jueves, 16 de abril de 2026

A vueltas con la Agenda 2030. En el filo de la navaja.

 A vueltas con la Agenda 2030: una lectura crítica, 

la invitación a un diálogo

(Quien lea este artículo breve encontrará al final el enlace al texto completo de la Agenda con notas de una lectura crítica y la posibilidad de establecer un diálogo, al tiempo que nos aventuramos en el conocimiento real y no en la reacción frente a un pseudoconocimiento de oídas --el conocimiento vicario depositado en la autoridad de quienes lo critican--.)


«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío». Así comenzaba su archiconocido monólogo de la Edad de Oro don Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primera parte, capítulo XI), frente a una caterva de cabreros por completo incapaces de comprender nada. Dejemos atrás el sabroso bocado exegético en términos de interpretación política, donde Cervantes ensalza una legendaria Edad de Oro comunista avant la letre: («[…] donde se ignoraban las palabras de tuyo y mío». Nos quedamos únicamente con ese marchamo epocal en virtud del cual no hay sociedad que no conjeture la existencia de un tiempo pasado siempre mejor. Pocas veces empero se inclina el inconsciente colectivo a proyectar sobre el lienzo del futuro una época mejor. Ni siquiera el presente continuo. Es la tendencia conservadora que anida en nuestra psique, con la que creemos protegernos de miedos ancestrales, de la manada de lobos hambrientos que acechan adelante en el camino. 





El futuro es siempre incierto, territorio de oscilaciones presentidas; el presagio carece de antónimo perfecto, no existe nada semejante a la sospecha precavida del pasado, en todo caso, simple ignorancia u olvido sobre él. Así es como, frente al mal presagio, preferimos lo heredado de la tradición, palabra ésta con una connotación casi siempre idealizada. En fin, nos encontramos frente a lo que reza el viejo adagio: «más vale malo conocido que bueno por conocer».

La Agenda 2030, auspiciada principalmente por organismos de la ONU, se atreve a rasgar con torpeza un itinerario futuro para el bien de la humanidad. La cosa no puede ser más pretenciosa. Su carácter contranatural en lo que se refiere al inconsciente colectivo aludido más arriba, esa creencia omnímoda de las sociedades a sospechar maliciosamente del futuro convierte el contenido de la Agenda en un saco de golpizas, la diana perfecta sobre la que lanzar andanadas infinitas de desconfianza. El pensamiento conservador, haciendo honor a su nombre, se niega en rotundo a aceptar que ningún organismo, institución y, menos aún, un grupo de poder político-económico pretenda hacer del futuro un lugar mejor. Recela, niega y hasta aborrece semejante optimismo antropológico, así que su respuesta no puede ser otra que la abyección. Cualesquiera que prenuncien paz, justicia, igualdad o cualquier otro concepto en el campo semántico de las ensoñaciones progresistas —«progres», prefieren decir ellos en la jerigonza patria—, lo que en verdad pretenden es poner a sus pies la humanidad y todos sus virtuosos valores dictados por la tradición; quieren pisotear la libertad humana, someternos, convertirnos en esclavos de su tiranía inmoral, materialista, perversa. La Agenda 2030 resulta un proyecto para imponer definitivamente (redobles de tambor) ¡un Nuevo Orden Mundial! La más oscura de las distopías está servida. ¡Con lo bueno que había resultado hasta hoy el Viejo Orden Mundial, caramba!

 

El ritmo presuroso, la náusea de la velocidad, el hurto de la quietud, la prisa que intoxica la cadencia necesaria para satisfacer nuestra curiosidad e imposibilita la concentración, maniobra perfecta para hacer de nosotros seres intelectualmente inservibles, este exceso cronométrico que nos arrastra, un cúmulo de información inasequible para nuestro sistema cognitivo, concebido para funcionar cuando a nuestro alrededor se apagan las alarmas y se consigue un cierto estado de calma —si nos roban la calma, nos roban el alma—, los teléfonos inteligentes que nos absorben, esta vida sin tiempo que perder, esta aborrecible ambición de obtener una recompensa inmediata, una imagen o pequeño vídeo que nos divierta, un contenido brevísimo que estimule nuestras neuronas y se agregue en nuestro cerebro las hormonas del placer como lo hace un terrón de azúcar, una frase que apostille nuestra forma preconcebida de pensar, nuestro dogma resuelto en un meme, la pretensión inmediata de que unos segundos en la pantalla nos proporcione el orgasmo del día, todo esto que no se puede caricaturizar con solvencia dado el grado de gravedad en el que nos hemos visto envueltos, obliga a quien quiere dar un mensaje a hacerlo de la forma más primaria posible; de tal modo que los publicistas de la Agenda 2030 se han inventado 17 dibujos de colores (símbolo básico pero atractivo como un señuelo) con el epígrafe escrito a modo de epítome de sus 17 objetivos (símbolo complejo, el de la escritura, reducido al mínimo aceptable por un receptor medio de ínfima capacidad —primero el símbolo básico como señuelo y después la reducción al mínimo del símbolo complejo son un binomio efectivo), diseñados en su opúsculo de propuestas para el futuro de la humanidad. 

