--.)
«Dichosa edad y siglos dichosos
aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos
el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en
aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella
vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío». Así comenzaba su archiconocido
monólogo de la Edad de Oro don Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de
la Mancha, primera parte, capítulo XI), frente a una caterva de cabreros por
completo incapaces de comprender nada. Dejemos atrás el sabroso bocado
exegético en términos de interpretación política, donde Cervantes ensalza una
legendaria Edad de Oro comunista avant la letre: («[…] donde se
ignoraban las palabras de tuyo y mío». Nos quedamos únicamente
con ese marchamo epocal en virtud del cual no hay sociedad que no conjeture la
existencia de un tiempo pasado siempre mejor. Pocas veces empero se inclina el
inconsciente colectivo a proyectar sobre el lienzo del futuro una época mejor.
Ni siquiera el presente continuo. Es la tendencia conservadora que anida en
nuestra psique, con la que creemos protegernos de miedos ancestrales, de la
manada de lobos hambrientos que acechan adelante en el camino.
El futuro es siempre incierto,
territorio de oscilaciones presentidas; el presagio carece de antónimo
perfecto, no existe nada semejante a la sospecha precavida del pasado, en todo
caso, simple ignorancia u olvido sobre él. Así es como, frente al mal presagio,
preferimos lo heredado de la tradición, palabra ésta con una connotación casi
siempre idealizada. En fin, nos encontramos frente a lo que reza el viejo
adagio: «más vale malo conocido que bueno por conocer».
La Agenda 2030, auspiciada
principalmente por organismos de la ONU, se atreve a rasgar con torpeza un itinerario futuro para el
bien de la humanidad. La cosa no puede ser más pretenciosa. Su carácter
contranatural en lo que se refiere al inconsciente colectivo aludido más
arriba, esa creencia omnímoda de las sociedades a sospechar maliciosamente del futuro
convierte el contenido de la Agenda en un saco de golpizas, la diana perfecta
sobre la que lanzar andanadas infinitas de desconfianza. El pensamiento
conservador, haciendo honor a su nombre, se niega en rotundo a aceptar que
ningún organismo, institución y, menos aún, un grupo de poder
político-económico pretenda hacer del futuro un lugar mejor. Recela, niega y
hasta aborrece semejante optimismo antropológico, así que su respuesta no puede
ser otra que la abyección. Cualesquiera que prenuncien paz, justicia, igualdad o
cualquier otro concepto en el campo semántico de las ensoñaciones progresistas
—«progres», prefieren decir ellos en la jerigonza patria—, lo que en verdad
pretenden es poner a sus pies la humanidad y todos sus virtuosos valores
dictados por la tradición; quieren pisotear la libertad humana, someternos,
convertirnos en esclavos de su tiranía inmoral, materialista, perversa. La Agenda
2030 resulta un proyecto para imponer definitivamente (redobles de tambor) ¡un
Nuevo Orden Mundial! La más oscura de las distopías está servida. ¡Con lo bueno
que había resultado hasta hoy el Viejo Orden Mundial, caramba!
El ritmo presuroso, la náusea de la
velocidad, el hurto de la quietud, la prisa que intoxica la cadencia necesaria
para satisfacer nuestra curiosidad e imposibilita la concentración, maniobra
perfecta para hacer de nosotros seres intelectualmente inservibles, este exceso
cronométrico que nos arrastra, un cúmulo de información inasequible para nuestro
sistema cognitivo, concebido para funcionar cuando a nuestro alrededor se
apagan las alarmas y se consigue un cierto estado de calma —si nos roban la
calma, nos roban el alma—, los teléfonos inteligentes que nos absorben, esta
vida sin tiempo que perder, esta aborrecible ambición de obtener una recompensa
inmediata, una imagen o pequeño vídeo que nos divierta, un contenido brevísimo
que estimule nuestras neuronas y se agregue en nuestro cerebro las hormonas del
placer como lo hace un terrón de azúcar, una frase que apostille nuestra forma
preconcebida de pensar, nuestro dogma resuelto en un meme, la pretensión
inmediata de que unos segundos en la pantalla nos proporcione el orgasmo del
día, todo esto que no se puede caricaturizar con solvencia dado el grado de
gravedad en el que nos hemos visto envueltos, obliga a quien quiere dar un
mensaje a hacerlo de la forma más primaria posible; de tal modo que los
publicistas de la Agenda 2030 se han inventado 17 dibujos de colores
(símbolo básico pero atractivo como un señuelo) con el epígrafe escrito a modo
de epítome de sus 17 objetivos (símbolo complejo, el de la escritura, reducido
al mínimo aceptable por un receptor medio de ínfima capacidad —primero el
símbolo básico como señuelo y después la reducción al mínimo del símbolo
complejo son un binomio efectivo), diseñados en su opúsculo de propuestas para
el futuro de la humanidad.
Así que sus detractores han hecho
otro tanto, produciendo entre unos y otros la siguiente antinomia de 17 signos
para una utopía y su reverso malintencionado que se oculta detrás, 17 signos
para una distopía. Han hecho el siguiente paralelismo simbólico utilizando los
17 objetivos dispuestos en la dichosa Agenda:
¿Resulta entrañable el presunto
desvelamiento mediante la hermenéutica siempre carente de ironía del peor
conservadurismo? Frente al sano y elegante conservadurismo, este otro, el
cavernario. ¿Entrañable? No en absoluto. Lo peor no es el enanismo intelectual
para generar una antinomia simbólica tan elemental, sino el observar cómo
aquellos que se embargan en revisar una a una las comparaciones iconográficas
van dibujando en el rostro una sonrisa de satisfacción creciente que culmina
casi en un orgasmo intelectual con ese majestuoso final de dialécticas
pueriles: «DESARROLLO
SOSTENIBLE: OBJETIVOS» versus «NUEVO ORDEN MUNDIAL: OBJETIVOS». ¡Supremo!
