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jueves, 31 de julio de 2025

Poema a Xuan Bello, in memoriam

 En la inimaginable, tristísima e inoportuna muerte de Xuan Bello
(DEP 29 junio 2025)

Mi amiga Virginia, Xuan y Hernán, presentando un poemario en la librería Cervantes, 2018.
Fotografía: Juan Menéndez
Ó


Te espero

A Xuan Bello, in memoriam 

Deprendí a pasar desapercibíu escribiendo
y llueu comprobé que nada nun hai más efectivo
pa esconder un secretu qu’escribilu nun llibru.

Xuan Bello, del poema inédito
«La inquietud que nos quema»
(rescatado en el blog Mi Casa es mi Mundo,
noviembre 2024)

Como lascas de oro descienden lentas

en el aire las palabras.

Tórnanse sonidos despedazados

semejantes a silbidos de ogros,

como mi cuerpo mismo comunión hostias cum-panis

compañero

lágrimas de un julio que lamentas.

Xuan

Recuerdo las tardes otoñales en el valle,

tu hija Lena —igual que mi ahijada—

y la mía, Blanca, jugando en el pequeño parque.

Abajo el río, al fondo Peña Avis, los bosques aguardando…

Que si esta obra, que si la otra, los poemas de verso largo…

el autotraducirse,

que aquel Jaume Vallcorba (dep)

a quien conocías en persona y le debemos el Acantilado. 

 

Estabas en el centro exacto

las esquirlas ardientes te hacían bisbisear

y las auroras de helor sustanciado en quimeras

te concitan en un verano sin sudor ni sombra

sin vergüenza.

Raras navegaciones odiseicas tiritan

en una exclamación cóncava de gloria y putrefacción.

Xuan

Ni sirenas ni espumas ni clamores

ninguna palabra, sintagma u oración

sintonía inferencia de un amor a la verde siempre

oquedad (estomacal) leyenda principado gaitas castañas playa roca

Has (escrito) Tuyas

HasTuyas

bable tú sidra sidre nosotros costa mar torrecerréu cuchu

backes regresa por favor regresa

prau arenas parrochas montaraz paisanas chigres

campanas campanu cencerru tinTineo

mujer cueva Doña línea continua de retorcidas caleyas

Xuan

Llingua

Poesía

Humano


El alba te sonríe el alba te convoca

el alba te alaba al alba…

se frunce el órgano sagrado

que la sangre trémula hace viajar viento

en las venas.

Pan y zeiros somos. Por ti vivimos.

Seguimos. Las cosas son así, sencillamente.

Y en otras aldeas permanentes se desploman las noctámbulas

coruxas, se dejan caer los cucos desmañados

presienten madrugadas

te nombran, Xuan, como naciste

y el rara avis de la alegría se esconde en labios

sellados de prudencia

sonríes

es torva la mirada y dulce

la fluorescencia de una tristeza de flores ardientes

o juncos en la infértil arena de las parcas.


El esófago se me almidona. La voz se extingue.

Los zorros piensan en qué puertas sin encontrar por dónde

o cuándo o por qué.

No ahora carayo nunca ahora

Ninguna explicación deja exprimir el fruto

de verdades sombrías en la hierba,

el habla, fala, la llingua se ahoga en el ardor

de tu silencio

muere un poco muere mucho muere todo

se suspende prolonga encierro

¡llueve!

Mueres la hermosura

quietud amargura

quietud lluvia

la parca orbayu.


Verano GRIS


Las aves ladran, los perros trinan

me esperas

donde un fueyu te reclama

donde mi cuerpo por cierto

mi cuerpo yace ya desde hace una centuria.

Te espero pues

Xuan bello

qué

Te espero.

