miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sigue (corregido) CAPÍTULO V

Recuerdo que en el recuadro de arriba se puede pinchar en El hombre medular PDF y descargar todo lo escrito hasta el día de hoy en orden.


En la Grecia del siglo quinto a.n.e., Hipócrates, quien desacralizó la medicina para hacer de ésta una disciplina de rudimentos científicos, y prosiguiendo con técnicas de tracción ya utilizadas por los egipcios, desarrolló un artilugio denominado “escalera de Hipócrates”, escalera en la cual se ataba al paciente que había sufrido algún tipo de traumatismo vertebral y a través de estiramientos y sacudidas se trataba de corregir el daño, el desvío o la torsión que hubiera podido sufrir la columna. El creador del famoso código más antiguo de la deontología médica viajó por toda Grecia y por Egipto y dedicó algún epígrafe concreto a la cuestión de la lesión medular entre el conjunto de sus escritos médicos. En Anatomía de la espina describe aspectos más o menos redundantes con lo expresado por los médicos egipcios, con alguna otra descripción más compleja de los órganos internos y algunos intentos por tratar, por ejemplo, las úlceras por presión.[1]

En la antigua India también se trata del asunto. Súsruta, fundador de la denominada medicina aiurvédica, y en su texto Súsruta-samjita, fechado entre los siglos iii y iv d.n.e., explica cómo tratar dislocaciones cervicales a base de manipulaciones de los huesos, vendajes, férulas o reposo en cama. También enuncia un método de inmovilización colocando al paciente en una tabla atado a varios puntos con una cuerda.
Es interesantísimo el repaso histórico de la lesión medular y su tratamiento médico desde la Antigüedad; sin embargo, al haberme visto envuelto en su lectura para poder a su vez trasvasar al libro que el lector tiene entre sus manos un resumen lo más liviano posible, estoy siendo engullido por el remolino de la historia y de mi propia ignorancia en asuntos médicos. Me explico. Según voy avanzando, la curiosidad se ramifica y cada período histórico o cada nombre es una invitación a la lectura de textos cada vez más amplios; esto, en lo que respecta a lo estrictamente histórico, pero es que a cada paso me encuentro con cuestiones de carácter médico. Primero las tengo que traducir del inglés y luego ver qué diablos significan exactamente en castellano. A lo largo de este libro pretendo instigar con la palabra a la comunidad médico-científica para que se ponga las pilas en la investigación sobre la médula espinal. Pero me doy cuenta de que no puedo pretender mucho más de lo que ya sé sobre mi propia lesión, sobre anatomía, sobre el sistema nervioso y en general ni puedo ni quiero profundizar demasiado en un terreno que no es el mío. Por eso insisto: este libro no es ni de historia médica ni de medicina. Tras este excurso, me limito a justificar mi resumen histórico simplemente por que el lector más lego en la materia —como yo lo era felizmente— tenga presente una visión de conjunto. ¿Por qué considero importante la revisión histórica de la lesión medular? Porque es la premisa y la piedra de toque de lo que acabo de enunciar un poco más arriba: instigar, acicatear, reclamar, gritar y juntar todas las voces posibles para que la ciencia médica y sobre todo las fuentes de financiación de la misma (pues a buen seguro que si por la ciencia médica fuera se invertiría muchísimo más tiempo y energías en la investigación) se animen en el campo del progreso.
Durante la época imperial romana aparece uno de los nombres más famosos de la medicina antigua, cuyo nombre acaba convirtiéndose en epónimo o en sinónimo del término con que se designa a quien se dedica a la ciencia médica, el “médico”. Hemos oído muchas veces hablar de “un galeno”. El culpable de este sustantivo de profesión es Galeno de Pérgamo. Aparte de algún que otro error sobre el funcionamiento de la vejiga, que él pensaba se accionaba para la evacuación de la orina por presión de los músculos abdominales, equívoco que aún se difundiría durante los siglos xvi y xvii, este galeno Galeno describió las lesiones altas de C1 y C2 como letales e igualmente las de C3 y C4,[2] por impedir éstas la función respiratoria. Galeno, quien nació en la ciudad de Pérgamo, Asia Menor, (actual Bergama, Turquía), en 129 d. n. e., se formaría en Grecia y en Alejandría para terminar viviendo en Roma y ejerciendo como médico en esta ciudad desde aproximadamente los 32 años de edad hasta su muerte (200 o 216). De nuevo Egipto (Alejandría) se rastrea como fuente primigenia de la Antigüedad donde beben griegos y romanos para encontrar las primeras nociones, en particular sobre la lesión medular, y en general sobre otras muchas cuestiones médicas.
Un siglo antes, nacido prácticamente al mismo tiempo que nacía la época imperial romana, hay otro nombre importantísimo en la historia de la medicina. De Aulo Cornelio Celso (25 a.n.e. – 50 d.n.e.) ni siquiera se sabe si fue realmente médico, y resultó singularmente aplaudido entre los futuros humanistas del Renacimiento por su estilo literario a la hora de transmitir una gran cantidad de conocimientos médicos en su obra De Medicina ([Tratado] Sobre Medicina). Sobre la cuestión de la médula espinal, el resumen que se hace en el artículo de Ibrahim Eltorai me parece particularmente elocuente, y hasta gracioso: “[Celso] dedicó una breve argumentación sobre la lesión de la médula espinal, especialmente sobre fracturas de la apófisis espinosa. En el caso de la lesión incompleta de médula espinal, recomendó seguir el método de Hipócrates de tracción para corregir dislocaciones vertebrales. En el caso de lesiones completas de la médula espinal, [se limitó a decir], acaecería la muerte como norma.” Bueno, lo dijera Celso u otro especialista el que fuera de la Antigüedad, no es sino una expresión sincera y resignada que muy bien podría haberse puesto en boca de cualquiera de nuestros abuelos médicos con el mismo grado de crudeza. Siglos y siglos de ignorancia pura y dura. La cuestión es: ¿cuán lejos estamos de esa ignorancia? ¿Son esas épocas, oscuras en términos de grado de conocimiento, algo muy lejano y que sólo nos puede mover a la risa trágica por aquellos antepasados nuestros que dejaban morir a los lesionados medulares? No, no estamos tan lejos de esa ignorancia secular; son muy pocos los avances profundos en el conocimiento del sistema nervioso, incluso cuando nos referimos a una época de tecnología y ciencia presuntamente tan avanzada como la nuestra. Se ha conseguido que el lesionado medular no muera inmediatamente, e incluso que goce de una vida tan prolongada como si no hubiera sufrido su lesión. Pero todavía se está lejos de encontrar una cura, condenando de esta forma a unos cuantos millones de personas a vivir en silla de ruedas, a no volver a usar sus manos o a tener que sobrevivir conectados a un respirador artificial.[3] Como se ha ido avisando desde el prólogo, como se insistirá con alguna que otra salpicadura a lo largo de estas páginas y como finalmente se intentará remachar en el último capítulo, la intención es (y nunca mejor dicho) vertebrar este libro con una especie de leitmotive, un aliento animador que no puede ser otro que el de la reivindicación, amén de la inevitable reflexión existencial y la invitación a hacernos partícipes de un vitalismo inquebrantable. Para ser ecuánimes, no podemos perder de vista el horizonte de la gratitud con tantos profesionales dedicados al cuidado del prójimo (tal es la vocación de los profesionales de la medicina). Estamos convencidos de que una generosa comunidad de científicos y médicos luchan denodadamente por encontrar la manera de avanzar al máximo en sus investigaciones, por mejorar la vida de sus pacientes. No podemos olvidar que el altruismo humano de un buen médico tiene unas proporciones cósmicas. No es a ellos a quienes se debe instigar, sino más bien a los poderes públicos —y sobre todo a ellos—, así como a cualquier otra institución cuyos beneficios obtenidos gracias a su desenvolvimiento económico dentro de la sociedad pueda revertir en ésta algún provecho. Son muchas las causas de injusticia en el mundo donde poder contribuir con unos cuantos millones y aplicar políticas de apoyo social y económico. Con toda lógica, cualquier causa por la que luchar y con la que poder colaborar se sentiría particularmente abandonada si le preguntamos por sus necesidades. ¡No por favor, no necesitamos más ayuda, estamos muy contentos con nuestra miseria, o con nuestra enfermedad, o con nuestra dolencia, o con nuestra lucha!; ya han hecho ustedes bastante y no necesitamos ni dinero ni atención, olvídense de nosotros. ¿Podría manifestarse así alguna de las plataformas de exigencia social imaginables? Hay muchas de ellas con las que uno se siente identificado, incluso con las que ha colaborado dentro de sus limitaciones a lo largo de la vida. Dado que el azar me ha mostrado de manera tan palmaria la realidad de lo que significa una lesión medular y he podido comprobar a mi alrededor el desamparo económico y las dificultades de todo tipo con las que se encuentra la investigación en este campo, aunque parezca empresa demasiado egoísta, me toca levantar la voz para reclamar muchísimo más apoyo político, institucional y económico. Hubo algún punto en el proceso de mi dolencia en el que me hice tremendamente consciente de una característica definidora de la lesión medular: la desproporción. Trataré de explicarme. Llegaba a comprender después de sufrir el accidente que muchos de mis huesos se hubieran fracturado, que alguno de mis músculos se encontrara triturado como la carne picada, y que esos daños visiblemente catastróficos tuvieran sus consecuencias. Pero los huesos se sustituyen o se anclan con herrajes de titanio y los músculos se drenan, se desinfectan, se extraen parcialmente (para dejar sólo aquellos en estado funcional), y pasado el tiempo, tras las pertinentes intervenciones quirúrgicas y demás cuidados médicos, pasado el tiempo los huesos se han soldado, la masa muscular ha vuelto a resultar funcional y las heridas han cicatrizado. El cuerpo vuelve a ser solvente aun cuando perdure alguna secuela. ¿Dónde se encuentra la desproporción de la lesión medular? Pues ya el lector lo habrá adivinado. La etiología de una lesión medular es varia: por enfermedad (una infección bacteriana, un tumor, un infarto medular, una mielitis, etc.); por una mala intervención quirúrgica (al ir a operar una hernia discal o una fractura vertebral); o puede ser traumática, por el golpe sufrido en algún tipo de accidente suficientemente brusco como para fracturar la columna y afectar a la médula espinal (por torsión, por hematoma, incluso puede llegar a seccionarse del todo, etc.).[4] Normalmente no hay sección completa. Entonces, consideremos el supuesto de una lesión de la médula como resultado de una “herida”, por expresarnos de una forma general. En tal caso, la función de la médula se ve interrumpida en un punto u otro de su longitud.(fig.1)
Fig.1. Imagen obtenida del blog Temas de estudio para la anatomía humana general (http://anatolandia.blogspot.com.es/2013/10/columna-vertebral-articulaciones.html).
La médula tiene una función aferente cuando recibe por impulsos nerviosos la información sensible del cuerpo y sus extremidades desde el cuello hasta la punta de los pies y la hace llegar hasta el cerebro, donde tales señales son interpretadas; y una función eferente cuando desde el cerebro y a través de ella envía al resto del cuerpo la información para mover o controlar cualquier parte del cuerpo.  La especie de cordón que forman las distintas capas de la médula puede tener un grosor medio como el de un dedo anular, y por este “cordón” pasan millones de impulsos eléctricos. No vamos a meternos en mayores honduras sobre qué efectos tiene cada lesión según la altura a la que ésta se produce; pero vamos a poner como ejemplo una lesión cervical, de la que deviene una tetraplejia o cuadriplejia. La cuadriplejia no es una lesión producida por un accidente mientras ordeñábamos una vaca en una cuadra; ni la tetraplejia es un accidente de alguien que nos ha lanzado un tetrabrik al cuello. Ambos términos hacen referencia al número cuatro (ya en griego ya en latín), por los cuatro miembros, dos piernas y dos brazos, de que estamos dotados los seres humanos. La paraplejia se referiría a un par o a una mitad y supondría la parálisis motora y la pérdida de sensibilidad generalmente en los miembros inferiores, las dos piernas. Sea cual sea el grado, he aquí la desproporción: frente a los muchos huesos rotos, heridas, pérdida de sangre, pérdida de masa muscular, daño en otros órganos, etc. que nuestro accidente nos ha podido provocar, finalmente el gran desaguisado de un cuerpo inmóvil e insensible se produce por una lesión de un tamaño en apariencia muy pequeño (milímetros o algún centímetro de los restos de un hematoma, con la subsiguiente interrupción de los estímulos nerviosos) en un apéndice perteneciente al sistema nervioso central (SNC) y al que denominamos en castellano médula espinal. Esta desproporción me conduce a una intuición que sobrepasa toda lógica; más cerca de lo poético, desde luego, que de lo científico; una lógica, si se quiere, callejera, lega, prosaica (¡quitémosle incluso lo poético!): Es imposible que la ciencia no alcance algún día no muy lejano un mayor conocimiento del sistema nervioso, de las pérfidas neuronas y su funcionamiento al parecer tan alambicado, y nos regale un remedio sencillo para permitir que el piso de arriba de la médula y su fabuloso desván pueda volver a comunicarse con los pisos que han quedado por debajo del insignificante incendio. Tiene que haber un albañil capaz de arreglar los escalones rotos, el ascensor averiado, los cables de la luz cortocircuitados. Y precisamente este grado de desproporción anti poética y anti científica es lo que me hace concebir a nuestra era, al enfrentarla a un largo proceso histórico de muchos siglos, como una era todavía oscura e ignorante, aunque quede herido nuestro orgullo antropocéntrico. Casi no han existido épocas que no hayan pensado que las anteriores eran ridículamente más atrasadas. No nos libramos de esto, y para ello vamos a proseguir con esta “pincelada histórica”, a punto de convertirse en tratado chapucero de historia de la medicina. Con la condescendencia del lector, creo que todavía estaremos a tiempo de poder remediarlo.
Aunque perteneciente todavía a la cultura greco-latina del imperio bizantino, imperio residual del imperio romano después de la escisión de los imperios de Oriente y Occidente a finales del siglo cuarto d.n.e.,  aparece el nombre de Pablo de Egina (625-680), durante los tiempos en los que Europa occidental se encontraba ya en el período de la Alta Edad Media. A este médico, además de la compilación de varios libros, se le considera el iniciador de la técnica de la laminectomía y la extracción de fragmentos óseos que puedan haberse incrustado en nervios o en la propia médula espinal (¡qué estúpida ilusión la de saber que el padre de la extracción de pedacitos de espolones clavados en mi médula, practicada por José Luis Ortega, fue un tal Pablito del siglo VII y que sus habilidades provienen de mi adorada cultura grecorromana!).
En la Edad Media el panorama es bastante desilusionante en lo que a Europa respecta, con la excepción hecha de una península Ibérica en manos de los árabes, donde floreció la cultura en todas sus ramas, incluida la de la medicina. Pero desde la frontera con los reinos cristianos en la propia península hasta los confines de Europa en sus límites con Asia, el retroceso de una línea de conocimiento proveniente del Medio Oriente, particularmente intensa en la antigua Grecia y cuyo relevo tomaría de su mano la Roma imperial (sin que esa fuerza de cultura significara ausencia de guerras, matanzas y suplantación carnicera de unos imperios sobre otros), es un retroceso profundo, hondo, casi difícil de explicar. Aunque la historiografía europea y mayoritariamente cristiana, desde el Romanticismo hasta hoy, haya querido hacer una revisión histórica de la Edad Media como una época donde el estancamiento cultural no fue tan catastrófico como lo pintaban los historiadores del Renacimiento, del Siglo de las Luces y los estudiosos positivos de la Historia hasta nuestros días, a pesar de cualquier intento de revisionismo, por retorcido que éste sea, o por simplista, o por esteticista, para quien se acerque a los hechos y a la historia de cualquiera de las ramas de la cultura, la parálisis de las meninges y la dependencia mezquina de la cultura clásica por parte de la Europa medieval resulta completamente evidente.
Avicena fue un médico persa que parece haber seguido las fórmulas preestablecidas unos siglos antes por Pablo de Egina, haciendo descripciones sobre técnicas para el estiramiento del cuello y fijación del paciente mediante el uso de férulas. En al-Ándalus aparecen dos figuras donde poder rastrear referencias sobre el tratamiento de la lesión medular. El primero y menos conocido es Albucasis, del siglo X d.n.e., de cultura árabe y natural de los alrededores de Córdoba. Según parece, a este médico y científico se le puede atribuir el decanato de la cirugía moderna. Parece ser que sus técnicas quirúrgicas prevalecerían hasta la época del Renacimiento. En lo que respecta a las lesiones cervicales, es posible que fuera otro adepto a la extracción de trocitos de huesos clavados en el canal espinal. Llegamos al siglo XII, y en la misma meca del saber que fue Córdoba (sobre todo en el apogeo de la etapa califal durante los siglos diez y once), Maimónides se erige en el gran figurón de la medicina y la filosofía de aquella época. Este sabio judío se vio presionado por la intransigencia religiosa rampante en tiempos de los almohades, tuvo que simular una conversión al islamismo y finalmente terminó por exiliarse por varios lugares, hasta terminar en el Cairo. Otra vez Egipto. Para resumirlo de un plumazo, y puesto que debemos restringir las noticias sobre estos maravillosos personajes a lo estrictamente referente a la lesión medular, Maimónides parece haber recogido las enseñanzas de sus antecesores, en lo que supone una cadena con eslabones muy gruesos, fuertes y constantes a los que cada nuevo relevo añade nuevo brillo. Eltorai refiere, en el artículo citado, cómo Maimónides mencionó en uno de sus libros (1199) el tema de la paraplejia y algunos síntomas neurológicos. Una simple visita a la Wikipedia nos desvela que el libro publicado en 1199, y por tanto aquel en el que probablemente aparezca la mención antedicha, es el titulado Tratado sobre los venenos y sus antídotos.
Poco a poco Occidente va sedimentando una nueva cultura sobre sus propias cenizas. Con el nacimiento de las lenguas romances y las traducciones de los textos clásicos pergeñadas de forma artesanal en los monasterios a lo largo de los siglos, el saber antiguo va a ser digerido hasta constituirse en cimiento del Renacimiento y de la futura Europa. Salerno de Parma escribió Cirugía en 1210. Rebatió los métodos de Hipócrates y recomendó técnicas nuevas para tratar la lesión medular cervical, torácica y lumbar. Al traducir del inglés en el artículo de Eltorai dichas técnicas, me parece estar leyendo más bien el fragmento de algún manual de torturas. Cuerdas, ganchos y extensiones del cuello tirando de los cabellos…
Si en la Antigüedad, en la cultura clásica, en la árabe y judía de la Córdoba musulmana, los médicos y su ciencia estaban asociados a la filosofía, llegamos a una época donde cierto tipo de médicos, precisamente los cirujanos, se asocian, ¡ay madre!, a la barbería. Por mi particular inclinación a Cervantes, déjeseme recordar que su padre Rodrigo era precisamente un cirujano barbero (s. XVI). Ambrosio Paré […]