En nuestro caso, lo hemos hecho; he
leído con cierto detenimiento este último documento y he ido anotando cada ítem
que hacía saltar alguna luz de alarma, ya fuera verde, naranja o roja. Comparto
esta lectura crítica con el lector de este artículo: Notas a la Agenda 2030.
El interesado o interesada puede
pinchar en el texto original y ver las anotaciones hechas sobre el artículo, o
ver únicamente todas las anotaciones seguidas y comentarios. Quien quiera
realmente obtener una opinión fundamentada creo que lo mejor sería leer el
texto y formarse su propia opinión. Mis notas simplemente pueden servir como
referencia de una lectura crítica, como diálogo.
Nota
final:
Quizá resulte este artículo
completamente obsolescente.
Así que, ¡no se preocupen sus
detractores! ¡No se inquieten quienes temen un Nuevo Orden Mundial plagado de
peligrosos enemigos de la libertad! Estén tranquilos: nos encontramos ya en el
2026 y el mundo se encuentra en perfecto estado de tradición, está como
siempre, a la deriva, en manos (o por lo menos completamente condicionado) por
unos cuantos tiranos y guerras abiertas que afectan al conjunto del planeta,
como manda el Viejo Orden Mundial, la sacrosanta tradición de nuestra historia;
Historia, mejor.
Pero también hay otra forma de
verlo, y es reactualizar el interés por hacer de este mundo algo mejor, incluso
encontrándonos en el contexto menos optimista. Para cualquier sugerencia o
comentario, escríbanlo aquí abajo en los comentarios, que están completamente
abiertos sin censura ni revisión previa.
Dirección: Antonio Hernández. Intérpretes: Blanca Suárez, Eduardo Noriega, Tamar Novas, Claudia Mora. Género:thriller. España, 2025. Duración: 106 minutos.
Parecido a un asesinato no es sólo una película fallida: es el síntoma de una manera de hacer cine que se ha convertido en norma dentro de la industria española. Su principal lastre está en las líneas de guion, concebido como una línea recta sin quiebres. Los diálogos son —tan demasiado— impecables en su dicción, que devienen antinaturales, artificiales en su respiración, respiración de mindfulness, sin los ahogos propios con los que las personas de verdad sobrellevan la vida misma: los soplidos, las asfixias, el resuello entrecortado. Cada frase cae limpia, perfectamente modulada, sin titubeos, sin interrupciones, repeticiones, trastabilleos, sin esa superposición caótica que caracteriza la conversación real —si no siempre, menos aún nunca—. Nadie duda, nadie se contradice, nadie se atasca. Y por eso nadie parece vivo.
Incidiendo sobre lo mismo pero en lo que concierne a los grupos humanos, las coreografías que conforman una escena (fiesta en la cocina de la casa del protagonista, verbigracia) se presentan con los grupitos y parejas conversacionales, pero en realidad mudos, hasta que la cámara llega a la única conversación que interesa. Basta con ver tres películas de James Ivory, dos de Woody Allen y una de Tarantino —un tríptico ejemplar de los cientos que se podrían hacer— para aprender algo al respecto de la naturalidad de las situaciones conversacionales. Pero eso es pedir peras al olmo enfermo de grafiosis.
La rigidez textual encorseta también la interpretación. Los actores —algunos de indudable talento— quedan atrapados en un trazado que no admite desvíos ni brotes espontáneos. De vez en cuando surge un gesto, una inflexión, un momento casi orgánico que logra enganchar mínimamente al espectador; pero son chispas aisladas en un sistema que lo neutraliza todo.
La puesta en escena reproduce la misma linealidad. Dos personajes dialogan. Fundido. Plano sugerente: una ciudad, una chimenea, una piedra iluminada con intención simbólica, lluvia, y todo se demuda en trombosis fotográfica —incluso si el productor llegara a tener la suerte de poder rodar bajo una borrasca, probablemente lograrían que pareciera lluvia artificial—. Nuevo diálogo, esta vez en grupo. Nuevo plano, acaso un fundido mínimamente ingenioso enlazando una lata de tomate que se abre con el bisturí de un forense abriendo la barriga de un cadáver (ojo, este ejemplo no es de la película, pero es que esta reseña conlleva la extrapolación a toda una saga). Y así, mosaico tras mosaico, la historia avanza de manera tan previsible que el espectador puede anticiparse al desenlace con alarmante precisión. Cuando faltan quince minutos para el «theend», ya sabemos exactamente lo que se va a revelar. Los flashbacks (mejor analepsis) perspectivales como fórmula de resolución que ya nos empieza a parecer repetitiva —esa triple mirada que pretende sofisticar la intriga (supuestamente efecto Rashomon)— no hacen sino confirmar que el supuesto embrollo era, en realidad, más simple que un jeroglífico de TBO; un juego de trileros. Convierte a Agatha Christie en Arthur Conan Doyle.
A todo ello se añade un universo social artificioso: escritor de éxito casi mítico, dos Mercedes último modelo, chalet de diseño moderno —rozando más el gusto de un nuevo rico que el de un escritor— y un glamur ibérico que resulta más impostado que aspiracional. No es una realidad española reconocible, sino una imitación cursilona del ambiente del nuevo thriller estadounidense, trasplantada a un contexto que no comparte ni su tejido social ni su verosimilitud ambiental. Se copia la envoltura sin entender la sustancia o dejándola en algo pueril sin la rotundidad de la violencia yanqui.