━━━━━━━ ✦✠✦ ━━━━━━━


 

Personas sentadas en una mesa

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.
Xuan, mi amiga Virginia y Hernán, presentando un poemario en la librería Cervantes, 2018.
Fotografía: Juan Menéndez
Ó

Xuan Bello, segundo por la izquierda. De izquierda a derecha:
Carlos, Xuan, Juan, Víctor, Rober, Hernán, Chus,
Juan (fotógrafo) y Rafa.Fotografía: Juan Menéndez
Ó

Fotografía: Juan MenéndezÓ
Fotografía: Juan MenéndezÓ

 

 

 


domingo, 14 de abril de 2024

Locomotora en llamas

 Locomotora en llamas


Imaginaos: un tren en llamas, lo que se dice en llamas, lenguas de fuego, humo negro, en llamas en llamas en llamas, un tren roto; sola la locomotora. Los demás vagones se han ido cayendo por despeñaderos desérticos, afiladas rocas que los han hecho trizas al rebotar en su caída hacia un valle invisible. La locomotora en llamas, irrefrenable, propulsada por una inercia brutal e incomprensible. Nada ni nadie puede sofocar ese incendio rodante. Es imposible detenerlo. Sigue rodando por las vías hacia ningún lugar; en verdad, hacía «el ningún lugar» al que se dirigen todos los trenes. Pero esta locomotora va incendiada, desbocada, a gran velocidad. Hacía ningún lugar. Sólo llamas de fuego devorador.

Poema número XIII de Dios y discípulo











martes, 7 de febrero de 2023

Neuquén Quimey

Poema de extraña hondura 
(Se recomienda ver/escuchar la entrada con unos buenos altavoces o con audífonos; y leer el poema siguiéndolo como letra de la canción insertada de YouTube)

Dedico esta entrada a mi hermana Miñu, cuyas manos, que hoy curan, pusieron los discos de Larralde tantas veces cuando uno era niño.

También lo dedico a Mamen, que me dijo el otro día «hace mucho que no escribes en tu blog». Sí, le dije; a veces me paso de interruptus.
Paisaje La Patagonia
Imagen: gentileza de Freepik, https://www.freepik.es





Acerca del poema que canta José Larralde, escrito por Milton Aguilar (Bajada del Agrio, 1934-Neuquén, 2001), podríamos meternos en los entresijos de Santo Google y verter aquí la información, incurrir en una odiosa práctica ubicua en la red, el cortaypega. Así pues, que lo busque cada quien. Lo que queremos es cometer el sacrilegio de la exégesis, particularmente impertinente cuando el texto violado es un poema, cuyo territorio no es el de una interpretación de necesaria inteligibilidad; la geografía de la poesía es territorio sin jurisdicción analítica, libertad de captación, virginidad sensorial; su constitución es la del signo lingüístico de referente abierto —inaprensible, idiopático, intransferible objetualmente—, los rasgos fónicos, el dédalo de figuras, imágenes, sombras, metáforas, proyecciones, libre evocación. Por ello, lo que me propongo hacer será punible, acto criminal. 

Topo con la pieza a través de un hilo musical de José Larralde, viejo engrama de nuestra infancia.

El ritmo, llevado por la percusión, nos agarra del alma y nos arrastra hasta remotas, ignotas tierras indias, donde nos acogen apacibles mapuches y tehuelches entre espectrales selvas, ríos, lejanas praderías. Y nos ubica irremediablemente, con hímnico poder de evocación, en la escena, donde vemos a otro o podemos soñar con ser nosotros mismos quienes acarician a la linda araucana de trenza lírica.

Muchos hay quienes piensan que el misterio es ingrediente sine qua non de la obra de arte, como el azúcar al bocado de la repostería.
De ser así, sin miedo a resultar algo frívolos al dejarnos caer en el simplicísimo lugar común, con este canto hipnótico, por constituirse en pura materia de misterio vocálico, nos encontraríamos frente a un pequeño hojaldre de merengue; eso sí, no recomendable para el consumo infantil por contener también como ingrediente unas ligeras gotas de psilocibina.
 
Imagen: Wikipedia.
El cacique mapuche-tehuelche Sayhueque 
Imágenes:
www.michaelbackmanltd.com/archived_objects/spanish-colonial-silver-tupu-2/
Tupos, prendedores mapuches


Tupos, prendedores mapuches



Sol [flor][1] de los arenales,
regada en sangre del bravo Sayhueque;[2]
grito que está volviendo
en tu desbocado potro pehuenche.[3]


Del cielo la honda noche,
se oye del viento la serenata;
tupos[4] la luna prende
en la negra cimba[5] de mi araucana.