[1] Art. cit.
[2] Altura de la lesión: véase fig. 1 en página 38.
[3] Entre 250.000 y 500.000 lesionados medulares nuevos cada año en todo El mundo según la Organización Mundial de la Salud (http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs384/en/).

[4] La causa mayoritaria de la lesión de médula espinal es el accidente de tráfico, de un 30% a un 65%. Otros traumatismos pueden ser producidos por accidentes laborales, caídas en altura, aguas poco profundas, heridas de arma blanca y arma de fuego, etc. Cripps R. A., Fitzharris M., Lee B. B. y  Wing P. C. (2013). The global map for traumatic spinal cord injury epidemiology: update 2011, global incidence rate, Nature. Recuperado desde: http://www.nature.com/sc/journal/v52/n2/full/sc2012158a.html.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Comienzo de CAPÍTULO V

CAPÍTULO V
Pincelada histórica. La momia de Tutankamon viaja en primera: México-España.

Hace un montón de milenios que descendimos de los árboles y tal vez, durante el descenso, más de uno de aquellos primates que nos precedieron en la escala evolutiva caía de cabeza contra el suelo y se rompía la columna vertebral, quedando tendido sobre la hojarasca tan inmóvil como el fragmento de rama agarrado todavía entre sus manos. De estos antepasados, ni uno solo salía con vida de la experiencia. No sólo nuestros predecesores en la escala evolutiva perecían tras una lesión medular. Cualquier mamífero es susceptible de padecer una lesión medular del grado que sea. En la naturaleza, un animal herido de esta forma es animal muerto: si no hay depredadores próximos para comérselo, incluso en el supuesto caso de encontrarse en el seno de una tribu protectora, la muerte sería inesquivable. Pasando a considerar en exclusiva lo tocante a nuestra especie, no sólo morían los lesionados medulares en la época de las cavernas, y en el Neolítico, durante la Edad Media o la Edad Moderna, sino que todavía en tiempos históricos aún más recientes y hasta bien entrada la Edad Contemporánea, todo hombre o mujer a quien le hubiera acaecido un accidente que conllevara una lesión medular perecía de manera inapelable hasta momentos históricos sorprendentemente recientes. Se podría hablar de una mortandad del cien por cien hasta la segunda guerra mundial (1939-1945).
Como en tantos otros asuntos, las primeras anotaciones referidas con toda probabilidad a la lesión medular corresponden al antiguo Egipto. Y nuevamente nos admira lo mucho que sabían los egipcios y más adelante los griegos, al mismo tiempo que sorprende lo poco que desde entonces la ciencia médica ha sido capaz de avanzar. Hasta tal punto es así que desde el antiguo Egipto hasta hace apenas 50 años se sabía poco más o menos lo mismo. Es evidente que en lo que respecta al conocimiento de los órganos, a la capacidad de diagnóstico y en general a la descripción científica del asunto, desde el siglo XVI para acá y sobre todo a partir del siglo XX alguien podría llamarme loco por querer comparar el antiguo Egipto con lo que viene a ser nuestra propia época. Sin embargo —llámenme loco— en lo meramente descriptivo y, sobre todo, en la capacidad para curarla, desde el tercer milenio egipcio hasta la segunda Gran Guerra, la lesión medular se encontraba en el mismo punto. Los médicos egipcios describían en el papiro Edwin Smith, fechado entre el 2.500 y el 3.000 ane,[1] diferentes grados de lesión cervical. Se especificaba cómo en algunos casos había inmovilidad de brazos y piernas, pérdida de control sobre esfínteres, erecciones involuntarias y hasta eyaculaciones; en otros casos se habla de pérdida de movimiento de los miembros inferiores y pérdida del control de esfínteres. Para quienes irremediablemente hemos tenido que aprender sobre lo que significa una lesión medular resulta particularmente sorprendente el que los egipcios ya describieran efectos secundarios de la lesión como las úlceras por presión (escaras) o que escribieran en jeroglífico instrucciones como la de que es inútil una intervención quirúrgica para salvar la vida —así era hasta hace poco— o que se recomendara ¡el sondaje a través de un catéter de bronce fabricado ex professo! Ahora ya me extraña menos el haber leído hace muchos años que en el antiguo Egipto también se había desarrollado un preservativo fabricado con tripa de cordero.
Yo, aquí, no sé qué hacen estos egipcios




[1] Ibrahim M. Eltorai, M. D., “History of Spinal Cord Medicine”, en http://www.demosmedical.com/media/wysiwyg/pdf/LinChapterOne.pdf

lunes, 11 de agosto de 2014

CAPÍTULO IV
Una “suite”: El esqueleto de la señora Morales, Tristana. ¿Plena conciencia?

