miércoles, 21 de octubre de 2020

Los signos de los tiempos y la «Visita a Freud» de Gog

A propósito de «Visita a Freud», en Gog, de Giovanni Papini 


Nos guste o no, estamos sujetos, hasta el encorsetamiento más absoluto, a lo que algún iluminado ha dado en llamar «el signo» o «los signos de los tiempos». Desde que la expresión apareciera en los evangelios —por eso la literalidad de «algún iluminado»—, la expresión ha terminado significando lo que significa. Me gusta su plasticidad, su elocuencia, su carácter de símbolo por excelencia, antonomasia para la jerga lingüística —¿desde Ferdinand de Saussure?—. El emperador Constantino vio en el cielo el anuncio de un dios que le ayudaría a vencer en la guerra, Dios como amuleto de batallas y matanza: «in hoc signo vinces», y en su supuesta alucinación creo que iba aparejado el Crismón, quizá una espada, una cruz. El Dios de Constantino, su Edicto de Milán, su conversión y la oficialidad del cristianismo como religión del Imperio no tenía nada que ver en absoluto con el de los desarrapados cristianos que predicaban la fraternidad y la paz. El «signo», como buen símbolo, es susceptible de tergiversación.

Si extrapolamos o simplemente ampliamos la abarcabilidad del «paradigma» de Thomas Kühn, quien, en tanto que filósofo de la ciencia, se refería en particular a los modelos científicos que dominan un determinado tiempo en los distintos confines de las ciencias (La estructura de las revoluciones científicas, 1962), el paradigma social, las corrientes dominantes del pensamiento, que ahora se anglosajonizan con el término mainstream, nos envuelven y, hasta cierto punto, nos convierten en una suerte de almacenes de paquetitos ideológicos bastante predecibles, como paquetitos de Amazon, que llegan a nuestro domicilio con la previsibilidad consabida. Lo malo es que, al contrario que el paquete material recibido en casa, el cual podemos devolver si no se ajusta a lo que queremos o sale defectuoso, los paquetitos ideológicos nos los tragamos con toda su imperfección. Son sumamente resistentes a la reparación. No se admite su devolución. Por supuesto, dentro de los signos de los tiempos que condicionan nuestro pensamiento, nuestra cosmovisión, existen los matices de las capillas ideológicas. Hay quienes se piensan más listos que el resto y, coadyuvados por ideologías particularmente alienantes —extremismos hemipléjicos, podría haber afirmado Ortega—, sufren la paradoja de negar los signos de los tiempos y al mismo tiempo estar sujetos a ellos quieran o no. Alguien definió con buena intuición lo que significaba ser «un clásico» como aquel de quien se conoce parte de lo dicho sin saber la procedencia. Aquel cuyas frases o conceptos están en boca del pueblo como mascotas dialécticas sin dueño. Hay tres figuras del siglo xx sobre las que existe consenso en lo que se refiere a su carácter de clásicos, pensamientos influyentes, estigmatizadores sociales que delimitan su buena parcela en los signos de los tiempos. Marx, Nietzsche y Freud. Hay muchos más, antes y después, pero centrémonos en el último de esta manida e insoslayable terna; probablemente el mayor prescriptor de todos ellos —¿el mayor influencer de toda la Historia?—, por seguir con los anglicismos chafarrinos, signos también inequívocos de nuestros tiempos.

Hasta la vecina del quinto que se lanza a la calle con la bata rosa y los rulos nos habla de que sale así ataviada de manera inconsciente, de que para ella no es ningún tabú porque no tiene ningún complejo. «Inconsciente», «tabú» y «complejo». Ahí queda eso. Su cerebro está lleno de engramas del clásico al que ignora.

Si Gog, el personaje que utiliza Giovanni Papini para poner en su boca opiniones propias o teorías esbozadas con el hábil recurso del «manuscrito encontrado», ardid archiutilizado en la literatura —el Cide Hamete Benengeli del Quijote—, que es un «monstruo», palabra de Papini, «parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto»,[1] si ese Gog hubiera existido en realidad y su visita a Freud hubiera destilado de éste todas las aseveraciones que vierte el psiquiatra, la revolución del pensamiento occidental debería haber sufrido un vuelco proverbial. Se habría desdeñado el grueso del acervo freudiano y mandado el psicoanálisis directamente a la basura.

Lo increíble es que he topado por ahí con alguna tesis doctoral en la que se toman las palabras de Freud dictadas a Gog tras su visita como si hubieran sido reales; como si su confesión secreta a Gog fuera cierta y no un juego apócrifo de la ficción literaria. ¿Es que no se ve que tal cosa habría sido como encontrar un vídeo grabado por Jesucristo en el que dijera que Dios no existe?