El problema no es únicamente formal. Es de concepción. Se confunde pulcritud con intensidad, corrección con complejidad, estructura con vida. Las historias avanzan como trenes sobre raíles de aborrecible rectitud. No hay riesgo, no hay grieta, no hay vuelo imaginativo. Sólo una hechura convencional que parece reproducirse por contagio: un molde que se repite película tras película hasta volverse indistinguible.
Y, sin embargo, sabemos que se puede hacer buen cine. Que se hace. Cuando aparece una obra todavía reciente como La estrella azul (Javier Macipe), uno recuerda que el cine español es capaz de autenticidad, vitalidad, fantasía. Hay directores que rozaron la genialidad —baste recordar lo que lograron Álex de la Iglesia con La comunidad o Fernando León de Aranoa con Los lunes al sol (¡con qué sobriedad de medios!); y algunos otros, quienes parecen hoy plegarse también a esa forma encorsetada, como si la industria hubiera interiorizado sus propias limitaciones como norma.
Luego llegan las quejas sobre la falta de público y su deslealtad. Tal vez convendría invertir la pregunta: ¿no será que el espectador detecta esa reiteración de fórmulas, esa previsibilidad estructural, esa ausencia de magia? Resulta casi sorprendente que, pese a todo, todavía haya quien hable con entusiasmo del volumen de producción anual.
Parecido a un asesinato tiene técnica competente, localizaciones sublimes y paisajes bien captados. Pero eso no basta. El cine necesita algo más que corrección formal: necesita respiración, riesgo y personalidad. Mientras no se abandone la obsesión por la imitación o, quizá huyendo de esto, la historieta de baratija carpetovetónica y el corsé estructural, seguiremos asistiendo, con una mezcla de resignación y esperanza, a películas que se parecen demasiado entre sí… y demasiado poco a la vida.
En la inimaginable, tristísima e inoportuna muerte de Xuan Bello (DEP 29 junio 2025)
Mi amiga Virginia, Xuan y Hernán, presentando un poemario en la librería Cervantes, 2018. Fotografía: Juan MenéndezÓ
Te espero
A Xuan Bello, in memoriam
Deprendí a pasar desapercibíu escribiendo
y llueu comprobé que nada nun hai más efectivo
pa esconder un secretu qu’escribilu nun llibru. Xuan
Bello, del poema inédito «La
inquietud que nos quema» (rescatado
en el blog Mi Casa es mi Mundo, noviembre
2024)
Como lascas de
oro descienden lentas
en el aire las
palabras.
Tórnanse sonidos despedazados
semejantes a
silbidos de ogros,
como mi cuerpo
mismo comunión hostias cum-panis
compañero
lágrimas de un
julio que lamentas.
Xuan
Recuerdo las
tardes otoñales en el valle,
tu hija Lena —igual
que mi ahijada—
y la mía,
Blanca, jugando en el pequeño parque.
Abajo el río,
al fondo Peña Avis, los bosques aguardando…
Que si esta
obra, que si la otra, los poemas de verso largo…
el autotraducirse,
que aquel Jaume
Vallcorba (dep)
a quien conocías en
persona y le debemos el Acantilado.
Estabas en el
centro exacto
las esquirlas
ardientes te hacían bisbisear
y las auroras
de helor sustanciado en quimeras
te concitan en
un verano sin sudor ni sombra
sin vergüenza.
Raras
navegaciones odiseicas tiritan
en una
exclamación cóncava de gloria y putrefacción.
bable tú sidra sidre
nosotros costa mar torrecerréu cuchu
backes regresa por favor regresa
prau arenas parrochas
montaraz paisanas chigres
campanas campanu
cencerru tinTineo
mujer cueva
Doña línea continua de retorcidas caleyas
Xuan
Llingua
Poesía Humano
El alba te
sonríe el alba te convoca
el alba te
alaba al alba…
se frunce el órgano
sagrado
que la sangre
trémula hace viajar viento
en las venas.
Pan y zeiros
somos. Por ti vivimos.
Seguimos. Las
cosas son así, sencillamente.
Y en otras
aldeas permanentes se desploman las noctámbulas
coruxas, se
dejan caer los cucos desmañados
presienten
madrugadas
te nombran, Xuan,
como naciste
y el rara avis
de la alegría se esconde en labios
sellados de
prudencia
sonríes
es torva la
mirada y dulce
la
fluorescencia de una tristeza de flores ardientes
o juncos en la
infértil arena de las parcas.
El esófago se
me almidona. La voz se extingue.
Los zorros
piensan en qué puertas sin encontrar por dónde
o cuándo o por
qué.
No ahora carayo
nunca ahora
Ninguna
explicación deja exprimir el fruto
de verdades
sombrías en la hierba,
el habla, fala,
la llingua se ahoga en el ardor
de tu silencio
muere un poco
muere mucho muere todo
se suspende
prolonga encierro
¡llueve!
Mueres la
hermosura
quietud
amargura
quietud lluvia
la parca orbayu.
Verano GRIS
Las aves ladran,
los perros trinan
me esperas
donde un fueyu
te reclama
donde mi cuerpo
por cierto
mi cuerpo yace
ya desde hace una centuria.
Te espero pues
Xuan bello
qué
Te espero.