Una nueva frase de ayuda, una voz de socorro, comenzaba a resonar en labios de las visitas e incluso de alguna enfermera o algún médico cuando aún me encontraba en Terapia Intensiva. Decían que pronto subiría a la planta; por fin saldría de los cuidados intensivos para subir a una habitación “normal”. Todo era confuso y oscuro todavía. Algo sucede en el interior de nuestra psique que nos hace entender como aceptable una inmovilidad impropia de un animal semoviente. Es tal vez ahora, transcurrido un año y dos meses largos desde el accidente (momento en el que escribo estas líneas), cuando más pesada e incomprensible se ha hecho la percepción de una inmovilidad soberana; una inmovilidad que en la cama no me permite ningún cambio de postura (sólo puedo girar el cuello a un lado y a otro y mover los brazos precariamente) y en la silla eléctrica, colocando la mano insensible sobre el mando situado a mi derecha en la parte delantera del reposabrazos, puedo desplazarme dentro del reducido espacio del apartamento o por aquellos lugares exteriores suficientemente adaptados; además, la silla me dota de una apariencia de movilidad mucho mayor: la cabeza y los hombros se mueven más que al estar aplastados contra el colchón y la almohada, igual que los brazos, al contar con la gravedad y poder dejarlos caer en sustitución de los tríceps, músculos que ya se encuentran sin funcionalidad. Pero del presente —siempre delicuescente— hablaré en los últimos capítulos; igual que trataré de explicar y dar un sentido lógico a los mecanismos de defensa impresionantes que nacen dentro de uno. Como, en efecto, se me insistió en la idea de que subiría pronto a una habitación para mí solo,  mucho más confortable, donde estaría menos “conectado” a máquinas y sueros (aunque en verdad los sueros aún me perseguirían durante un buen número de semanas) y donde las visitas podrían estar conmigo todo el día, comencé a medir las horas y los minutos en el reloj con publicidad de algún laboratorio que se encontraba en la pared del distribuidor, y el tiempo pareció ralentizarse aún más. Pasaron al menos un par de días hasta que por fin los camilleros agarraron mi cama y la hicieron rodar hasta el elevador (ascensor) y luego hasta la habitación número 12 de la segunda planta. El habitáculo parecía realmente como una suite de hotel. Una pantalla se abría y cerraba en forma de acordeón imitando el aspecto de la madera, de forma tal que si se cerraba dejaba la habitación dividida en dos. Al traspasar la puerta de entrada, uno se encontraba con la sección que hacía las veces de sala de estar, donde los invitados contaban con un sofá y una mesa con sillas; y un poco más adelante, al traspasar el umbral de esa pantalla corrediza, se encontraba el espacio del enfermo o paciente, la cama hospitalaria y un aseo grande (yo podía ver sólo parte de él, pero Mildred me informó de sus dimensiones completas y de que disponía además de una buena ducha). A la derecha y adelante, un gran ventanal en forma de L dejaba divisar un pedacito mínimo de Querétaro, algunas azoteas de casas y algunas copas de palmeras, pirules y jacarandas; al fin, los alegres fotones y la claridad azul del cielo queretano eran percibidos por mis ojos. No sé a qué glándulas llegue esa luz solar, tal vez a la amígdala cerebral; pero fuera cual fuera la glándula, en el sótano de Terapia Intensiva estaba a punto de convertirse en un tubérculo subterráneo, en una papa arrugada, en una chufa. Con la luz de la habitación aquella glándula seguro que volvió a esponjarse, a retomar su consistencia original y a producir la serotonina o las hormonas que fueran necesarias para que mi conciencia poco a poco fuera convirtiendo a Hernán en Hernán. Técnicamente, estoy seguro de que mi condición objetivable por parámetros científicos de acuerdo con mis constantes vitales distaba mucho de lo que un médico podría dictaminar como estado de coma; sin embargo, como paciente y pseudo-lingüista, juez y parte, lo que sí me atrevo a dictaminar por mí mismo es que me encontraba en un estado de puntos suspensivos.
De nuevo elegí a Mildred, a Lalo y a mi hermano Amadeo o su esposa Rocío como acompañantes, esta vez para que me hicieran compañía durante las noches. Así que se turnaban y nunca pasé solo una noche durante las semanas que permanecería en aquella suite. Lalo me trajo de su casa una pequeña pila de estuches con películas para ver en la habitación, la cual contaba con una televisión muy nueva y dentro del armario un reproductor de DVDs. Junto a mi cama se encontraba un confortable butacón que se extendía hacia delante y se transformaba en una suerte de camastro. En él pasaban la noche mis acompañantes. El personal del hospital lo llamaba reposet. Muy de vez en cuando, por prescripción médica, los camilleros me agarraban tirando de la sábana hacia arriba y me colocaban en dicho reposet, con la intención de que poco a poco fuera acostumbrándome al cambio de posturas en diferentes lugares.
Aparte de los acompañantes nocturnos, en aquella habitación el horario de visitas quedaba abierto desde primera hora de la mañana hasta la noche, con lo cual, los demás seres queridos, conocidos, familiares, amigos y amigas, se irían alternando para acompañarme y, cada uno desde su propia cosmovisión o desde su más obvia incomprensión, en ocasiones con el silencio más que con las palabras, infundirme el mayor ánimo posible. En lo que a mi percepción respecta, recuerdo aquella corta etapa en “la suite número 12” como un tiempo con retazos de cordura y retazos de un franco atontamiento. Es durante mi estancia en aquella suite cuando comencé a aprenderme los nombres de las diferentes personas que me atendían, desde los camilleros, pasando por auxiliares, enfermeras y terapeutas (de respiratorio y fisioterapeutas), hasta, por supuesto, los médicos. Establecí relaciones especialmente cordiales con algunas personas.
No quiero dejar de mencionar a “Mago”, una veterana enfermera con quien tuve más de una conversación y confesiones mutuas. Llevaba mucho tiempo trabajando en ese hospital y viviendo en Querétaro, pero ella provenía del norte de la República, de alguno de esos lugares hoy infestados por la plaga del narco. Me habló de su relación con sus hermanos, con su padre, me habló de su hija (creo recordar que con una carrera bastante brillante) y de una sobrina que vivía con ellos y con la que no sabía ya qué hacer, pues parecía llevar una vida bastante estéril y desordenada. Mago pertenecía a algún tipo de Iglesia evangélica y desde sus creencias trataba de ayudarme e infundirme ánimos. En ningún momento flaqueó mi agnosticismo: creencia, des-creencia o idea personal no improvisada, fraguada a lo largo de muchos años, coadyuvados por lecturas, reflexiones propias, excogitaciones e incluso experiencias vitales, al igual que en general muchos de los aspectos de índole racional que constituyen juntos lo que podría dar en llamarse popularmente “mi forma de pensar”. Mi “forma de pensar” puede adaptarse mejor o peor a la realidad, entendiendo por ésta el conjunto de fenómenos extra-subjetivos a los que de manera pertinaz los hombres tratamos de considerar como entidad objetivable; mi “forma de pensar” puede ser mejor o peor, pero en ningún caso se trata de una improvisación. Yo escuchaba a Mago con la máxima atención y me mostraba en todo momento respetuoso y agradecido; sin embargo, y puesto que poco a poco recuperaba mi personalidad, aunque todavía muy lentamente, me vi obligado a exponer a Mago algunas de mis ideas y la imposibilidad de aceptar algunos de los planteamientos con los que ella trataba de consolarme. Alcanzado un cierto nivel de confianza y al saber que tanto ella como su hija eran buenas lectoras, a través de Mildred le regalé un ejemplar de mi novela El hombre diminuto. Según me informó, su hija estuvo indagando en Internet y habían leído algunas entradas en mi blog Diarius interruptus.
Rápidamente tomé un cariño sincero por algunos de los camilleros, chicos todos ellos muy jóvenes. Las fisioterapeutas subían a la habitación creo recordar que tres veces al día para hacerme movilizaciones de piernas y brazos; y recuerdo que con una de ellas también mantuve una relación más intensa y afectiva que con otras. Lo mismo sucedió con una fisioterapeuta de respiratorio que al principio sin embargo, no sólo a mí sino también a Mildred, nos parecía algo altiva y con la que al final tuvimos alguna conversación que trascendió los mínimos afectos de una pura cortesía entre paciente-familiar y personal hospitalario. Una de las auxiliares se llamaba Juanita y rondaría los cincuenta años. Poco a poco fuimos estableciendo una confianza mayor y un mayor grado de afectividad. Me contó una historia personal de lucha contra el destino y de dolor que había superado gracias a sus creencias religiosas y a la entrega de su cariño a otro de sus hijos. Se le había muerto  un niño en condiciones bastante extrañas y, a juzgar por la historia que me contó, a causa de una mala praxis médica por la que sin embargo no albergaba ningún rencor. No contaba en absoluto con la ayuda de su marido, un borracho de vida disipada a quien felizmente dejó de ver en algún momento de su existencia. Ella sola, sin ningún tipo de ayuda familiar, debió afrontar su pena y sacar adelante materialmente al resto de sus hijos. Mientras me contaba su vida, Juanita había vertido alguna lágrima sobre mi lecho de tetrapléjico y yo había intentado consolarla, creo que con cierto éxito. Una tarde se acercó a mí y puso su mano sobre mi hombro. Se me quedó mirando con los ojos vidriosos y me preguntó:
—Señor, ¿puedo hacerle una confesión?
—Claro, Juanita, dime —le dije—.
—Es usted muy hermoso.
Creo recordar que Mildred estaba con nosotros, así que aquello no podía interpretarse como una confesión amorosa ni nada parecido, claro está. Aparte, si Juanita hubiera tenido alguna intención amorosa con un tipo en mis condiciones, habría que considerar si su mala suerte en la vida habría sido sólo una cosa del destino. Bromas aparte, creo que Juanita se estaba refiriendo a algo más que un rostro cuando se refirió a mi supuesta hermosura, interpretación que infiero por alguna palabra explícita suya que hacía referencia a mi forma de ser. He de confesar, dejando atrás cualquier prurito de falsa modestia, que no es una ni dos ni tres el número de personas que a lo largo de mi vida han creído ver en mí una especie de criatura bondadosa. Ojalá todas ellas tuvieran algo de razón, aunque no deseo a nadie entonces el dudoso premio que Dios otorga a semejante atributo del alma. Lo más grave al respecto que me ha sucedido es cuando en cierta ocasión, durante el tiempo en el que el Mildred y yo vivíamos en Salamanca (España), un pseudo amigo a quien comenzaba a frecuentar, después de haberle declarado mi agnosticismo aun a sabiendas de que él era un seminarista, me dijo, clavando su mirada al profundo de mis ojos: “pues sabes, Hernán: tu mirada y tu rostro tienen algo de Jesucristo”. Tragué saliva, le di una palmadita en el hombro, me despedí de él con toda la amabilidad y emprendí escaleras arriba el camino veloz hasta nuestro apartamento, esperando escuchar algo lógico de labios mi mujer. Si conozco a alguien con los pies en la tierra es precisamente a Mildred. Más adelante volveré a incidir en esta tendencia o más bien debería decir querencia que ciertas personas tienen por mi “alma” como si se tratara de un punto en el desierto donde encuentran la resurrección de un santo, cuando menos, por no entrar en blasfemias de mayor calado. Si yo fuera supersticioso, sin duda podría llegar a  albergar algún pensamiento descalabrado en el que dotase del más mínimo sentido a mi accidente y sus consecuencias como si de una predestinación mística se hubiera tratado; cosa que no puede ser más absurda. He de recordar que no veo en la vida —reconociendo toda la hermosura, el misterio y la magia que ésta encierra— otra cosa que una concatenación improbable de pequeños, medianos y grandes azares. Lo extraño e inexplicable no autentifica el intento de explicación mágica o mítica.
En este breve repaso de las personas con quienes pude establecer una relación afectiva de interés durante mi estancia en la “suite número 12” del hospital Ángeles llego por fin a la de los médicos que me atendieron. De los cuatro que ya cité en algún momento del anterior capítulo, uno de ellos se mostró más urgente en sus visitas y menos abierto a la posibilidad de que entre él y yo se pudiera entablar algún tipo de conversación; era Julio, el internista, quien generalmente irrumpía en la habitación, saludaba con cortesía, preguntaba cómo me encontraba en general, revisaba la bolsa de orina de mi sonda permanente y que colgaba de uno de los laterales de la cama (el tono, el color e incluso la turbiedad del pis resultan testigos particularmente locuaces a la hora de determinar una posible infección de orina, afección frecuente en pacientes que requieren sondajes), se despedía con una sonrisa y no lo volvía a ver hasta un día o dos más tarde.
De José Luis Ortega, el cirujano de la columna y una de las únicas personas del mundo que ha tenido una visión de  mi médula espinal como tripa de charcutería, creo haber dicho bastante. En algunas de sus visitas pudimos conversar un rato y nunca dejé de agradecerle su diligente intervención. En realidad, he de reconocer que basta una pequeña inspección del pasado para darme cuenta del diferente grado de conciencia que fui adquiriendo en cada momento. Hasta tal extremo que, con toda probabilidad, mi actual estado de consciencia podrá someterse al juicio de mi futura memoria con un pronóstico hoy por hoy desconocido. No por mi particular lesión o mi nuevo estado físico: toda persona goza o sufre diferentes estados de conciencia en los diversos momentos existenciales por los que atraviesa; desde dentro, de manera endógena, por influjos internos, o por la intervención de factores externos, la conciencia del ser humano, que es como decir el propio ser humano, es una embarcación que a veces fija el rumbo y a veces navega a la deriva; y lo complejo es que la conciencia está constituida por una inextricable mezcolanza entre las velas, el timón y el mismo casco de la nave. Creo con determinación que la voluntad está capacitada suficientemente para evitar la interdicción de ideologías “genéticas” (que se nos han intentado inocular desde que nacemos por vía hereditaria), prejuicios o rigorismos de carácter dogmático para que nuestra conciencia tenga siempre la tendencia de hacerse más amplia, comprehensiva e incluso preclara. Influido por las consejas que alguno de los familiares que me rodeaban vertió sobre mí, recuerdo todavía de forma neblinosa haber pedido a José Luis que se acercara a mí para decirle algo que no quería que escucharan el resto de los presentes; de nuevo se trataba de una idea paranoide con la que yo pretendía dejar claro que era él el máximo responsable de mi salvación, aunque hubiera “otro” que pretendía arrogarse para sí ese triunfo médico. El familiar que me influyó en esa ocasión me insistía en que no hiciera caso a esa “otra persona” porque en realidad no sabía nada y trataba de interferir y colocarse por delante del propio José Luis Ortega. Sin duda, si esto me sucediera hoy, habría descartado rápidamente esta teoría del complot y no habría sentido la necesidad de explicar nada a José Luis, quien por cierto asintió a lo que yo le decía de manera automática y sin prestarle al asunto mayor trascendencia, como era lógico. Con esto quiero señalar que mi conciencia, un estado de vigilia normal, aún estaba en cierto modo adormecida. Al pensar en estos hechos, una especie de neblina envuelve todo y sé fehacientemente que me encontraba en general poco lúcido y entregado a una maraña de molestias y pensamientos difusos. Espero que se comprenda por qué no doy nombres a la hora de narrar las ideas paranoides inducidas que transmití al doctor Ortega.
Los otros dos médicos especialistas cuya actitud hacia mí propició un cierto grado de confianza y complicidad fueron Facundo y Paquito. Se sabrá disculpar mi exceso de confianza por denominarlos a uno por su nombre propio sin apellidos y a otro por la forma coloquial con la que muchas personas lo conocían. Facundo era el cirujano que habría de solucionar el problema de la parte de abajo de mi pierna izquierda, así como de la luxación de mi codo izquierdo y de mi hombro izquierdo. Las luxaciones fueron arregladas con sendas maniobras traumatológicas. El hombro logró soldar sin mayor problema, sin embargo el codo, una vez llegué a España volvió a dar problemas y se me intervino en Toledo; pero esa es la historia y un resultado que he de contar en capítulos subsiguientes. En lo que respecta a la parte de abajo de mi pierna izquierda, Facundo debía extraer el músculo sóleo, ya que éste se encontraba machacado por completo como consecuencia directa del golpe. Antes de hacerlo, en sucesivas visitas en compañía de alguna enfermera que le servía de apoyo, debía extraer una buena cantidad de sangre a través de un drenaje y limpiar la zona. Como en esa parte del cuerpo mi sensibilidad ya era nula entonces, recuerdo observar cómo las manos con guantes de látex del doctor Facundo removían el interior de mis pantorrillas descarnadas, como el chacinero que limpia unas tripas rojas, introduciendo sus dedos entre los músculos y ordenando a la enfermera que vertiera al mismo tiempo desde un gran garrafón algún tipo de agua desinfectante. Un buen chorro iba regando el amasijo muscular de gemelos y sóleo mientras Facundo removía, removía, amasaba y limpiaba. Yo contemplaba el espectáculo sin ningún reparo. Realmente no sentía nada, y así como soy fóbico a las agujas, sin embargo pude contemplar aquel espectáculo visceral sin mayores remilgos. Facundo era singularmente simpático y campechano. Siempre intercambiábamos alguna frase jocosa, alguna chanza. Le regalé, de nuevo a través de Mildred, un ejemplar de mi novela El hombre diminuto, y antes de irme del hospital —y por supuesto días después de que por fin me metieran en el quirófano para extraerme el músculo sóleo— se vino a despedir de mí de la forma más amable.