Aguas que van, quieren volver;
aguas que van, quieren volver;[6]
río arriba del canto aprendido...
Neuquén... Quimey, Quimey... Neuquén.[7]


Sol, que se está gastando
en piedras lajas y turbias corrientes,[8]
besó la sombra india

que vuelve crecida
de un sueño verde.[9]


Ya madura el silencio
por el agreste vientre de tus bardas;
quiere Rayén dormirse,[10]
tiemblan sus entrañas,
enamorada.


Aguas que van, quieren volver;
aguas que van, quieren volver;
río arriba del canto aprendido...
Neuquén... Quimey, Quimey... Neuquén;


Neuquén... Quimey, Quimey... Neuquén;
Neuquén... Quimey, Quimey... Neuquén.



[1] El poema original parece decir flor y no sol, tal y como sucede en la versión de Larralde. Personalmente, la elección del gran bardo me parece igualmente hermosa y llena de significado, sin embargo, nos lleva a algún problema; a saber: la secuencia temporal de la escena (descoyunta el transcurso de las horas en que se desarrolla el poema-escena) y el subsiguiente atributivo «regada», cuyo referente lógico era «flor». Al escoger «sol», ese complemento introducido por «regada» queda sin referente. Qué cosa es «regada», ¿la sol*? No puede ser, y tampoco «los arenales».

[2] Bien podría dedicarse una generosa entrada —o escribir una novela corta al estilo de La perla de John Steinbeck— a los caciques Sayhueque e Inacayal. En la entrada he puesto la imagen del primero. Quiero decir tan sólo que «los argentinos», es decir, los argentinos belicosos en cuestión —¡qué difícil resulta evitar esta odiosa generalización!; no existe sujeto activo «Rusia» que haya invadido Ucrania; son el loco biófobo de Putin y aquellos que lo sigan los únicos culpables, y no toda esa cantidad de personas que suponemos incluidas en el inexistente, agramatical y alógico sujeto «Rusia»—; decíamos, ciertos políticos y militares argentinos, aprovechando el tirón de la independencia de España y durante todo el siglo XIX, y remarco, aprovechando el tirón de la independencia, ya fuera de las leyes españolas, se pusieron a conquistar terreno y más terreno, igual que hicieron todos los países latinoamericanos, pero en este caso con suma eficacia, expulsando de sus tierras a los pueblos indígenas que habitaban multitud de regiones respetadas durante los siglos XVI, XVII, XVIII y hasta el momento de la independencia. Bonito propósito, el genocidio —censo stricto [sic; censo por sensu], esto es, el exterminio de un pueblo— de todas aquellas poblaciones indígenas que, para mayor injusticia, resultaban mayormente pacíficas. Las vicisitudes de Sayhueque e Inacayal resultan legendarias y hermosas, así como sus muertes representan la vesania del «hombre blanco». Ambos orgullosos caciques fueron exhibidos en el Museo de las Ciencias Naturales de la Pampa, convertidos en objetos vivos de una repugnante etnografía.
Y ya que tan larga esta cita, no nos privamos de esta otra:

Y un día, cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propileo de aquel edificio (...), sostenido por dos indios, apareció Inacayal allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría, quizas contento de que el vencedor le hubiese permitido saludar al sol de su patria". Clemente Onelli. Fue el 24 de septiembre de 1888. (Recuperado, 5, febrero, 2023, en: https://web.archive.org/web/20150923124108/http://www.bariloche.com.ar/museo/DESIER.HTM)          

[3] El pehuenche es pueblo indígena dentro del más amplio de los mapuches, habitantes a ambos lados de los Andes.

[4] El tupo es un tipo de prendedor usado en ciertas poblaciones indígenas para el poncho o el cabello, con la parte por donde se agarra, de forma tendente a la redondez u ovoide, relativamente ancha y muy trabajada ornamentalmente, de la que parte el propio prendedor con forma de larga aguja del mismo metal (pongo imagen).

[5] La cimba es trenza ancha practicada por estos mismos pueblos araucanos en el cabello de las mujeres. La estrofa me resulta embriagadora, llena de gracia, quietud y al mismo tiempo movimiento, en cualquier caso, escenificación, con la metáfora de una nube larga atravesando la luna como si fuera el tupo, la que imagino bellísima joven araucana, iluminada por la luna, donde se establece una especie de hipálage con el adjetivo «oscura» que comparten la trenza y la honda noche. En Internet, se encuentra la letra de la canción con una malísima interpretación del verso «tupos la luna prende», figurando «tu voz» en vez de los «tupos» originales del poema, arruinando absolutamente la belleza de la metáfora.