━━━━━━━ ✦✠✦ ━━━━━━━
Xuan, mi amiga Virginia y Hernán, presentando un poemario en la librería Cervantes, 2018. Fotografía: Juan MenéndezÓ
Xuan Bello, segundo por la izquierda. De izquierda a derecha: Carlos, Xuan, Juan, Víctor, Rober, Hernán, Chus, Juan (fotógrafo) y Rafa.Fotografía: Juan MenéndezÓ
Que a algunos de los niños que gobiernan el mundo les gusta
la guerra es un hecho. Pequeño rebaño de tontilocos, entre zangolotinos[1]
y protervos, bestias pardas en cuyas manos se encuentran las vidas de cientos
de millones de humanos. Ya no sabemos si es por presión de lobbies o poderes
supremos más o menos en la sombra, si es por pura geopolítica calculada —esto
parece poco probable, porque no saben calcular de un modo eficiente y siempre
les sobra algo: muertos y desahuciados en el camino—, si es por miedo —miedo a
que el otro tenga las mismas bombas peligrosas que tienen ellos—, si es por
imperialismo —la etiología comienza a fragmentarse, causas diferentes pero que
todas confluyen, se retroalimentan—.
El mundo parecía haber escarmentado tras la primera mitad
del siglo XX, epítome de crueldad nunca vista por los siglos; los fascismos
y el comunismo (ideologías para las cuales la persona es sólo una pieza, un
engranaje mecánico), las dos guerras mundiales.[2]
Espeluznado de sus propias acciones, el ser humano se prometió nunca más
acercarse a semejante devastación. Desde el final de la Guerra Fría, todas las
potencias habían aceptado la paz como valor supremo; el quehacer de la
geopolítica debe estar supeditado al marco incondicional de la paz.[3]
Se crean instituciones ad hoc, empezando por una espléndida Organización
de Naciones Unidas (1945), la promisoria ONU —La Declaración
Universal de Derechos Humanos fue proclamada por su Asamblea General en
París, el 10 de diciembre de 1948—. Ministerios o Departamentos de exteriores
incorporarían como preferentes en sus agendas los asuntos del comercio internacional.
Ese comercio que, junto a la propiedad privada, se defiende como marco
civilizatorio desde la Edad Antigua —Lejano Oriente, Oriente Próximo, Fenicia,
Grecia…—, pasando por serias dificultades en la Edad Media y hasta la Edad
Moderna y Contemporánea; sus enemigos, incesantes a lo largo de la Historia
(pensamiento semítico, religiones, comunismo) serían los enemigos de la
civilización, el progreso y la libertad.[4]
Dejando a un lado cualquier certidumbre sobre el postulado, por bien que esté
fundamentado y tenga a su alrededor el apoyo de amplia bibliografía de
refuerzo, anterior y posterior a la obra reseñada, la Europa occidental de las
democracias liberales, con dosis de socialdemocracia sine qua non, abrió
una época de paz, prosperidad, libertades y justicia social única en el devenir
histórico de la humanidad. Digamos que este dulce período abarca desde 1960 a
2001.[5]
Si acaso podría percibirse el inicio de un progresivo y agónico final, nos
negamos a darlo por muerto. Se está a tiempo. Podemos prorrogarlo. O no, quién
sabe. La Unión Europea debería alzarse en su Vigía inflexible. La conciencia de
Europa es conciencia del Globo; atrás sus mierdas colonialistas, domesticada, a
priori, por ella misma, agarrada al pensamiento griego y sí, al cristianismo.
Pero los Estados Unidos de Donald Trump, su presión mediante
el estrujamiento de la OTAN, y el aparente pavor a la Rusia de Putin,
evidenciado el riesgo con la inmensa hoguera que ha prendido en Ucrania, parecen
estar contagiando sin remedio a ciertas potencias —Reino Unido, Alemania,
Francia—, las cuales dan por sentada la necesidad o incluso parecen ciertamente
entusiasmadas por incrementar brutalmente su producción militar; armamento,
hombres y políticas de la belicosidad. La vieja falacia, si vis pacem para
bellum. Pero cuidado, que no hay nada que el hombre fabrique para nunca ser
utilizado. ¡Alemania tiene la intención de incrementar hasta un 5% del pib su presupuesto militar! Esto supondría unos
225.000 millones de euros.[6],
[7]y [8]
Alegoría de la Alemania de 1935, en estilo gótico. Hernán Valladares Álvarez (con Sora)
No hay bromas que valgan. Hoy se encuentra al mando de la Cancillería el
larguirucho Friedrich Merz, de gesto ambiguo, en ocasiones sombrío, líder del
partido de la Unión Demócrata Cristiana, cdu; ¿pero mañana…? ¿Os suena aquello de que Hitler llegó a
canciller (1933) por vías perfectamente democráticas? Que la extrema derecha
germana alcance el poder es algo más que probable. La AfD estará feliz de que
sus antecesores en el Bundestag le dejaran el legado de un nuevo superejército,
el garaje atiborrado de armas y artefactos de guerra, una industria
militarizada, políticas mucho más prestas a la acción. ¿Otra vez la civilizada Alemania
armada hasta los dientes?[9];
para algunos, «civilizada» lo será siempre sólo en grado de presunción.
Parece a todas luces cierto que nosotros jamás podríamos
convertirnos en gobernantes ni de grandes ni de pequeños países. Pero sobre
todo, en lo que toca a este escrito, el ejercicio imaginativo de verse
gobernando Rusia, Estados Unidos, Irán, Israel o Ucrania se antoja una broma antológica,
cósmica. ¿Qué harías tú...*? ¿Podrías irte a la cama y descansar después de que tu
ejército haya vomitado unas bombas horripilantes sobre algún lugar —con suerte,
en el desierto atómico—, o estén los soldaditos recibiendo tus órdenes
incesantes de atacar y tomar zonas estratégicas, para lo cual perecerán les de
inocentes, muertes por colateralidad? ¿Podrías dormir tranquilo dando las
órdenes a tu Estado Mayor para que miles de jóvenes uniformados se conduzcan a
morir y matar en pro de tu estrategia y la de tus generales, trazada con
frialdad sobre un mapa? Yo no podría hacerlo. ¿Nos cambiaría el poder? ¿El
poder corrompe y el poder absoluto —o autocrático— corrompe absolutamente? Corrupción
moral, «corrosión» del córtex prefrontal del cerebro y consecuente invulnerabilidad
emocional… ¿Nos convertiría el poder casi omnímodo, ya saben, en robots
emocionales, ya saben, ya saben… en psicópatas perdidos? Tal vez. Quizá sea
eso: si se nos da la oportunidad, todos somos unos monos diabólicos.