Paquito era el especialista del aparato respiratorio. Su aspecto físico y su cara me resultaban tremendamente familiares, y no tuve que escarbar demasiado en mi memoria para atribuirle un sosias milimétrico en un viejo amigo de Asturias. En algún momento de mi estancia en la suite número 12 le hablé de lo familiar que me resultaba su aspecto físico y cómo se parecía a varias personas conocidas en Asturias. Al parecer sus orígenes eran precisamente asturianos y me habló de algún viaje que había hecho con su mujer a las tierras de sus ancestros. Ya me era familiar desde el tiempo en que, aún en Terapia Intensiva, Paquito me introducía por la tráquea no sé qué instrumentos de visualización para inspeccionarme por dentro. Etapa nebulosa, etapa onírica. Este libro, en cierto modo de memorias, propias y ajenas, en cierto modo de psicología vivencial, en cierto modo un pretexto para, al mismo tiempo que hablo del hombre, tratar de liberar un lastre y dar explicación a lo ininteligible, se comprenderá que no es sin embargo, como por otro lado resulta patente, un libro de Medicina, disciplina en la que trataré de no inmiscuirme ni tan siquiera mínimamente, siempre y cuando pueda evitarlo. Paquito me visitaba frecuentemente con el fin de ir comprobando el estado de mi salud respiratoria. Me detectó una atelectasia cuando ya teníamos fecha en el boleto del avión para viajar a España e ingresarme en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Paquito dio órdenes a los terapeutas para tratar la atelectasia con ciertos instrumentos y ejercicios respiratorios. Pero no solamente se me sanó rápidamente esta afección respiratoria sino que además el especialista comenzó a considerar la posibilidad de retirarme el respirador artificial y cerrar la traqueotomía que aún tenía abierta antes de mi viaje a España. Y en efecto así lo hizo. No recuerdo con exactitud si fueron dos días antes o tres cuando Paquito mandó meterme en el quirófano y me cerró la traqueotomía. Me puso unos puntos para ayudar a cerrar la herida y me advirtió de que me aplicaría una pequeña cantidad de Kola Loka esterilizada para ayudar a la cicatrización. Esta Kola Loka es el mismo pegamento que en España recibe el nombre comercial de Super Glue-3. A cuenta de la Kola Loca se terció algún que otro chiste. Una pequeñísima infección apareció en la herida. Pero la misma enfermera Mago la trató con algún antiséptico con el que varias veces al día me pasaba una gasa. Al final lograrían subirme al avión con la traqueotomía ya cerrada y el problema de la atelectasia solucionado. A la hora de ir rumbo a Toledo y dejar atrás Querétaro no se podía afirmar que mi estado fuera el de un paciente completamente agudo; pero realmente mi estado era todavía semi-agudo.
En el tiempo que estuve en “la suite número 12” del Hospital Ángeles, en compañía de Mildred intentamos ver alguna de las películas que Lalo nos había prestado. No me sentía con demasiadas ganas. Tanto Mildred como Lalo como mi hermano Amadeo intentaban buscar fórmulas para mi entretenimiento y distracción. Recuerdo que la primera película que accedí a ver fue El discreto encanto de la burguesía de Buñuel. Se trataba pues de un intento de reincidir, pues hacía años que esa película ya había pasado por mis ojos. Pero apenas llegamos a ver un pequeño fragmento de la misma cuando algo se interpuso. Quizá fuera incluso el estado de mis molestias o que alguna enfermera tuviera que aspirarme por la traqueotomía. No he hablado de estas aspiraciones, pero resultaba terriblemente incómodo cuando el nivel de mucosidad se acumulaba en la tráquea y uno sentía que se ahogaba. Para solucionar este problema, lo que la Medicina prescribe es que te introduzcan una pequeña sonda de plástico conectada a una máquina aspiradora, artefacto con el cual succionan toda esa mucosidad. El propio proceso de la aspiración resulta horriblemente incómodo y molesto. Se siente un cuerpo extraño atravesar nuestra garganta y traspasar por algún tramo de nuestra tráquea. La enfermera va hurgando con la sonda en busca de alguna secreción suelta que todavía pueda quedar por la zona. Sin embargo, es uno mismo el que solicita la atención de la enfermera cuando la mucosidad comienza a invadir nuestra garganta y su mal es peor que el que hay que soportar después con la aspiración. Lo único que hace el paciente es solicitar la tortura menor.
Como la memoria es selectiva y el estado general de mi espíritu se encontraba en marejada, no puedo afirmar que la siguiente película que por fin logramos ver completa en “nuestra suite” se tratara de una experiencia lúdica llena de placer; pero al menos pudimos ver “la cinta” de principio a fin. Cuando pienso en esta película y en algunas otras que iba viendo, me inquieta hasta cierto punto la coincidencia de algunos de los elementos que aparecían en las historias y que al cabo ponía yo en relación con mi propio estado. Incluso en las imágenes de mis sueños y, como narraré más adelante, en las imágenes mentales que yo generaba en una especie de ejercicios de meditación trascendental, los elementos que aparecían en las películas muchas veces coincidían o tenían claras concomitancias con ellas. En el caso de esta primera película que pude ver completa con una conciencia medianamente clara, sin duda debo agradecerle también a mi amigo Lalo la coincidencia algo macabra al haber elegido entre las películas para dejarme una auténtica obra maestra de la comedia negra mexicana: El esqueleto de la señora Morales. Ya el título es suficientemente expresivo. La película, en blanco y negro, es del año 1959 y su director es Rogelio A. González, quien, por cierto, había estudiado la carrera de Medicina y que no se si llegó a terminar precisamente por acabar dedicándose al cine. Los protagonistas principales son Arturo de Córdova y Amparo Rivelles en los papeles respectivos de Pablo y Gloria. Pablo es un tipo de personalidad atractiva, alto, bien parecido, con ese bigote a lo Clark Gable tan utilizado por el caballero mexicano (mi tío Ismael lo llevaba y en alguna ocasión yo mismo me lo he llegado a recortar de esa forma), inteligente, con sentido del humor y una clara tendencia a vivir de manera deportiva y gozosa. Frente a él, el personaje de Gloria, su esposa, se nos muestra como una mujer huraña, enemiga de cualquier epicureísmo, y todo por culpa de dos factores extrañamente entrelazados: en primer lugar, una deformación en una de sus rodillas, que le resulta acomplejante y un auténtico lastre para su general hermosura, y en segundo lugar una mojigatería beata y meapilas bajo el aliento de un cura a cuya parroquia asiste cada domingo y con el que mantiene reuniones asiduas a solas y en un grupo reducido de acólitos igual de mojigatos. Esa vida paralela que lleva su mujer va amargando paulatinamente la vida de Pablo, al mismo tiempo que Gloria repudia la profesión de su marido: la taxidermia. A Pablo le sigue gustando su mujer, pero cualquier arrimo erótico hacia ella es inmediatamente repelido. Escrupulosa, Gloria le pide en una ocasión que se limpie las manos y se las rocíe de alcohol antes de tocarla. Pablo encuentra refugio, amén de en su propio talante, en sus amigos, en los médicos que le piden trabajos como taxidermista, y en un bar donde mantiene charlas intrascendentes y donde esboza su teoría epicúrea de la existencia. En una ocasión argumenta su tesis sobre el crimen perfecto, en el que alguien con auténtica necesidad de acabar con otra persona podría librarse fácilmente consiguiendo ser exculpado en un juicio, puesto que éste no podría volver a repetirse por el mismo delito. Los feligreses del bar escuchan perplejos las teorizaciones de un tipo alegre que esconde en su profesión y bajo una sonrisa sardónica un cierto carácter tenebrista. Su vida conyugal es cada vez más angustiante. En una ocasión tiene el capricho de comprarse una cámara fotográfica, pero cuando va al lugar donde esconde sus ahorros, su mujer, Gloria, ha tomado el dinero para regalárselo al párroco, llamado Padre Familiar, quien destinaría los pesos a presuntas labores de misericordia. El enfado de Pablo llega al paroxismo y se enfrenta con crudeza al cura, a quien reclama le devuelva su dinero. La situación se torna insostenible. Pablo prepara con meticulosidad de alquimista un veneno que guarda en la nevera, en una botella con cuyo ingrediente se prepara cada día un jarabe nutritivo su mojigata esposa. Narrado de manera bastante elíptica, uno descubre que con toda probabilidad y haciendo uso de su maña profesional, Pablo ha convertido a su mujer en un límpido esqueleto que expone en el escaparate de su tienda de taxidermista. Las amigas y amigos de feligresía parroquial de Gloria advierten al cura de la extraña rodilla de aquel esqueleto expuesto en el escaparate. A ninguno le cabe la menor duda de que aquel conjunto de huesos es el esqueleto de Gloria. Denuncian a Pablo, y tal y como éste había pergeñado en un plano teórico, el juicio lo exculpa, premisa a partir de la cual su inocencia es ya irrevocable y su arrepentimiento del todo inexistente; sin embargo, una celebración en su casa provoca el fatídico error en el que él mismo cae víctima de un envenenamiento generalizado donde todos los invitados fallecen. Innecesaria justicia poética.
Mildred seguía a mi lado brindándome su apoyo. Yo todavía no movía mucho más que el cuello. Me tenían que aspirar a través de la traqueotomía con bastante frecuencia. Apenas sentía apetito por nada, ni siquiera en sentido estricto por la comida. En cierta ocasión, mi prima Rocío y mi hermano Amadeo me ofrecieron traerme cualquier cosa de comer, algún capricho. A mí se me ocurrió que podía romper la desidia de mi paladar con la ingesta de una buena hamburguesa de McDonal’s y una cocacola. Tras consultar a los médicos, el deseo me fue concedido; pero no hubo una respuesta favorable por parte de mi instinto depredador en estado de decadencia. Había pensado que un poco de “comida basura” abriría mis adormiladas papilas gustativas, igual que una actividad con tintes pecaminosos acrecienta nuestros instintos carnales. Y ya que saco el tema a relucir, mi sexualidad se encontraba completamente cercenada. Yo le hacía algunos comentarios a Mildred, y ella trataba de despejar por completo cualquier preocupación que yo pudiera tener al respecto. Me decía que no me preocupara por eso, que era lo último en lo que ella podía estar pensando y que yo sólo debía concentrarme en salir adelante. En capítulos posteriores trataré de indagar en el aspecto de la sexualidad y su significado en el contexto de un lesionado medular, tratando de basar mis especulaciones no solamente en mi sentir particular sino en la extrapolación de los futuros compañeros y los comentarios que surgirían al respecto. Pero esto es cosa de un futuro próximo, cuando me trasladaran al hospital de Toledo en España.
Lo mismo que Lalo y que mi hermano Amadeo, Mildred me ofrecía la posibilidad de ver otra película con la finalidad de entretenerme un rato. Sin demasiadas ganas, siempre postrado boca arriba en aquella cama, accedía a la propuesta e intentaba sacar la energía suficiente para tratar de encontrar algún goce mínimo en ver una película junto a la persona que más quería. Entonces le pedía a Mildred que volviera a abrir el armario del dvd y espulgara entre las películas que me había prestado Lalo para escoger algún otro título. Decidimos poner Tristana, de Luis Buñuel. Otra vez concomitancias. Por esos días me comenzó a llegar la noticia de que mi hermana Herminia consideraba, por su condición de médica, que la mejor posibilidad para mi futura rehabilitación era el ingreso en el hospital de parapléjicos de Toledo. Había consultado el asunto con mi primo Isidro, también médico y ejerciente en Querétaro, y con el amigo de éste José Luis Ortega, mi cirujano. Tras hacer cada uno sus pesquisas, acordaron igual que mi hermana que la mejor posibilidad, una vez transcurrido el período más agudo y para la posterior rehabilitación, era el ingreso en el HNPT (Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo) perteneciente a la Sanidad pública española. Como no se les escapará a muchos de los lectores, la película de Tristana tiene como escenario la ciudad de Toledo. No se trata de retratar el Toledo histórico, el admirado por turistas y ensalzado como “ciudad de las tres culturas”, sino más bien de utilizar parcialmente parte de las calles y de su fisonomía como telón de fondo de una ciudad decadente, grisácea transposición literaria de una época —la que representara Benito Pérez Galdós en su novela epónima— opresiva de moralina, vigilada por la censura social, pero al mismo tiempo escenario posible de brotes artistoides y bohemios. Muertos los padres de una hermosa Tristana (Catherine Deneuve), la joven, con cerca de 18 años de edad, es confiada en manos de un tutor llamado don Lope (con quien no recuerdo bien si mantiene algún vínculo familiar —sobrina— como sí sucede en Viridiana, la otra película de Buñuel inspirada en otra novela de Galdós). El caso es que, de forma más o menos elidida, sabemos que don Lope hace algo más que educar a la joven, y se convierte a un tiempo en padre represor y amante desnivelado al grado siquiera de un malhechor de abuso, cuando no directamente de estupro. Pero la hermosura encuentra siempre los resquicios de la libertad, y Tristana se enamora de Horacio, un pintor de vida errabunda con quien se escapa a otra ciudad. De nuevo las coincidencias: una afección en la rodilla enferma a Tristana y los médicos deben cortarle una pierna. Es repudiada por Horacio y de nuevo en Toledo, en brazos de don Lope, accede a casarse con él y dar así carta de naturaleza, frente a una sociedad ñoña y religiosizada, a una relación contra natura, pero, aún peor, también contra cultura (Tristana y aquel hombre son productos malogrados de dos formas culturales de entender la vida completamente opuestas). Don Lope enferma; Tristana finge telefonear al doctor cuando aquel sufre una crisis nocturna, e incluso le abre la ventana en una noche invernal para acelerar el proceso de una enfermedad que habrá finalmente de acabar con la vida de don Lope.
Las coincidencias, los hechos interpretados como concomitancias, las casualidades no son otra cosa que la lectura que hacemos de la realidad y de nuestro entorno dirigida por ciertos condicionantes puramente circunstanciales. De este modo, es verdad que en mis sueños y pesadillas había huesos y esqueletos como en la película mexicana del año 59 y que pueden ponerse en relación elementos tétricos, elementos médicos, entre las dos películas y entre ellas y mi realidad. Mucho más casual incluso resulta que en los dos meses previos a mi accidente, cómodamente repantigado en el sofá o en la alfombra del suelo de la salita que en Querétaro teníamos habilitada como nuestro “cine hippie”, en compañía de mi hijo Guzmán, primero, y después junto con mis tíos Rocío y Román, hubiera visto dos películas relacionadas de forma mucho más directa con mi estado post-traumático: Intocable (película francesa sobre un tetrapléjico y su cuidador) y Terapia sexual —según la traducción del título en México, y que en España se tradujo como Las sesiones— (película norteamericana que narra los últimos meses de un enfermo con parálisis cerebral cuya movilidad es nula del cuello para abajo, que necesita una máquina para poder respirar durante ciertas horas del día, que quiere tener una relación sexual, y lo logra con una terapeuta, y que muere finalmente por un accidente provocado por la caída de energía eléctrica en su casa cuando el protagonista se encuentra metido en su respirador artificial y el lápiz que utiliza con la boca para llamar por teléfono en caso de emergencia se le cae al suelo). Durante esos dos meses previos a mi accidente también llegaron a oídos de Mildred y míos noticias sobre dos accidentes de tráfico sufridos por gente joven del fraccionamiento (urbanización) donde vivíamos, a consecuencia de los cuales algunos de los chicos habían sufrido una lesión medular con diferentes grados de parálisis. Podría asegurar que muy pocas veces en toda mi vida había escuchado casos tan aparejables al mío después de sufrir mi caída de la moto. Sin embargo, sigo convencido de que se trata de una lectura sesgada o dirigida por las circunstancias particulares en las que uno se ve de pronto envuelto. Una vez más apelo como única explicación al azar y a nuestras propias limitaciones para comprender los fenómenos que nos rodean.
Las noticias sobre mi propio destino, sobre el que mi voluntad podía decidir muy poco en aquellos momentos, y la idea de que sería conducido a España para ingresar en el hospital de Toledo, eran cada vez más seguras. Por cuenta propia, algunas de mis hermanas se pusieron de acuerdo para hacer una colecta entre personas queridas de la familia y del entorno de amistades a fin de poder recaudar los fondos necesarios para mi traslado, el de Mildred y el de nuestros hijos hasta España. Mi traslado incluía un viaje especial. Se había pensado originalmente en un traslado en un avión medicalizado. Finalmente, se optó porque mi primo Isidro me acompañara haciendo seguimiento de mis constantes vitales y proporcionándome las medicinas necesarias en cada momento, viajando en un avión normal en primera clase para poder tumbarme completamente. En el mismo avión, pero en clase turista, viajaría mi familia.
En el hospital Ángeles de Querétaro habían hecho todo lo que estaba en sus manos y lo habían hecho, desde mi punto de vista y con los elementos de juicio con los que yo cuento ahora, con bastante competencia, diligentemente y con amabilidad. A lo largo de este capítulo se me olvidó apuntar una pequeña reseña sobre un aspecto médico que implica cierto descuido. En el protocolo más elemental para cuidados de pacientes con lesión medular y por tanto con un alto grado de inmovilidad, sobre todo a partir de los años setenta, se sentaron las bases que priman aún en la actualidad y entre las que se encuentra la necesidad de prevenir úlceras por presión mediante el continuo cambio postural del hospitalizado. La úlcera por presión recibe el nombre generalizado de escara. Suele producirse sobre todo en la parte de las nalgas, que es donde el cuerpo más presión recibe sobre todo cuando el paciente comienza a pasar más tiempo en posición sentada. Depende de su gravedad puede afectar desde la piel hasta capas más profundas, afectar al músculo e incluso, tras una infección, al hueso.