[6] En el oxímoron «aguas que van, quieren volver», que se refuerza semánticamente con la repetición del verso en dos de las seis estrofas completas del poema, aunque innecesario para su completa degustación, sin embargo contamos además con la imagen referencial que inspiró al poeta; Milton Aguilar llegó a casa una tarde y le contó a su hijo (quien lo refiere en una entrevista) que en cierta zona del río de Neuquén, tal vez en una curva parecida a un meandro, el río que bajaba hacia el mar, al tiempo que su autobús caminaba en esta dirección, en cierto ángulo de la curva del cauce las aguas parecían querer subir en dirección contraria. Así que es interesante saber que el verso, tan sonoro, pleno de significados e imágenes evocadas, tiene sin embargo un origen tan exacto, no es únicamente imagen de génesis cognitiva, creación espontánea del proceso poiético —lo cual, no obstante, no le restaría ningún valor—, sino que es rastreable el objeto físico del que nace, en un punto concreto de la vida y experiencia del vate. Sin que sepa encontrar ahora mismo bajo qué recurso estilístico se consigue, de nuevo el poder del verbo se alía con la realidad mágica: «aguas que van, quieren volver/aguas que van, quieren volver», donde la repetición y el sentido de las aguas en una dirección y la contraria se conjugan en la fórmula poética. Imaginamos, evocamos la imagen del río al tiempo que escuchamos en voz de Larralde ese mismo movimiento de ida y venida. Milagroso.

[7] Tenemos claro que Neuquén es una vasta región de la Patagonia. Quimey es nombre propio de persona con significado en mapudungún, «bello, hermoso» y es epiceno, originariamente para hombre pero también usado para mujer, como el Guadalupe mexicano. Pero es que da igual, porque lo que resulta es una combinación sonora que retumba en los ecos de los acantilados con la gracia del himno, la invocación, el trance. Un cántico de inexplicable resonancia, una mística acaudalada en el anciano verbo, una última llamada para nuestra salvación. Un rezo sin imprecaciones cobardes.

[8] Los aborígenes intuyen lo perecedero astral. El quiasmo del verso, sustantivo+ adjetivo, adjetivo+ sustantivo, toda vez que el poeta utiliza «lajas» como adjetivo para determinar un tipo de piedra plana, erosionada por el agua de «turbias corrientes», una vez más conjuga la gracia de las ondas sonoras y la multiplicación de sentidos, evocaciones, contradicción. Lo astral y lo geológico —tiempo ilimitado y tiempo miliarmillonario respectivamente, frente a la enanez de nuestro tiempo histórico y, más aún, personal— se alían entre lo perecedero a través del concepto de «gastarse», atributo birreferencial: el sol se va gastando, igual que las piedras lajas, «en turbias corrientes», aliteración gongorina… la /R/, rrrrrrrrrrrr... erosión de oscuras fuerzas —turrrrrrrrbias—. 

[9] Otra hipálage en estos tres pequeños versos milagrosos, donde la inmensa sombra india se cierne sobre praderas verdes que son puro sueño, presencia onírica; puesto que, dijera lo que dijera el fumador de puros Sigmund Freud, nuestros sueños no son en blanco y negro.

[10] Nuestra dulce araucana revela su nombre, Rayén, a quien acariciamos sentada junto a nosotros, tal vez sostenida por el tronco de una araucaria, su trenza cimba, alumbrada por la luz de luna. Quizá raye el alba desde las entrañas de la Tierra. ¿Somos Quimey o es sólo un canto aprendido?


domingo, 3 de julio de 2022

Del poemario en construcción «Servilumbre»


Campos Asfódelos 

[Exégesis precisa para proceder a reírse cuando se lea el último verso: estos Campos de la mitología griega conforman el Masallá, junto a los Campos Elíseos y el Tártaro. ‘Campos Asfódelos’ se llaman porque en ellos crecen las flores asfódelas. Se dice que los muertos comen y se nutren de estas flores (flores y muerte aparecen también en ese dicho popular de «criar malvas», que no es otra cosa que «morir».]


 

[…] si por ventura vierdes 
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero
[…]

San Juan de la Cruz, 

«Canciones entre el alma y el Esposo»

del Cántico espiritual, s. XVII, 1622.