Así que sus detractores han hecho otro tanto, produciendo entre unos y otros la siguiente antinomia de 17 signos para una utopía y su reverso malintencionado que se oculta detrás, 17 signos para una distopía. Han hecho el siguiente paralelismo simbólico utilizando los 17 objetivos dispuestos en la dichosa Agenda:



¿Resulta entrañable el presunto desvelamiento mediante la hermenéutica siempre carente de ironía del peor conservadurismo? Frente al sano y elegante conservadurismo, este otro, el cavernario. ¿Entrañable? No en absoluto. Lo peor no es el enanismo intelectual para generar una antinomia simbólica tan elemental, sino el observar cómo aquellos que se embargan en revisar una a una las comparaciones iconográficas van dibujando en el rostro una sonrisa de satisfacción creciente que culmina casi en un orgasmo intelectual con ese majestuoso final de dialécticas pueriles: «DESARROLLO SOSTENIBLE: OBJETIVOS» versus «NUEVO ORDEN MUNDIAL: OBJETIVOS». ¡Supremo!

 

Quien compara cada uno de los cuadraditos celebra la verdad proclamada. Los creadores de este espejo deformado en blanco y negro probablemente —y sólo probablemente— habrán leído el texto matriz del que emana todo esto, pero nos jugamos lo que sea a que un porcentaje mayoritario de receptores aquiescentes no lo han hecho, no se han leído la Agenda 2030 en su versión más divulgativa, ¡39 páginas! Tampoco, está claro, una versión desarrollada: Aplicación y seguimiento integrados y coordinados de los resultados de las grandes conferencias y cumbres de las Naciones Unidas en las esferas económica y social y esferas conexas. Seguimiento de los resultados de la Cumbre de Milenio.

 

En nuestro caso, lo hemos hecho; he leído con cierto detenimiento este último documento y he ido anotando cada ítem que hacía saltar alguna luz de alarma, ya fuera verde, naranja o roja. Comparto esta lectura crítica con el lector de este artículo: Notas a la Agenda 2030.

 

Documentos compartidos:

1. Texto original de la Agenda 2030 con notas y comentarios.

2. Notas a la Agenda 2030

 

El interesado o interesada puede pinchar en el texto original y ver las anotaciones hechas sobre el artículo, o ver únicamente todas las anotaciones seguidas y comentarios. Quien quiera realmente obtener una opinión fundamentada creo que lo mejor sería leer el texto y formarse su propia opinión. Mis notas simplemente pueden servir como referencia de una lectura crítica, como diálogo.

 

Nota final:

 

Quizá resulte este artículo completamente obsolescente.

Así que, ¡no se preocupen sus detractores! ¡No se inquieten quienes temen un Nuevo Orden Mundial plagado de peligrosos enemigos de la libertad! Estén tranquilos: nos encontramos ya en el 2026 y el mundo se encuentra en perfecto estado de tradición, está como siempre, a la deriva, en manos (o por lo menos completamente condicionado) por unos cuantos tiranos y guerras abiertas que afectan al conjunto del planeta, como manda el Viejo Orden Mundial, la sacrosanta tradición de nuestra historia; Historia, mejor.

 

Pero también hay otra forma de verlo, y es reactualizar el interés por hacer de este mundo algo mejor, incluso encontrándonos en el contexto menos optimista. Para cualquier sugerencia o comentario, escríbanlo aquí abajo en los comentarios, que están completamente abiertos sin censura ni revisión previa.

domingo, 1 de marzo de 2026

Parecido a un asesinato (2025)

Parecido a una película

Dirección: Antonio Hernández.
Intérpretes: Blanca Suárez, Eduardo Noriega, Tamar Novas, Claudia Mora.
Género: thriller. España, 2025.
Duración: 106 minutos.

Parecido a un asesinato no es sólo una película fallida: es el síntoma de una manera de hacer cine que se ha convertido en norma dentro de la industria española. Su principal lastre está en las líneas de guion, concebido como una línea recta sin quiebres. Los diálogos son —tan demasiado— impecables en su dicción, que devienen antinaturales, artificiales en su respiración, respiración de mindfulness, sin los ahogos propios con los que las personas de verdad sobrellevan la vida misma: los soplidos, las asfixias, el resuello entrecortado. Cada frase cae limpia, perfectamente modulada, sin titubeos, sin interrupciones, repeticiones, trastabilleos, sin esa superposición caótica que caracteriza la conversación real —si no siempre, menos aún nunca—. Nadie duda, nadie se contradice, nadie se atasca. Y por eso nadie parece vivo.