En el hospital Ángeles no ignoraban esto. Alguno de los médicos (creo que fue Julio) dio la orden de que cada tres horas se me pusiera de lado con la ayuda de almohadas o un cojín fabricado ex profeso. Sin embargo, durante el primer mes, en el período más agudo después del accidente, a pesar de estar en un colchón que se inflaba y desinflaba por secciones, un tipo de colchón que se conoce precisamente como “antiescaras”, se me produjo una pequeña escara. Ya en la “suite” me estuvieron curando la pequeña úlcera. Se puede afirmar por tanto que desde el hospital de Querétaro viajé a España lo mejor preparado posible desde el punto de vista médico: la cirugía, con la inclusión de las piezas de titanio, perfectamente practicada, las vías respiratorias y todo lo que afecta a esa función en el mejor uso posible y la traqueotomía ya cerrada, venía medicado correctamente y con la pequeña escara a pocos días de curarse. El estado de la conciencia es cuestión aparte. Quedaba fuera de mi jurisdicción por aquel entonces la decisión sobre mi destino como paciente. La empresa de la que vivíamos en Querétaro había llegado a un punto en el que mi influjo era del todo necesario. Había varias líneas abiertas sobre las que se estaba trabajando. Dejo para el próximo capítulo alguna explicación más sobre estas cuestiones prácticas que habían de tener su repercusión más adelante. Algo estaba muy claro: en aquellos momentos no cabía pararse a reflexionar en temas de índole pragmática ni estábamos en condiciones para ello, únicamente algunos asuntos de la máxima urgencia (como la suspensión del colegio de los niños, el abandono de la renta de nuestra casa, etcétera), de los que Mildred se encargó con diligencia. Se puede decir que dirigidos por las bien intencionadas decisiones de otros, nos encontrábamos a punto de ser transportados de México a España.