*…en un ataque preventivo de la URSS...—cantabanPolanski y el ardor cuando yo tenía 12 años. Canción punk, ¿quién habría dicho al grupo madrileño que su canción de 1982 sería pura actualidad en 2025?
Y ¿qué sucede con el tratamiento que los medios de
comunicación y una multiplicidad inagotable de canales de YouTube dan sobre lo
sucedido? Aterra el acostumbramiento de términos y sintagmas como guerra
(nuclear, mundial), bomba nuclear, incremento industrial
armamentístico… conceptos que amenazan con terminar convirtiéndose en hechos.
A mí personalmente, no sé si es que la insensibilidad me ha vuelto muy
sensible, me habla muy mal de la empatía del personal —generalizo, existen
periodistas con notable muestra de afectación—. Empatía intelectual siquiera.
La empatía emocional es imposible. Sufríamos un espasmo fatal (o fecal), un
brote de asfixia nerviosa cada vez que leemos el periódico, vemos la
televisión, pinchamos un vídeo de YouTube; más allá de que, frente a la
excesiva naturalidad de los medios tradicionales, una mayoría de los canales de
presuntas noticias que encontramos en YouTube son claramente sesgados, cuando
no directamente publicitarios; ¿propaganda pagada por ciertos gobiernos?; no
sería nada raro ni conspiranoico, porque sabemos que, en la guerra, la
propaganda es un arma más; por lo general, el escoramiento mayoritario de
canales de YouTube —en el límite de ser «baneados»— y medios de Internet
—algunos censurados, como el prorruso RT— va en sentido contrario a las líneas
editoriales de medios convencionales, convirtiéndose así en contrapropaganda
bélica en la zona occidental.
Lo dicho, frente al horror de ciertas noticias, la empatía
orgánica, por llamarla de otro modo, daría con nuestro cuerpo en el suelo de un
síncope emocional. Literal. Empatía emocional podemos sentir cuando un hijo se
rompe los dientes al bajar por el tobogán de una piscina y se golpea con una
piedra; no estaba a la vista, tú estabas tomando algo en una mesa con tu mujer,
y un desconocido trae agarrado del hombro a tu hijo, amablemente, y el chacho
de nueve añitos sangra como un bellaco, viene gimiendo pese a las consoladoras consignas
del amable desconocido; tu mujer y tú os levantáis de la mesa y un retortijón en
espiral recorre vuestro estómago; ves el hueco en sus incisivos, los labios
hinchados, un borbotón de sangre, agradeces al vecino su servicio de
ambulancia, abrazas el torso desnudo y todavía húmedo y fresco de tu niño: estás
a punto de echarte a llorar también. Esto es empatía emocional. Experimentas
especularmente lo que siente tu hijo.
La empatía intelectual consiste en procesar cognitivamente y
darle un par de vueltas cuando somos testigos indirectos de una tragedia
humana, o animal, algo doloroso en el grado que sea —no digamos la noticia de
una matanza de miles de inocentes, niños como el tuyo, que ya tiene arreglados
los dientes, o tu niña de cuatro añitos, curada la herida de la rodilla o su
gripe—; tienes que excogitar voluntariamente y tomar una postura frente a la
inmoralidad flagrante, una matanza de tintes bíblicos. Frente al terror. El mal,
la muerte y el dolor infligido por los grandes líderes, grandísimos hijos de su
putísima madre. La empatía intelectual debería ser obligatoria, daría lugar al
pensamiento crítico y no al dedo de la indolencia que cambia de canal.
Me dirijo a los vesánicos «líderes»:
—¡Que la gente lo que quiere es vivir lo más tranquila
posible, rebaño de malnacidos!
Lo que queremos es tener un entorno pacífico donde poder
desarrollar nuestros anhelos. Tener frente a nosotros lo más intacto posible, sin
minas ni trampas ni vigilantes, expedido nuestro campo de lo posible.[10]
Sin líderes deleznables que lo empuerquen o lo hagan intransitable. Debemos
preguntarnos dónde queda la democracia si los gobernantes hacen lo que quieren,
si una ciudadanía suficientemente formada resulta por completo irrelevante, excluida
de la más mínima toma de decisiones, ya sean de menor o mayor importancia. Hoy
la ciudadanía anhela, pero también demanda de un modo realista, órganos de
consultoría ciudadanos, eso que algunos llamaron en la Puerta del Sol, mayo,
2011, democracia real. El mismo eco
que en las calles de Wall Street. Un clamor en las democracias liberales.