 

 

Si por ventura vierdes

a Aquel que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y me como unas asfódelas.



Pueden leerse otros dos poemas del mismo futuro libro Servidumbre en:

http://diariusinterruptus.blogspot.com/search/label/Servilumbre





domingo, 19 de julio de 2020


Después de meses de sequía absoluta para los versos, como si se me hubiera calcinado la glándula poética, una pequeña verruga del tamaño de un piojo famélico, ubicada en la corteza somatosensorial primaria, para responder un mensaje de WhatsApp a unos amigos va y me sale un poema. La sequía, incapacidad total para intentar escribir un solo verso, tal vez se debiera a estar demasiado inmerso en la novela a punto de terminarse, Collapsus, y por tanto esclavizado por la tensión de la prosa y la concentración obsesiva para construir una maquinaria que intento se acerque lo máximo posible a la perfección. Aprovecho, y si algún editor o editora, alguna agente literaria, cayeran sobre esta entrada de Diarius Interruptus, que sepan que la novela, provisionalmente titulada Collapsus, es una gran pieza literaria, probablemente rozando en muchos sentidos la obra maestra; por favor, que no dejen de llamarme y estaré encantado en hacérsela llegar. No deberían perder tan magnífica oportunidad. ¿A qué viene esa sonrisilla irónica? No bromeo con la falta de humildad. Es sólo que ésta proviene de no tener ya nada que perder en la vida; me echo la humildad a las espaldas como respuesta a una condición de fracasado tan acendrada que, siquiera, habría de convertirme en un deslenguado.
¡Ah!, el poema es éste:












Por si acaso

Mis queridos tordos nemorosos, 
acuáticas aves que surcáis 
este mar de amistades con velámenes heridos.
Sujetos de pasiones cercenadas,
alientos bajo la tierra sepultado.
No levanté los pies sobre este mundo
ebrio de sol para encontraros,
pero aquí estáis como conchas usurpadas
por este artrópodo ermitaño.

El día más pensado será el mismo sol
quien pierda las fuerzas para escalar el horizonte.
El día más pensado. El que se espera
como niño en la escalera aguardando a un amigo.
O tal vez le entre una flojera de esclavo a media tarde
y decida quedarse para siempre
confundido por un heliocentrismo
negado por los siglos y las cruces.

Pensamos, con la inocencia de los niños
más idiotas, que la estrella que alumbra
nuestro sistema solar
tiene un poder ilimitado, una potencia atómica
de cosmos incendiado, inapagable,
que achicharra cuanto mira
y hace cenizas lo que toca.
Es la estupidez humana, 
la que un tipo como Einstein
enunció con una frase por todos conocida,
con la gracia de los paralelismos.
Indefectible. Interminable. Infinita como en el Universo; 
aunque de la infinitud de este último, dijo,
no estaba tan seguro. 
Una torpeza cognitiva con la única virtud de la conciencia.

Pero no podemos olvidar que cualquier nube
se interpone, leve, marchitando su energía en desafuero,
y se torna más débil que el candil
de una pobre capilla sin techumbre, sin nombre,
sin ya ninguna fe, con iconos de hielo.
Pobre candil bajo tormentas chorreantes
como grandes cascadas, como las fuentes del Nilo
o el aguacero de Iguazú.       
¡Tanto Sol, tanto Sol, tanto Sol! y es sólo una fogata,
una enana amarilla. Cualquier truño caliente.

Y es pues lo único que os pido, filosóficamente,
sin arrastrar las cadenas de súplicas del todo improcedentes,
con toda cortesía os insto, mis amores,
a que perduréis igual que las piedras del camino.
Aunque parezca muerto nuestro abrazo
y no resistan los espejos, no os quepan, no os cobijen,
se desborde el vidrio que les da forma
con la cera tan sólo de media oreja vuestra,
y el polen que exhalan vuestros ojos
desazogue hasta el cristal de la laguna Estigia.
Que resistáis siempre en un lugar por mí accesible,
por si acaso surgiera la ocasión propicia,
por si acaso el sol aún no se ha mojado,
por si acaso charlamos de cualquier cosa, 
bebemos, nos reímos.




Perteneciente al futuro poemario Servilumbre.