viernes, 27 de junio de 2014

Rouen me regala un poema

Un amigo, un amigo ya es mucho; pero un amigo como Rouen Kastell es algo más que un amigo. Quizá provenga esta extraña unión de que nos conocimos allá en las alturas, donde el aire ya no es respirable para los mortales y el mobiliario urbano lo conforman nubes con silueta de algodón. Allí se cruzaron miradas y destinos, desenvolverse entre libros fue el santo y seña para determinar entre los pasajeros con cuál de ellos deseábamos propiciar algún conato de amistad. Pero, al menos uno, evita la conversación cuando aguardan por el medio 12 horas de inevitable encierro en el huso del avión, en prevención de que nuestro interlocutor o interlocutora se conviertan en el martirio de nuestro viaje. Por eso, suele ser al final del trayecto cuando uno se atreve a intercambiar alguna palabra con alguno de los pasajeros próximos. Rouen se encontraban un par de filas por delante y en el pasillo central del enorme avión. Tal vez por eso también fue imposible establecer ningún contacto previo más allá de ese inconsútil coqueteo de miradas entre presuntos intelectuales. Después, el azar quiso propiciar el reencuentro. Un sábado por la mañana, mientras yo desayunaba en la hermosa Plaza de Armas en el centro de Querétaro, Rouen volvió a aparecer frente a mí, más allá de los setos que separan el restaurante de la plaza, y de nuevo como si flotara en el aire. Pero ahí sí, el corazón aventurero lanzó el guante contra el caballero del teatro en el pecho. Nuestra relación se iba afianzando desde aquel flirteo de miradas en las alturas. Intercambio de números de teléfono. Visita por mi parte al Distrito Federal. El escenario: Coyoacán. Almorzar juntos y el mezcal liberaron confesiones y abrieron los almarios.
Almorzar juntos y el mezcal liberaron confesiones
Prosiguió la amistad y Rouen nos acompañó a Mildred y a los niños en casa durante un familiar fin de semana; de nuevo en las alturas, pues nuestra casa se encontraba a dos mil metros sobre el nivel del mar.
Ha pasado el tiempo, la zarpa oscura del azar nos ha herido. Distan ahora doce mil kilómetros, pero la comunicación fluye y los corazones laten. De pronto Rouen me regala de factura propia esta flor que comparto:


Te pienso, imagino tu cuerpo
temporalmente adormecido;
casi todo lo que al él respecta
hoy te es ajeno, tu mente rebelde
comete osadías, levantando la saya
de púdicas estrellas, el polvo
bizantino que desprende tal irreverencia
se torna el novel grafito que en espacios 
intersticiales de tu pensamiento alfabetiza
tu condición, garabateando la vida.