¿Llegará el día? Hay medios. Mientras tanto…
Los meros meros y los que los rodean, penúltimo estrato
antes de la cúspide de la pirámide
jerárquica mundial,[11]y[12] agachan
la testuz, rastrera servidumbre, e impelen a girar diabólicamente la rueda de
pinchos de la Historia; los cuatro jinetes del apocalipsis, que parecían haber
frenado notablemente su paso después de las dos guerras mundiales, y que ahora —atentos
quienes puedan hacer algo— amenazan con volver a galopar. Soy incapaz —muy
experto en incapacidad— de promover algún tipo de medida pragmática, aconsejar,
por supuesto, hacer nada (acaso este artículo, que leerán cuatro gatos y siete
gatas); pero lo que sí sé con toda certeza es que se debe exclamar y exclamo:
¡no podemos permitir que los malvados hagan retroceder los derechos y avances conquistados
con sangre, sudor y lágrimas en el decurso de la Historia —otra vez la
mayúscula necesaria—, con millones de víctimas en el camino! Aclaremos de dónde
arrancamos para creer que este punto de inflexión nefasto, este parteaguas de
la humanidad puede estar desviando el buen curso:
Lo mismo que a algún amigo íntimo, un relativo —hace unos
años era irredento— optimismo
antropológico nos hace creer que, a pesar de todo, incluso con la que está
cayendo, las estadísticas a lo largo de la Historia y los índices diacrónicos
referentes al nivel de pobreza, analfabetismo, sanidad, educación, etc. etc.
han mejorado y continúan haciéndolo, convirtiendo el mundo en un lugar cada vez
mejor. Nuestros guías intelectuales a este respecto van desde el mismísimo Noam
Chomsky —recuérdese aquel ya viejo combate dialéctico en la televisión
holandesa (1971) entre el norteamericano, optimista, propositivo, y su oponente
Michel Foucault, pesimista, para quien los resortes del poder imposibilitan
cualquier cambio, siendo la historia un callejón sin salida— (comparto el video
al final de esta entrada en el blog Diarius Interruptus), pasando por
Gianni Vattimo, hasta Steven Pinker[13]
y una buena tropa de intelectuales y científicos.[14]
Existe una batalla, una guerra nunca declarada, latente
siempre, en la que hemos de ganar. En este articulo existe un enlace a los
supuestos poderes
que gobiernan el mundo. Enlazamos ahora otro documento compartido en el que
figuran las guerras,
conflictos y escaramuzas que se encuentran en marcha hasta la fecha de este
texto, julio de 2025. Introduzco en la lista un mapa con 27 estrellas,
rojas y negras. Todavía faltarían algunos conflictos que podrían añadirse, pero
es suficiente con el número que se recoge en dicho documento. En la balanza del
progreso versus retroceso; paz versus guerra; optimismo frente a pesimismo, el
despliegue de los datos contrapesa a favor la bandeja del mal. Estamos hablando
de millones de muertos, exiliados, millones de personas en condiciones penosas,
sin apenas el aliento breve de la esperanza. ¿Dónde queda el poder de «la
gente»? ¿Dónde queda nuestro poder no mencionado? Millones de habitantes,
muchos millones, la mayoría deberíamos tener alguna capacidad, alguna
participación. Parece que no.
La astucia del sistema divide las poblaciones —en un sentido
estadístico— mediante las ideologías dicotómicas. Con una argucia tan sencilla
y sutil, las grandes masas de población quedan neutralizadas. Podemos redondear
en un 50% los bandos divididos. Frente a ideas que en principio deberían
entusiasmar a cualquiera, como la Agenda 2030,[15]
cuyos postulados (Objetivos) principales, cuyos fundamentos éticos se deberían
fijar en un eje axiológico universal, por culpa de ciertas «máculas» ideológico-morales
—identidades simbólicas fácilmente reconocibles—, una de esas mitades en que el
Sistema tiene dividida a la humanidad interpretará ineludiblemente el proyecto
como un constructo plagado de peligros, trampas de ocultos grupos de poder para
convertir el mundo en una suerte de masa amorfa, manejar la sociedad como un
rebaño de ovejas controladas una a una mediante un chip; verán en la Agenda un
intento escamoteado de esclavizar a la humanidad [sic], lo cual hace imposible
que el proyecto se haga efectivo. Infectados por el virus de las ideologías,
hombres y mujeres denostarán sin paliativos la Agenda 2030 como un plan satánico.
Necesitaríamos un buen ensayo de unos cuantos cientos de páginas para
desmenuzar este asunto. Podríamos elaborar unos capítulos iniciales de 200 o
300 páginas para explicar punto por punto qué es lo «rescatable» —objetivamente
y con consenso inapelable— y lo que es susceptible de aviesas interpretaciones;
pero entonces tendríamos a la otra mitad seguramente en contra. Posicionamientos
en lo que se refiere a religión (vs agnosticismo/ateísmo), comportamientos
sexo-parentales, modos de vida (aquello que tiene que ver con lo denominado
«ideología de género»), aceptación del aborto o rechazo (como siempre, sin matices), decenas de sutiles
derivaciones de carácter ético, y un largo etcétera, convierten el intento por
mejorar el mundo en una frustración asegurada. Larvada, se entrevé una gran
paradoja. Bien leída, con notas y señales, dicha Agenda lleva implícita la
extensión de la democracia y su transformación, de democracia representativa a
democracia participativa —eso que llamamos más arriba democracia real—. Un fin, aparejado al debilitamiento del Estado,
que el grupo de críticos liberales no ven por ningún lado. Más bien todo lo
contrario, una estatalización de la vida. Una injerencia mayor de los Estados
sobre los ciudadanos. Una paradoja anida en que los detractores —en su total
derecho, aunque igual de ignorantes que su grupo opuesto sobre la gran
jugarreta de estar divididos por la astucia de un Sistema autoinmune—, creen
adivinar en el proyecto un cepo para su libertad, es decir, lo contrario a que
el poder rebose la línea de flotación de las cúpulas para derramarse
horizontalmente hasta ponerse en manos del conjunto de las sociedades y de cada
individuo.