Pero claro, el autor italiano es tan sobradamente fino e inteligente que, antes de que su personaje le dejara en sus manos el paquete con el manuscrito escrito en tinta verde, se encarga de desacreditarlo como algo muchísimo menos fidedigno que si se tratara simplemente de un loco. ¿Lo desacredita? Al presuntamente enajenado Gog, explica Papini en su pequeña introducción, lo conoce tras un encuentro fortuito, en el jardín de un psiquiátrico, bajo la sombra de cedros y castaños de Indias, cuando se encontraba visitando a un amigo y poeta dálmata ingresado en el mismo frenopático; y a Gog lo infama, para curarse en salud, diciendo de él:

Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo moderno.

[…]

Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización.

Introducción, «Cómo conocí a Gog»

Excelso marmolillo de Narciso

Giovanni Papini, hay que recordar para poder enmarcar su obra literaria en el contexto biográfico-espiritual del autor, educado en un ambiente paterno francamente ateo, es de aquellos autores saulianos caídos del caballo y transformados en fervientes católicos; y creo, si no me equivoco, que cuando escribe este libro en 1931, el autor florentino ya había sufrido esa transformación espiritual que lo ponía contra un mundo en decadencia —criterio, por otro lado, completamente excusable cuando estamos hablando del periodo de la primera y la segunda guerra mundiales, probablemente la época más paradójicamente atroz de la humanidad—. Tras la égida del enajenado Gog, esboza su propia tesis sobre la génesis del genio del doctor vienés, genera una hipérbole —o no, por qué, ¿eh?— que confiere a la Literatura un poder superior al de la Ciencia misma. Desde nuestro punto de vista, éste es el quid de la cuestión, o al menos uno de los puntos más relevantes. 

El mito de Narciso por William Waterhouse; me gustan los prerrafaelitas alitas
El mito de Narciso por William Waterhouse; me gustan los prerrafaelitas 

Gog explica el afortunado lance de haberse podido reunir con el ínclito doctor gracias a que compró en Londres una estatuilla en mármol de Narciso, perteneciente, según los expertos, a la época helenística —Gog-Papini escribe «helénica», inexacto, a mi parecer—, después se la envía de regalo «al descubridor del Narcisismo» y éste, congratulado, lo invita para agradecérselo personalmente. Veamos en esta «Visita a Freud» algunas de las delicias y magníficas barbaridades puestas en boca de Sigmund sexagenario. Antes, Gog lo define en dos rasgos de estricta contextualidad biográfica:

Me ha parecido un poco melancólico y abatido.

Y:


—Las fiestas de los aniversarios —me ha dicho— se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte.

Me ha impresionado el corte de su boca: una boca carnosa y sensual, un poco de sátiro, que explica visiblemente la teoría de la libido.

[…]

¡Ja!

¡Oh, las imágenes de creadores en los jardines!

Y ahora, pasemos y veamos, en unos centones que recolecto, esta maravilla de un subgénero que podríamos denominar como ucronía del pensamiento, fragmento de lo supuestamente desvelado por Sigmund Freud:

Todos creen —añadió— que yo me atengo al carácter científico de mi obra y que mi objetivo principal es la curación de las enfermedades mentales. Es una enorme equivocación que dura desde hace demasiados años y que no he conseguido disipar. Yo soy un hombre de ciencia por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es de artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la niñez Goethe. Hubiera querido entonces llegar a ser un poeta y durante toda la vida he deseado escribir novelas.

[…]

Literato por instinto y médico a la fuerza, concebí la idea de transformar una rama de la medicina —la psiquiatría— en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El Psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología.

[…]

La confesión es liberación, esto es, curación. Lo sabían desde hace siglos los católicos, pero Víctor Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote, y así sustituí osadamente al confesor. El primer paso estaba dado.

[…]

La poesía decadente llamó entonces mi atención sobre la semejanza entre el sueño y la obra de arte y sobre la importancia del lenguaje simbólico. El Psicoanálisis había nacido, no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los atisbos de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica de las Escuelas literarias amadas por mí.

[…]

Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que, recogiendo las tradiciones de la poesía medieval, había proclamado la primacía de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto del sensualismo como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, yo di del amor una interpretación menos sentimental y mística, pero el principio era aquél.

[…]

El Naturalismo, y sobre todo Zola, me acostumbró a ver los lados más repugnantes, pero más comunes y generales, de la vida humana; la sensualidad y la avidez bajo la hipocresía de las bellas maneras: en suma, la bestia en el hombre. Y mis descubrimientos de los vergonzosos secretos que oculta el subconsciente no son más que una nueva prueba del despreocupado acto de acusación de Zola.

[…]

El Simbolismo, finalmente, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños, asimilados a la obra poética, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en el arte, esto es, en el sueño manifestado. Entonces fue cuando emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños como reveladores del subconsciente, de ese mismo subconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas, que todo poeta debe crear su lenguaje, y yo he creado, de hecho, el vocabulario de los sueños, el idioma onírico.