Esto es todo amigos. Nada menos. De momento.
Gracias, mi rCr.

sábado, 24 de mayo de 2014

El hombre medular, CAP. III

CAPÍTULO III
Interludio: entre la vida mental y la recuperación de la conciencia

Lo primero que me planteo cuando reviso en mi memoria los recuerdos de aquella etapa que pasé en Terapia Intensiva (uci en España) es si puedo ser un narrador fiable. ¿Hasta qué punto se puede narrar lo vivido durante un espacio de tiempo en el que los sueños, un estado mental confundido por las drogas administradas a través del suero y la percepción todavía imperfecta son los filtros a través de los cuales se interpreta la realidad? Precisamente este libro nace con la conciencia por parte de su narrador de que lo subjetivo es inevitable. Por mucho que ciertas tendencias narratológicas o de la Teoría Literaria derivada de forma confusa de la obra de Jacques Derrida (padre del concepto de deconstrucción) se empeñen en querer desligar la inextricable ligazón que existe entre autor-narrador-obra, no creo que ningún autor sea capaz de producir ninguna obra sin la intervención de su propia subjetividad. Desde la propia subjetividad, por perturbada que ésta se encuentre, el autor acomete la aventura narrativa, convirtiéndose así en narrador; pero no sólo en esta obra —que no tiene, en principio, una finalidad estrictamente literaria en lo que a su condición ficcional se refiere— sino en cada uno de los libros que se puedan escribir. Es muy probable que incluso cualquier trabajo de índole científica no pueda zafarse tan fácilmente de la subjetividad de quien lo compone. A pesar de ello, mi intención es situarme en la atalaya del observador y desde ahí elaborar un fresco en el que se entremezcle lo subjetivo y lo objetivo, lo atingente al propio yo y aquello que está fuera de él; aunque pretencioso, intentaré explicar mi entorno (sobre todo lo humano, las personas y las historias que me han ido llegando a través de ellas, sus estados anímicos, etc.) con el mismo grado de frialdad que cuando se trate de ir contando mi propia historia y los procesos psicológicos implicados en ella, su evolución y su implicación bidireccional con el entorno —como digo, sobre todo en su dimensión humana—. Esa es la única vía transitable para que este libro y las posibles conjeturas derivadas de él sean extrapolables, interesantes o incluso útiles a otras personas.
Como ya escribí en el anterior capítulo, postrado en la cama del hospital Ángeles y aún en el período más agudo de mi lesión medular y el choque traumático, recuerdo haber vivido durante una etapa, que calculo en unos cuantos días, tal vez una semana, en un estado puramente mental. Soñaba con episodios de existencia completamente verosímil. Lo mismo me encontraba con mi familia en casa o yendo juntos a comprar a algún supermercado que estaba caminando con algún propósito administrativo por el centro de Querétaro. Mi amigo Lalo aparecía insistentemente en ese periodo de vida mental, y recuerdo que juntos transformábamos su actual local El Árbol en un restaurante italo-español. Un restaurante tan original y maravilloso como sólo en un sueño se podría imaginar. Se dibujaban frescos en la pared con imágenes al estilo de Caravaggio, debajo del actual suelo se encontraba una especie de alberca iluminada donde nadaban peces de colores en un escenario de rocas y plantas naturales, y las mesas de los comensales descansaban sobre un grueso piso (suelo) de vidrio que dejaba ver el espectáculo del fondo; asimismo, desde algunos espacios libres de mesas, dentro de lo que constituía el comedor principal, se elevaban en forma de escalera circular plataformas de vidrio sobre las que descansaban nuevas mesas de comensales. De esta manera, quien entraba en el local podía contemplar atónito una especie de segundo nivel en el que flotaban en el aire cierto número de mesas. En la cocina, un gran horno de leña presidía el espacio. Los meseros (camareros) iban impecablemente vestidos con una camisa blanca y pajarita. También había meseras, pero ellas iban ataviadas con blusones de estampados polacos, rusos o qué sé yo de qué país del Este europeo. Mi subconsciente tomó prestada la siguiente idea de cierto restaurante que existe en Madrid y que yo conozco, e igual que en él nuestros meseros y meseras eran al mismo tiempo intérpretes de ópera que en mitad de la cena sorprendían a los clientes del restaurante interpretando piezas sueltas, arias, dúos de alguna de las obras más populares (“Una furtiva lagrima” seguro que entraba en el repertorio). Un pianista acomodado en uno de los rincones del local acompañaba las piezas con su instrumento.
Mi mente no descansaba de elaborar ni la trama en general ni ninguno de sus detalles, me refiero a los episodios de mis ensoñaciones, no a las óperas interpretadas en nuestro restaurante. De pronto, fogonazos de uno de los enfermeros, Alfonso. Poncho (apreciativo de “Alfonso” muy extendido en México) se encontraba frente a mí golpeándome con sus dos manos en el pecho, y trataba de reanimarme. De su intervención dependía que yo volviera en sí (o ¿en mí debería decir?). Poco a poco comenzaba a mezclar recuerdos reales con vivencias imaginarias. Tal vez no fuera el enfermero, quizá fuese el médico, alguno de ellos; pero, fuera quien fuera, lo cierto es que casi con toda seguridad aquella escena tenía más de real que de imaginario. Mi operación, la segunda, que se me practicó por la espalda, duró cerca de ocho horas. Tal y como nos advirtió José Luis, el cirujano, la intervención era a vida o muerte, con un riesgo alto de parada cardiorrespiratoria (50% contra 50%). De este modo, o lo traje de alguna película o aquella secuencia de alguien vestido de verde hospitalario (Poncho o quien fuera) tratando de reanimarme era algo más que un constructo de mi imaginación. Ensoñaciones, recuerdos y realidad se entremezclaban dejando paso cada vez más las primeras a los segundos y abriéndose paso la última cada vez con más ímpetu.
Como flashes intermitentes, se iban intercalando en mis sueños fragmentos de una realidad que sin embargo percibía de manera muy precaria. Hay que pensar que siempre estuve tumbado boca arriba, en una u otra medida drogado a través del suero, con una inmovilidad prácticamente total. Mis brazos no se movían; desde el cuello para abajo no había ningún movimiento. Ni siquiera podía girar el cuello. Entonces, el techo era mi universo físico más visible y constante. En la Terapia Intensiva del Ángeles, a cada paciente le correspondía un hueco en una pequeña estancia individual, y recuerdo que desde mi cama podía divisar parte del recibidor de la planta, parte del mostrador de recepción y al fondo, en la pared colgado, un pequeño reloj con el emblema de algún laboratorio y cuyas agujas parecían moverse de manera arbitraria, lo mismo muy rápido que apenas sin dejar transcurrir el tiempo, como si se hubieran detenido. De pronto, aparecía a mi lado Mildred junto a mi cama. No puedo recordar bien en qué posición física me encontraba; sabía que estaba boca arriba y que ella estaba de pie, que a veces me tocaba la frente y me regalaba palabras de consuelo. Una de las cosas que más me repetía era que había pasado lo peor y que poco a poco mejoraría; estoy convencido de que su presencia, aunque me acelerara el corazón, era como una inmensa bombona de oxígeno. Sus palabras llenas de amor y la promesa de que sucediera lo que sucediera con mi evolución, en el futuro podría seguir teniendo “una vida familiar y de artista” (Mildred quería referirse a que yo podría seguir escribiendo, produciendo literatura), que ella sería mis pies y mis manos. Ese ofrecimiento de funcionar Mildred como mi parte física, como mis pies y mis manos, lo recuerdo casi como una salmodia, como una propuesta fija en el caso de que yo no pudiera moverme demasiado. Algún médico había informado ya a mis familiares y entre ellos lógicamente a Mildred sobre el significado de mi lesión y sobre el alcance y las consecuencias derivados de ella. Aunque más adelante, cuando me subieran a la planta, tanto en ella como en mí nacería la esperanza de que la lesión medular podría descender y darnos un respiro hasta dejarme mover las manos y, por qué no, incluso llegar a caminar algún día. A veces pienso en cuál puede exactamente ser el principio esperanzador que de pronto comenzamos a albergar.  No había ningún fundamento científico. Ningún médico, creo yo, nos dio un punto de referencia equívoco, un falso clavo ardiendo al que poder sujetarnos. Aquella ilusión, aquel espejismo que vislumbramos en el horizonte de nuestro particular desierto por donde debíamos transitar, tuvo su origen en los resortes de la supervivencia. No dejaba de tener algo hermoso, porque todavía Mildred y yo convergíamos en la línea de una evolución anímica común. Y, claro está, aquel optimismo también residía en nuestra ignorancia. En capítulos próximos trataré de explayarme sobre todo lo referente al significado del optimismo y el pesimismo, y sobre todo ese amplio elenco de definiciones que hacen referencia al campo psicológico de lo anímico (y creo que en este sintagma incluyo algún tipo de redundancia); pero en cualquier caso, parece ocasión propicia el traer a colación aquella popular frase atribuida a no sé qué filósofo inglés donde se reza que “un optimista es un pesimista mal informado”. Como digo, por el momento tampoco hagamos de este apotegma un axioma, una verdad inconcusa, un principio apodíctico. El diagnóstico escrito, que yo no había leído, puesto que desde luego me encontraba muy lejos de poder tomar un papel entre mis manos y ponerme a leer, hablaba de que no había “sección completa”; pero sí “lesión completa”. Aunque la que realmente está en pañales en todo lo que respecta a la lesión medular es la ciencia médica (sobre esta idea redundaré de forma abundante en capítulos posteriores), en principio el diagnóstico parecía indicar que el tipo de lesión o de daño producido en la médula era lo bastante grande como para interrumpir la transferencia de impulsos nerviosos en el punto concreto de manera irreversible. Cuando una lesión medular se considera “incompleta”, significa que el daño en esa prolongación del sistema nervioso que constituye la médula espinal puede permitir todavía un progreso y sobre todo un descenso, de tal manera que los impulsos nerviosos y la información de las neuronas locales poco a poco pueda seguir produciéndose y hacer avanzar tanto la sensibilidad como la capacidad motora (sensibilidad y movimiento). Regresando nuevamente al recinto de Terapia Intensiva donde yacía, al cabo de poco tiempo, Mildred desaparecía por imperativo del protocolo hospitalario, pasada la media hora prescrita para las visitas. Entonces me quedaba solo, y si intento recordar que sucedía después, sé que mi cama se movía (se trataba de un colchón antiescaras) y que de vez en cuando entraba alguna enfermera para cambiar los sueros o revisar los parámetros que indicaban las máquinas a las que estaba conectado. Había grandes espacios de tiempo en la mayor de las soledades, sin apenas voces fuera del habitáculo; pasaban las horas muy despacio y como no había ventanas que dieran a la calle no sabía cuándo era de día y cuándo de noche. Como en algún tipo de castigo mitológico, me encontraba atado en algún tipo de peñasco donde el tiempo se había detenido y la prueba impuesta por los dioses era saber esquivar la locura navegando en la barquilla de la imaginación, en mitad del lago neblinoso del aburrimiento. En medio de esta maraña de recuerdos fragmentarios y confusos, y más aún debería decir que no eran los recuerdos sino la propia realidad vivida la que era fragmentaria y confusa, sin embargo recuerdo bien que asistió a mi mente para mi socorro un viejo romance castellano. Un corto romance que desde hace mucho tiempo tenía memorizado y que si no recuerdo mal es el primer romance escrito consignado de la literatura castellana. Según creo recordar, y no me molesto ahora en contrastar la información, el poema en cuestión (“Romance del prisionero”) se encontró escrito en lo que hoy podríamos considerar como la carpeta de un estudiante  universitario de Mallorca, como el alumno que en tiempos actuales lleva en la cubierta de algún cuaderno una pegatina con la lengua de los Rolling Stones, la fotografía en pose erótica de alguna actriz famosa o, hilando más fino, la efigie de alguno de sus ídolos intelectuales (tal vez Freud, Einstein o Cervantes). Así que aquellos versos, recuerdo vívidamente, me sirvieron de pequeño islote a mi naufragio, y en más de una ocasión los profería como quien esgrime una oración:
Que por mayo era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que yazco en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero,
dele Dios mal galardón.
Yo no podía hablar debido a la traqueotomía que se me había practicado. Tenía un respirador conectado a mi tráquea y trataba de articular las palabras lo más claramente posible cuando alguna visita entraba en mi habitación, pero me costaba mucho hacerme entender y eran importantísimos los gestos, tan escasos: movimientos de ojos, sonrisas, pequeños movimientos de cabeza. La visita de mi madre solía traer consigo una larga lista de personas que a través de ella me enviaban su cariño y apoyo. Hermanos y hermanas desde España, primos y primas de México y España, amigos de todas partes, una lista larguísima de gente que me transmitía su cariño. Aparecían nombres de pronto de los que desde hacía muchísimo tiempo no sabía nada, pero que en aquel momento reaparecían para darme ánimos. Y debo reconocer que toda aquella nómina de afectos que sobre todo mi madre, mi hermano Amadeo y mi prima Rocío traían consigo como mensajeros resultó muy eficaz para que mi estado de ánimo encontrara de algún modo un sentido donde agarrarse. También ocupan mucho espacio en mis recuerdos los tiempos de soledad absoluta en aquella estancia. Todavía no sabía exactamente ni mucho menos lo que me había sucedido. No había nadie que tratara de engañarme. Simplemente yo no preguntaba y nadie tenía por qué informarme sobre cuál era mi estado con exactitud, cuál mi pronóstico y cuáles las futuras consecuencias. Sin que yo pudiera darle un orden concreto, sé que también entraban diferentes médicos para revisar diversos aspectos de mi salud. Pero no sabía quién era quién y no lo sabría hasta muy adelante.
Recuerdo que mi estado algo alucinado se obsesionó de pronto con la idea de que no me iban a atender por falta de dinero. Como una idea paranoica, escuchaba las conversaciones lejanas de enfermeros, enfermeras, médicos y personal administrativo, y deducía de sus palabras, convertidas en mensajes truncados, que estaban dilucidando si atenderme o no. Pensaba que me tenían abandonado hasta saber si yo podía pagar mi estancia hospitalaria. Sin voz, no sé de qué manera, logré transmitir, creo que nuevamente al enfermero Poncho, que por favor siguieran atendiéndome, que conseguiría el dinero de una u otra forma, que disponía de un seguro, que tenía una empresa y que en cualquier caso mi familia o quien fuera se haría cargo de los costes que pudieran suponer las atenciones médicas en aquel hospital. Todo era extraño para mí. No fue la única idea paranoica. Volviendo sobre la falsa idea de que me habían pegado un disparo que había dañado mi médula, trataba de explicar a una de las enfermeras más antipáticas que no podrían curarme si no entendían que la lesión procedía de una herida de arma; que me habían intentado matar. La enfermera trataba mis palabras con lógica displicencia. Apenas me hacía entender porque mi voz estaba ahogada por la traqueotomía, no articulaba bien las palabras y todo cuanto aquella enfermera podía interpretar era un discurso absurdo. De pronto yo sentía que despertaba de alguna pesadilla, me daba cuenta de que aquella explicación estaba siendo emitida desde mis propias alucinaciones. Y además, confiriendo todavía alguna veracidad a la historia del disparo, pensaba que si el personal sanitario se enteraba de que un crimen intermediaba en mi lesión, intervendría la policía y podrían descuidar mi tratamiento por mor del escudriñamiento legal. Así que, no es que mis conjeturas paranoicas se evaporasen completamente, sino más bien que prefería ocultarlas.
—Disculpa, disculpa: estaba soñando —intentaba explicarle a la enfermera con una voz casi extinguida—.
A duras penas lograba finalmente hacerme entender. Ella seguía observando los parámetros que indicaban las máquinas a las que estaba yo conectado y la principal preocupación de la enfermera era normalizarlos. Una compañera suya llegó y entre ambas comenzaron a manipular los tubos a los que yo estaba conectado, las bolsas de plástico que colgaban sobre mi cabeza y pulsaban los botones de las máquinas. Finalmente parecía que lograban su propósito. Algo se estabilizaba y volvían a abandonar mi sala.
Todo aquel período de terapia intensiva resultaba confuso. No puedo recordar con la mínima nitidez cómo era la habitación. Mi campo de visión estaba demasiado reducido y mi movilidad era casi nula. Recuerdo que un día llegó Mildred con una cartulina repleta de fotos familiares. Primero me la sostuvo frente a mí para que pudiera observar con detenimiento cada una de las imágenes. Había una fotografía donde aparecía toda la familia (mis padres, sus cinco hijos y cuatro hijas, los respectivos cónyuges y los por aquel entonces veinticuatro nietos y nietas), otra de mi padre, de la Tata, otra donde aparecíamos Mildred y yo en pose romántica y en blanco y negro (una foto tomada en Covadonga, Asturias, por mi hermano Ysidro hacía muchos años), incluso una foto de mi perro Cipión, y por supuesto alguna foto de Guzmán y Blanca, mis hijos. Sí, con toda seguridad, la visión de aquella cartulina aceleraba mis latidos y de algún modo animaba mi espíritu. Colgaron la cartulina frente a mi cama para que yo pudiera estar acompañado por aquellas imágenes familiares.
Me llegaban de alguna de las habitaciones contiguas los reproches de una paciente para con el personal sanitario. Se quejaba la mujer de algo. No recuerdo bien de qué. Decía que para eso pagaba el alto precio del hospital, para que la trataran bien.
Lalo y mi hermano Amadeo coincidieron en una de las visitas en Terapia Intensiva. Me hicieron ver el plasma sanguíneo que colgaba de la percha de los sueros y se me inoculaba a través de las vías clavadas en mis venas. Mi tipo sanguíneo no es el más común, así que se hizo una colecta entre familiares y amigos para que donaran su sangre aquellos que podían hacerlo. Al parecer, uno de los donantes era un alumno de mi hermano Amadeo en sus clases de artes marciales, alumno al que yo conocía y cuyo nombre era Doménico. Era un tipo muy grandote, y Lalo y mi hermano bromeaban diciendo que mi recuperación sería inequívoca y muy notable al recibir un plasma de un tipo tan tremendamente fuerte. Nuevamente el factor afectivo intermediaba en mi recuperación anímica. Las visitas que yo quería que entrasen para verme insistían en la generosidad de familiares y amigos que se ofrecían abiertamente para donar su sangre. Continuamente se apelaba a los afectos que extramuros estaban pendientes de mi evolución.