Quien proponga, frente a la barbarie que no dejan de
perpetrar los prebostes, cualquier tipo de solución salvífica, cualquier
fórmula para aglutinar la masa social necesaria para cambiar las cosas,
cualquiera que postule tretas humanísticas con las que deponer a los salvajes,
sus guerras, sus intereses, sus masacres públicas y privadas, cualquier líder
benévolo que pueda aflorar debe saber que generará un ineludible 50% de rechazo
mayormente irracional; con suerte, cosechará la admiración del otro 50%, de parecida irracionalidad. Es la
regla general, por muchos matices que luego quepan formularse.
La desgracia de la sociedad dicotomizada es que perpetuará
las cúpulas de poder. Sin una sociedad unida moralmente, que alcance un acuerdo
necesario, un eje axiológico sobre el que hacer pivotar un Sistema renovado,
humanista en el sentido más clásico y ético del término, las antediluvianas
estructuras jerárquicas permanecerán para siempre. Lo utópico del asunto
perpetuará la guerra, el poder y una humanidad sometida al capricho potencial
del sufrimiento. La servidumbre humana seguirá siendo el resorte del poder.
Hasta el final.[16]
NOTAS
[1] Parto de la premisa de que
—llegados a este cuarto del primer siglo del Tercero Milenio, si no se ha
obviado el bagaje cultural al alcance de casi cualquier persona— todo idealismo
supone siempre un infantilismo previo. Ninguna mente madura puede imaginarse,
verbigracia, una nación mejor que otras, superior. De hecho, la creencia de que
existe tal nación, cualquier nación, la idea misma de 'nación' es idealismo
puro y por tanto idiocia, puerilidad, infantilismo (carece de sentido incluso
en su significado estrictamente jurídico. Por mucho que hayamos dicho idiocia,
el infantilismo o inmadurez mental no implica necesariamente falta de
inteligencia. Pueden coexistir la estupidez y el idealismo, de hecho, se llevan
magníficamente, pero no siempre y necesariamente se dan juntos. Despojamos por
tanto del término idiocia su
connotación de falta de inteligencia, quedándonos sólo con la denotación
'infantil'. «¿Por qué no mejor evita usar el término?», me podría preguntar
alguien, con buen criterio y total pertinencia; «Porque me gusta mucho esta
palabra».
[2] Hechos y números de
inconmensurable protervia, un horror tal que cualquier rey medieval, general de
la Antigüedad, emperador de época Moderna lo habría considerado como pura
ficción, un daño inalcanzable. Primera Guerra Mundial (1914-1918): La
Primera Guerra Mundial, también conocida como la Gran Guerra, causó la muerte
de aproximadamente 16 millones de personas. Este número incluye
tanto a militares como a civiles. Las principales causas de muerte fueron los
combates, las enfermedades y las condiciones de vida en las trincheras.
Segunda Guerra Mundial (1939-1945): La Segunda
Guerra Mundial fue aún más devastadora, con un estimado de ¡70 a 85
millones de muertos! Este conflicto no sólo involucró a más países, sino
que también incluyó genocidios, bombardeos masivos y el uso de armas nucleares.
Las víctimas incluyeron militares, civiles, y millones de personas que murieron
en campos de concentración y exterminio.
[3] Hubo ciertas potencias que
no parecieron apercibirse de la necesaria y conveniente paz y jamás dejaron ni
dejarían de jugar a las batallitas globales, moviendo en el tablero las piezas
con absoluta banalidad. Por natura inmunes al dolor de su propia gente, o por no
haber sufrido en su suelo la masacre de la guerra, seguirían, hasta nuestros
días, enviando a sus soldados a ésta y aquella región lejana, jóvenes
destinados a convertirse en heroica carne picada.
[4] Escohotado, Antonio. Los
enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad. Tomos I, II y
III. Espasa‑Calpe, 2008, 2013 y 2017.
[5] Las fechas de este período
son aproximativas, siendo la fecha del término, 2001, más certera, por
emblemática, con dos hitos de alcance global que a la fuerza marcan un punto de
quiebre afectante: el atentado yihadista del 11S contra las Torres Gemelas de
Nueva York y el comienzo de la entrada en circulación del euro; se irían
acumulando una serie de hitos, sobre todo en el mercado bursátil y en la
economía financiera, que llevarían al mundo a la gran crisis de 2008. Detectada
buena parte de las causas que provocaron la crisis, sin embargo, países,
entidades, mercados, políticas, etc. no cambiaron prácticamente nada en el
comportamiento del sistema, más allá de rescatar grandes bancos y entidades
elefantiásicas cuya caída habría podido implicar el colapso económico de países
enteros, «secuestrar» Estados deudores para poner a La Troika descaradamente a
gobernarlos (Grecia), en orden prioritario a la satisfacción de la deuda
pública, rebajando las partidas de los presupuestos generales de algunos
miembros de la UE destinadas a políticas de protección social, etc. Todos los
agentes citados, responsables de la crisis, se comportaron como si nada hubieran
aprendido, hipotecando el futuro para los pobres venideros y poniendo claramente
en riesgo la economía mundial para un futuro no muy lejano, por ejemplo, ahora,
en un contexto de imprevisto riesgo: las hogueras de la guerra parecen prosperar,
extendiéndose aquí y allá. De esto habla este artículo.