[…]

Para completar el cuadro de mis fuentes literarias, añadiré que los estudios clásicos —realizados por mí como el primero de la clase— me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron, con Platón, que el estro, es decir, el surgir del inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y finalmente, con Artemidoro, que toda fantasía nocturna tiene su recóndito significado.

[…]

…en Totem y Tabú me he ejercitado incluso en la novela histórica.

Esta aseveración es insuperable, de un humor simple y a un tiempo cósmico.

[…]

[Soy] un literato aun haciendo, en apariencia, de médico. En todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero ninguno se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna.

 

Y ahora, cerremos los ojos, pensemos atrás e imaginemos que todo esto, esta hipótesis preterible de esquematización tan sinóptica como elemental sobre lo que constituyó la obra de Freud fuera verdad. Los dichosos «signos de los tiempos» habrían sido otros y todo lo habrían transmutado. Ahora habitaríamos otro mundo. No lo duden. O sí.







Bibliografía. 
Fue harto prolijo. 
Aquí una muy mínima muestra de algunos títulos de Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956):

·         El espejo que huye (1906)

·         El piloto ciego (1907)

·         Un hombre acabado (1913)

·         Historia de Cristo (1921)

·         Gog (1931)

·         El libro negro (prolongación de Gog, de lectura insoslayable) (1951)

·         El Diablo (de lectura soslayable, prescindible) (1953)




[1] Todo esto en la introducción «Como conocí a Gog» al principio del libro.

9 comentarios:

  1. Manífico Hernán, menudo manejo tienes del caudal de disciplinas de las que haces uso y lo mejor es la forma de hacer una reflexión, que es lo que imagino que fundamenltamente haces, amena en su lectura y no exenta de un fino humor. De Papini lo único que conozco es precisamente lo presindible según tu juicio, así como el mío pues hizo que no volviera sobre este autor, desde aproximadamente mis 20 años. También me gustan especialmente los prerrafaelitas y con Freud tengo un conflicto interno entre odio y admiración que en este momento no quiero desarrollar, entre otras cosas porque me veo abrumado por tu manejo del lenguaje y la vastedad de tu cultura. Si en un tiempo pude ser un ejemplo para ti ahora se han invertido los papeles.
    Un afectuoso abrazo de tu amigo que lo es: Josemanuel.

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    1. Mi querido José Manuel, viejo amigo. No es que se haga con demasiada frecuencia, pero alguna vez sí que surge, en ocasiones suscitada por la conversación con alguien, la pregunta sobre el origen de nuestras inclinaciones, en este caso nuestra querencia por la literatura y, en sentido más amplio, por el conocimiento. Todo eso que después se convierte en una necesidad, el bastón sobre el que apoyamos nuestra andadura. Sería difícil decantarse por una sola causa, porque confluyen muchas y en diferentes momentos vitales que van forjando la cadena eslabón a eslabón. Pero ya lo he hablado contigo y no me cansaré de alabarlo. Nuestra amistad, tu acicate para acercarme a ciertos libros tan iniciáticos cuando yo todavía rozaba la adolescencia, con esos cuatro o cinco años que me llevas, y que tanta distancia o superioridad marcan a esas edades, fue determinante en mi inmersión, mi admiración por la literatura, la comprensión de su profundidad, su ayuda para entender el mundo y a uno mismo.
      Gracias por tu comentario. Nada de abrumado por nada, no hay razón. Nada de inversión de papeles. Lo que tenemos es que seguir compartiendo y retroalimentándonos como en aquellos viejos tiempos. ¡Hay tanto que contar, compañero! Cierta debilidad anímica, o simplemente sensibilidad, desde que sufrí lesión medular me obliga a la cautela para destapar la caja de las emociones; el pecho se encoge y amenazan las lágrimas.
      No soy ningún experto en Papini. Se da una paradoja, y es que los grandes autores suelen estar poseídos por ciertos hondones metafísicos y sus obsesiones afloran en cada libro, de tal suerte que después de haber leído dos, tres o cuatro libros suyos uno parece haber libado suficientemente su néctar. Y sin embargo, son los escritores más superfluos quienes escriben libros más variopintos, porque son superficiales, cuentan historias y poco más. Pero claro, no apetece hacerse un experto en la obra de María Dueñas o Ken Follett (por no dar más ejemplos nacionales que puedan granjearnos ninguna enemistad, pero pensamos seguramente en los mismos); no es que no apetezca, es que sería una estupidez, una pérdida de tiempo. Para ese tipo de entretenimiento están las series cinematográficas. Sin embargo, cuando éramos muy jóvenes, sí que nos empapamos hasta los tuétanos y leímos prácticamente todo de ciertos grandes mentores, como uno de esos que pusiste frente a mí justo en el momento biográfico más propicio, en torno a los 16 años. Herman Hesse. Luego se ha profundizado con algunos otros, como con Graham Greene; pero como te digo, a partir de cierto momento de la vida, hay tanto que leer y tantos autores grandes a los que prestar atención que uno no puede dedicarse a hacerse experto en nadie. Del autor florentino en cuestión, Gog, El libro negro y su autobiografía Un hombre acabado son para mí los que más merecen la pena. Y los cito en orden inverso, porque paradójicamente Un hombre acabado fue escrito antes que los otros, y antes de su conversión religiosa.
      Sobre Freud, esa paradoja que apuntas entre la atracción y la repulsión es totalmente comprensible. Pero definitivamente me inclino por la atracción. No puedo más que adorarlo. Ha dado tanto. Así que hablaremos. Sus partes oscuras no pueden obviarse. Incluso sus estupideces, así, expresado con toda la osadía.
      Te mando el más formidable de los abrazos, el más amoroso, el más melancólico, aunque al fin termine por costarme la humedad de mis lagrimales.