Incidiendo sobre lo mismo pero en lo que concierne a los grupos humanos, las coreografías que conforman una escena (fiesta en la cocina de la casa del protagonista, verbigracia) se presentan con los grupitos y parejas conversacionales, pero en realidad mudos, hasta que la cámara llega a la única conversación que interesa. Basta con ver tres películas de James Ivory, dos de Woody Allen y una de Tarantino —un tríptico ejemplar de los cientos que se podrían hacer— para aprender algo al respecto de la naturalidad de las situaciones conversacionales. Pero eso es pedir peras al olmo enfermo de grafiosis.

La rigidez textual encorseta también la interpretación. Los actores —algunos de indudable talento— quedan atrapados en un trazado que no admite desvíos ni brotes espontáneos. De vez en cuando surge un gesto, una inflexión, un momento casi orgánico que logra enganchar mínimamente al espectador; pero son chispas aisladas en un sistema que lo neutraliza todo. 

La puesta en escena reproduce la misma linealidad. Dos personajes dialogan. Fundido. Plano sugerente: una ciudad, una chimenea, una piedra iluminada con intención simbólica, lluvia, y todo se demuda en trombosis fotográfica —incluso si el productor llegara a tener la suerte de poder rodar bajo una borrasca, probablemente lograrían que pareciera lluvia artificial—. Nuevo diálogo, esta vez en grupo. Nuevo plano, acaso un fundido mínimamente ingenioso enlazando una lata de tomate que se abre con el bisturí de un forense abriendo la barriga de un cadáver (ojo, este ejemplo no es de la película, pero es que esta reseña conlleva la extrapolación a toda una saga). Y así, mosaico tras mosaico, la historia avanza de manera tan previsible que el espectador puede anticiparse al desenlace con alarmante precisión. Cuando faltan quince minutos para el «theend», ya sabemos exactamente lo que se va a revelar. Los flashbacks (mejor analepsis) perspectivales como fórmula de resolución que ya nos empieza a parecer repetitiva —esa triple mirada que pretende sofisticar la intriga (supuestamente efecto Rashomon)— no hacen sino confirmar que el supuesto embrollo era, en realidad, más simple que un jeroglífico de TBO; un juego de trileros. Convierte a Agatha Christie en Arthur Conan Doyle.

A todo ello se añade un universo social artificioso: escritor de éxito casi mítico, dos Mercedes último modelo, chalet de diseño moderno —rozando más el gusto de un nuevo rico que el de un escritor— y un glamur ibérico que resulta más impostado que aspiracional. No es una realidad española reconocible, sino una imitación cursilona del ambiente del nuevo thriller estadounidense, trasplantada a un contexto que no comparte ni su tejido social ni su verosimilitud ambiental. Se copia la envoltura sin entender la sustancia o dejándola en algo pueril sin la rotundidad de la violencia yanqui.

El problema no es únicamente formal. Es de concepción. Se confunde pulcritud con intensidad, corrección con complejidad, estructura con vida. Las historias avanzan como trenes sobre raíles de aborrecible rectitud. No hay riesgo, no hay grieta, no hay vuelo imaginativo. Sólo una hechura convencional que parece reproducirse por contagio: un molde que se repite película tras película hasta volverse indistinguible.


Y, sin embargo, sabemos que se puede hacer buen cine. Que se hace. Cuando aparece una obra todavía reciente como La estrella azul (Javier Macipe), uno recuerda que el cine español es capaz de autenticidad, vitalidad, fantasía. Hay directores que rozaron la genialidad —baste recordar lo que lograron Álex de la Iglesia con La comunidad o Fernando León de Aranoa con Los lunes al sol (¡con qué sobriedad de medios!); y algunos otros, quienes parecen hoy plegarse también a esa forma encorsetada, como si la industria hubiera interiorizado sus propias limitaciones como norma.

Luego llegan las quejas sobre la falta de público y su deslealtad. Tal vez convendría invertir la pregunta: ¿no será que el espectador detecta esa reiteración de fórmulas, esa previsibilidad estructural, esa ausencia de magia? Resulta casi sorprendente que, pese a todo, todavía haya quien hable con entusiasmo del volumen de producción anual.

Parecido a un asesinato tiene técnica competente, localizaciones sublimes y paisajes bien captados. Pero eso no basta. El cine necesita algo más que corrección formal: necesita respiración, riesgo y personalidad. Mientras no se abandone la obsesión por la imitación o, quizá huyendo de esto, la historieta de baratija carpetovetónica y el corsé estructural, seguiremos asistiendo, con una mezcla de resignación y esperanza, a películas que se parecen demasiado entre sí… y demasiado poco a la vida.