[6] Recuperado, julio 2025: https://elpais.com/internacional/2025-06-24/alemania-triplicara-el-gasto-en-defensa-hasta-llegar-al-35-en-2029.html
[7] Recuperado, julio 2025: https://www.huffingtonpost.es/global/alemania-mueve-rearme-masivo-gasto-otan-dara-vuelco.html
[8] Recuperado, julio 2025: https://www.cronista.com/usa/trending/vuelve-el-ejercito-mas-temido-de-la-segunda-guerra-mundial-ya-gasta-mas-en-armamento-que-francia-e-inglaterra/
[9] El general McArthur (cita
Trump): «Nunca dejes que Alemania se rearme». Puede verse este video de YouTube
(recuperado, julio 2025): https://www.youtube.com/watch?v=lVGYIpuq5eE
El vídeo no tiene un enfoque precisamente crítico y el título del canal es
suficientemente expresivo de lo que será escrito más abajo sobre la
familiaridad, el nada inocente acostumbramiento a expresiones que poco a poco
van insensibilizándonos.
[10] «Oh, alma mía, no aspires
a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible». Píndaro. III
Pítica, a través del exergo de El mito de Sísifo, Albert Camus, 1942.
[11] En lo más alto de las
jerarquías que mueven o hacen mover las piezas del tablero mundial, nadie tiene
claro quién está en la cúspide y quiénes inmediatamente abajo; seguro que hay
ósmosis, mezcla, «equilibrio térmico» (cuarta ley de la termodinámica), en
verdad, leyes completas de la termodinámica, en tanto que la pirámide no es
otra cosa que la representación gráfica de un Sistema físico. Los flujos tienen
que existir a la fuerza, de arriba a abajo y de abajo a arriba. Pero la mayor
parte del respetable sabe: grandes familias y entidades de capitales —de los Rothschild,
Banco Mundial, FMI, pasando por BlackRock o cenáculos periódicos de sociedades
como el club Bilderberg.
[12] Una lista extensa y
comentada de poderes en lo alto de la pirámide jerárquica del sistema
sociopolítico mundial puede verse en este enlace: pirámide jerárquica del orden mundial, Hernán Valladares Álvarez.
[13] Pinker, Steven. Los
ángeles que llevamos dentro: El declive de la violencia y sus implicaciones. Paidós,
2012. Pinker ofrece estadísticas, gráficas y explicaciones que justifican
ese optimismo antropológico, demuestran (casi) el lento pero imparable progreso
de la humanidad.
[14]vv. aa., Brockman, John (ed.). Este libro le hará más inteligente: nuevos conceptos
científicos para mejorar su pensamiento. Paidós, 2017. A pesar de su título comercial tan empalagoso,
recoge artículos de Daniel Kahneman, Richard Dawkins, Martin Selingman, Daniel
Dennett, Steven Pinker, Daniel Goleman, Matt Ridley y J. Craig Venter, entre
otros, la mayoría de ellos, optimistas antropológicos con fundamento, rasgos
rastrea hablé a través de sus obras y artículos.
[15] En 2023 hice una lectura
crítica. También leí críticos a favor y en contra, si resultaban razonables,
descartando textos que poco pueden aportar por su grado de parcialidad,
enemistad irracional. A cierto crítico desde una perspectiva cristiana: «Nos
dice que es difícil no sentirse identificado con algunos de los objetivos, más
aún, no tomárselos, más allá de la aproximación, como obligaciones morales,
incluso particularmente si se es cristiano. Así sucede cuando se habla de
acabar con la pobreza, el hambre o la guerra mundiales. Bien está que esto vaya
por delante. Parece que como primeros objetivos nadie puede estar en contra y
querer ver detrás de ellos ningún tipo de conspiración extraña».
[16] La bibliografía
concerniente a sistemas (de poder) y servidumbres podría conformar cadenas
enteras de montañas. Allí se encontraría a Marx y Karl Popper, Ettien de la Boétie,
Hobbes, Rousseau, ensayos filosóficos e históricos, económicos y políticos, de
izquierda, centro y derecha, libros marxistas y libros liberales, religiosos y
ateos, científicos y anticientíficos... Escritos y no escritos.
Mirad estas palabras de
Herman Hesse, el misántropo más filantrópico que se ha dado en la historia de
la literatura contemporánea:
El ser humano singular, único con sus herencias y
posibilidades, sus cualidades e inclinaciones, es un ser frágil y delicado, que
puede necesitar un defensor. Y del mismo modo que todas las grandes fuerzas
están en contra suya —el Estado, la escuela, las Iglesias, las colectividades
de todo tipo, los patriotas, los ortodoxos y católicos de todos los campos, sin
olvidar los comunistas o fascistas—, yo, y mis libros, hemos tenido siempre a
todas estas fuerzas en contra y hemos sufrido sus métodos de lucha, los
correctos y los brutales y ruines. He podido constatar mil veces lo amenazado,
indefenso y perseguido que está en el mundo el individuo, el independiente, y
la necesidad que tiene de protección, aliento y amor. Pero al mismo tiempo he
comprendido, a través de mis experiencias, que en todos los campos y en todas
las comunidades, desde las cristianas hasta las comunistas y fascistas, existen
muchos que a pesar de las ventajas y comodidades, no se conforman con
integrarse y sufren bajo la ortodoxia. Y así, se enfrentan al rechazo y a los
ataques masivos de las colectividades miles de preguntas y confesiones más o
menos desconcertadas de individuos a los que mis libros (y naturalmente no sólo
los míos) dan algo de calor, alivio y consuelo. Pero los individuos no siempre
se sienten fortalecidos y animados, sino a menudo seducidos y confundidos,
porque están acostumbrados al lenguaje de las Iglesias y los Estados, al
lenguaje de las ortodoxias, de los catecismos, de los programas, a un lenguaje
que no conoce la duda y que no espera ni tolera otra respuesta que la de la fe
y la obediencia.
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