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  2. Manífico Hernán, menudo manejo tienes del caudal de disciplinas de las que haces uso y lo mejor es la forma de hacer una reflexión, que es lo que imagino que fundamenltamente haces, amena en su lectura y no exenta de un fino humor. De Papini lo único que conozco es precisamente lo presindible según tu juicio, así como el mío pues hizo que no volviera sobre este autor, desde aproximadamente mis 20 años. También me gustan especialmente los prerrafaelitas y con Freud tengo un conflicto interno entre odio y admiración que en este momento no quiero desarrollar, entre otras cosas porque me veo abrumado por tu manejo del lenguaje y la vastedad de tu cultura. Si en un tiempo pude ser un ejemplo para ti ahora se han invertido los papeles.
    Un afectuoso abrazo de tu amigo que lo es: Josemanuel.

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  3. Una cita es un pensamiento ajeno que uno se apropia respetando al autor, que suele ser persona muy respetable. Yo me apropio de esta:
    Las corriente dominantes del pensamiento nos convierten en una suerte de almacenes de paquetitos ideológicos bastante predecibles. Hernán Valladares.

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    1. Qué bueno saber de ti, querido Luis. Desde las últimas veces en Oviedo, bastante antes de mi accidente, no hemos vuelto a vernos. Ojalá pase cualquier día, y charlemos. Un abrazo fortísimo

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  5. Soy Xuan, no Marta. Una sola carne, una sola bitácora.

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  6. Charles Darwin, Karl Marx, Claude Lévi-Strauss, Sigmund Freud, Iván Pávlov, Friedrich Nietzsche... (como sus predecesores) cambiaron el rumbo del pensamiento oficial y cultural; claro está vinieron a forjar mis peores pesadillas porque de ninguna manera quería entender que ellos eran sobrehumanos. Los prejuicios y el temor, no toleran a los seres que recorren las cumbres de los enigmas sagrados o se precipitan y se sepultan en abismos innominados. ¿Qué culpa tuvieron de ser como fueron? Fue y es forzoso ser como cada cual lo es en este instante. Pensadores, escritores, artistas, científicos, aventureros, audaces misioneros de un trayecto existencial incierto, que aunque obtuvieron también en vida el reconocimiento y fama, también lo estuvo sembrado de obstáculos y penalidades, de acérrimos envidiosos y supersticiosos sin número. Incluso aun hoy se nos permite reactualizar las diatribas contra sus obras. La desazón o el recelo que albergo sobre estos autores nombrados, me obliga a leer su legado inmarcesible únicamente para luchar contra mi imaginación y el malentendido adquirido, y no miento si digo sin ambages que ''sacándome los ojos'' pude verlos como son en realidad, conocerlos, admirarlos, asombrarme, cuestionar, liberarme, acostumbrarme a la mano abierta y estar dispuesto a tomar y ensanchar la mirada a un horizonte más amplio. Cuanto menos, guardo silencio si no me convencen sus trabajos y postulados, consciente de que sus obras están fundamentadas con arduos trabajos y sacrificios que quedan muy por encima de mí restringido conocimiento y comprensión, y especialmente en el contexto histórico. ¡Cállate presuntuosa vanidad y al menos cierra la boca por un ratito!. Sigue los consejos amables de este vivificante blog y leamos esto que nos presenta en retales. Pues sí, he de leer a Giovanni Papini, como lo hago con Santa Teresa de Jesús, Lutero, Séneca o las meditaciones de Marco Aurelio. Un afectuoso abrazo Hernan***

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    1. Me respondo a mí mismo: Por supuesto, mi atracción no significa en absoluto, adhesión. Es más, muchos de esto personajes representan el academicismo, el dogmatismo y hasta la charlatanería propia de un Hegel.

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