Algo que para mí supone todavía una duda sin resolver es la forma en que cada día me bañaban las enfermeras en mi cama. Más adelante, en el hospital de España, se me asearía con una esponja húmeda y se me secaría encima de la cama; pero en México, en el hospital Ángeles, vertían sobre mi cabeza y mi cuerpo un torrente de agua caliente. Me enjabonaban y volvían a aclararme con abundante agua. Todavía no me explico dónde desaguaba aquella cama. La primera parte, cuando me lavaban el pelo, lo recuerdo como un pequeño placer en medio de un sufrimiento cada vez más consciente. Sin embargo, cuando me daban la vuelta para lavarme la espalda y las piernas por detrás, zonas donde no tenía ninguna sensibilidad, sufría por los dolores de los hombros y el cuello. En una ocasión, mientras me bañaban, le pedí a una de las enfermeras si me podía poner algo de música en su teléfono móvil, pues con frecuencia algunas de ellas acudían a la habitación con la música sonando en sus celulares. Le dije que me gustaba la música clásica y logró ponerme alguna pieza para piano de Chopin. Me puse a llorar. Fueron probablemente las primeras lágrimas que vertía. Una inmensa nostalgia se apoderó de mí. Reconocer aquellas notas y descodificar un significado ininteligible por la razón, pero tan envolvente como si todo un repentino otoño plagado de recuerdos se hubiera condensado en apenas unos minutos. 

domingo, 11 de mayo de 2014

AFINIDAD ANÍMICA HACIA ESTADOS UNIDOS

De todas las mitologías existentes, tal vez sea la griega la más atractiva; no por la enunciación de decálogos morales más o menos indigestos, sino precisamente por todo lo contrario, léase: la imparable concatenación de acciones parangonables a las humanas, concatenación de hechos humanos despojados de ningún otro sentido que el de la multiplicación y la puesta en práctica de los placeres —por otro lado muy terrenales, como no podía ser menos—.
 Por encima, por debajo o desde el mismo corazón y entre medias del devenir de la sociedad norteamericana y su barniz —con vocación de materialidad— de moral protestante, como la herrumbre en los rectos raíles de un ferrocarril, transitan las vidas cargadas de realidad, la intrahistoria de una multiplicidad de razas y culturas que trufan su existencia con todo el despliegue posible de “pecados” imaginables (violencia, adulterio, transgresión de "la ley", incesto, pederastia, hurto, ambición, desmesura cirenaica…) en fin, toda esa panoplia que conforman las armas de la supervivencia y el afán por sobrevivir y multiplicarse. No es sólo en el desfile de seres que habitan en la ficción (en el caso griego, su mitología y su literatura; en el norteamericano, el de su literatura y su cine) sino también en el de los habitantes más pedestres de su sociedad. Tal vez esa lejana concomitancia (lejana en tiempo, aditamentos y actitud) es lo que, de manera poética, me ha servido para explicar mi atracción irrefrenable por la cultura del Imperio y la Historia de sus intrahistorias. Metonimia que me asalta a partir del siguiente fragmento leído en un resumen wikipédico sobre la biografía del músico Chuck Berry:
Durante estos años, Berry era un músico consolidado, realizando varias giras alrededor de Estados Unidos y apareciendo en programas de televisión. Aprovechando su éxito económico, el guitarrista invirtió parte del dinero en bienes raíces cerca de Saint Louis, así como en clubes nocturnos. En 1958 fundó un club llamado Club Bandstand, que admitía la entrada sin segregar a los clientes por su raza.

Sin embargo, en diciembre de 1959 enfrentó una de las acusaciones más graves de su carrera. Chuck Berry conoció a una joven apache llamada Janice Norine Escalanti en Juárez (Texas). La muchacha, que provenía de Yuma (Arizona), le dijo al músico que tenía 21 años de edad, pero en realidad tenía 14. Berry le ofreció un trabajo de camarera en su club Bandstand, así que la llevó a Saint Louis con él. Algunas semanas después, la joven fue arrestada por ejercer la prostitución en un hotel de la ciudad. Este hecho llevó a que Berry fuese arrestado por infringir la ley Mann, por "transportar a una menor de edad a través de la frontera del estado para fines inmorales". El guitarrista fue condenado a cinco años de prisión y al pago de una multa de 5.000 dólares. La sentencia fue apelada, debido a los comentarios racistas que había hecho el juez durante el juicio, y la condena fue finalmente rebajada a tres años.