miércoles, 21 de octubre de 2020

Los signos de los tiempos y la «Visita a Freud» de Gog

A propósito de «Visita a Freud», en Gog, de Giovanni Papini 


Nos guste o no, estamos sujetos, hasta el encorsetamiento más absoluto, a lo que algún iluminado ha dado en llamar «el signo» o «los signos de los tiempos». Desde que la expresión apareciera en los evangelios —por eso la literalidad de «algún iluminado»—, la expresión ha terminado significando lo que significa. Me gusta su plasticidad, su elocuencia, su carácter de símbolo por excelencia, antonomasia para la jerga lingüística —¿desde Ferdinand de Saussure?—. El emperador Constantino vio en el cielo el anuncio de un dios que le ayudaría a vencer en la guerra, Dios como amuleto de batallas y matanza: «in hoc signo vinces», y en su supuesta alucinación creo que iba aparejado el Crismón, quizá una espada, una cruz. El Dios de Constantino, su Edicto de Milán, su conversión y la oficialidad del cristianismo como religión del Imperio no tenía nada que ver en absoluto con el de los desarrapados cristianos que predicaban la fraternidad y la paz. El «signo», como buen símbolo, es susceptible de tergiversación.

Si extrapolamos o simplemente ampliamos la abarcabilidad del «paradigma» de Thomas Kühn, quien, en tanto que filósofo de la ciencia, se refería en particular a los modelos científicos que dominan un determinado tiempo en los distintos confines de las ciencias (La estructura de las revoluciones científicas, 1962), el paradigma social, las corrientes dominantes del pensamiento, que ahora se anglosajonizan con el término mainstream, nos envuelven y, hasta cierto punto, nos convierten en una suerte de almacenes de paquetitos ideológicos bastante predecibles, como paquetitos de Amazon, que llegan a nuestro domicilio con la previsibilidad consabida. Lo malo es que, al contrario que el paquete material recibido en casa, el cual podemos devolver si no se ajusta a lo que queremos o sale defectuoso, los paquetitos ideológicos nos los tragamos con toda su imperfección. Son sumamente resistentes a la reparación. No se admite su devolución. Por supuesto, dentro de los signos de los tiempos que condicionan nuestro pensamiento, nuestra cosmovisión, existen los matices de las capillas ideológicas. Hay quienes se piensan más listos que el resto y, coadyuvados por ideologías particularmente alienantes —extremismos hemipléjicos, podría haber afirmado Ortega—, sufren la paradoja de negar los signos de los tiempos y al mismo tiempo estar sujetos a ellos quieran o no. Alguien definió con buena intuición lo que significaba ser «un clásico» como aquel de quien se conoce parte de lo dicho sin saber la procedencia. Aquel cuyas frases o conceptos están en boca del pueblo como mascotas dialécticas sin dueño. Hay tres figuras del siglo xx sobre las que existe consenso en lo que se refiere a su carácter de clásicos, pensamientos influyentes, estigmatizadores sociales que delimitan su buena parcela en los signos de los tiempos. Marx, Nietzsche y Freud. Hay muchos más, antes y después, pero centrémonos en el último de esta manida e insoslayable terna; probablemente el mayor prescriptor de todos ellos —¿el mayor influencer de toda la Historia?—, por seguir con los anglicismos chafarrinos, signos también inequívocos de nuestros tiempos.

Hasta la vecina del quinto que se lanza a la calle con la bata rosa y los rulos nos habla de que sale así ataviada de manera inconsciente, de que para ella no es ningún tabú porque no tiene ningún complejo. «Inconsciente», «tabú» y «complejo». Ahí queda eso. Su cerebro está lleno de engramas del clásico al que ignora.

Si Gog, el personaje que utiliza Giovanni Papini para poner en su boca opiniones propias o teorías esbozadas con el hábil recurso del «manuscrito encontrado», ardid archiutilizado en la literatura —el Cide Hamete Benengeli del Quijote—, que es un «monstruo», palabra de Papini, «parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto»,[1] si ese Gog hubiera existido en realidad y su visita a Freud hubiera destilado de éste todas las aseveraciones que vierte el psiquiatra, la revolución del pensamiento occidental debería haber sufrido un vuelco proverbial. Se habría desdeñado el grueso del acervo freudiano y mandado el psicoanálisis directamente a la basura.

Lo increíble es que he topado por ahí con alguna tesis doctoral en la que se toman las palabras de Freud dictadas a Gog tras su visita como si hubieran sido reales; como si su confesión secreta a Gog fuera cierta y no un juego apócrifo de la ficción literaria. ¿Es que no se ve que tal cosa habría sido como encontrar un vídeo grabado por Jesucristo en el que dijera que Dios no existe?

Pero claro, el autor italiano es tan sobradamente fino e inteligente que, antes de que su personaje le dejara en sus manos el paquete con el manuscrito escrito en tinta verde, se encarga de desacreditarlo como algo muchísimo menos fidedigno que si se tratara simplemente de un loco. ¿Lo desacredita? Al presuntamente enajenado Gog, explica Papini en su pequeña introducción, lo conoce tras un encuentro fortuito, en el jardín de un psiquiátrico, bajo la sombra de cedros y castaños de Indias, cuando se encontraba visitando a un amigo y poeta dálmata ingresado en el mismo frenopático; y a Gog lo infama, para curarse en salud, diciendo de él:

Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo moderno.

[…]

Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización.

Introducción, «Cómo conocí a Gog»

Excelso marmolillo de Narciso

Giovanni Papini, hay que recordar para poder enmarcar su obra literaria en el contexto biográfico-espiritual del autor, educado en un ambiente paterno francamente ateo, es de aquellos autores saulianos caídos del caballo y transformados en fervientes católicos; y creo, si no me equivoco, que cuando escribe este libro en 1931, el autor florentino ya había sufrido esa transformación espiritual que lo ponía contra un mundo en decadencia —criterio, por otro lado, completamente excusable cuando estamos hablando del periodo de la primera y la segunda guerra mundiales, probablemente la época más paradójicamente atroz de la humanidad—. Tras la égida del enajenado Gog, esboza su propia tesis sobre la génesis del genio del doctor vienés, genera una hipérbole —o no, por qué, ¿eh?— que confiere a la Literatura un poder superior al de la Ciencia misma. Desde nuestro punto de vista, éste es el quid de la cuestión, o al menos uno de los puntos más relevantes. 

El mito de Narciso por William Waterhouse; me gustan los prerrafaelitas alitas
El mito de Narciso por William Waterhouse; me gustan los prerrafaelitas 

Gog explica el afortunado lance de haberse podido reunir con el ínclito doctor gracias a que compró en Londres una estatuilla en mármol de Narciso, perteneciente, según los expertos, a la época helenística —Gog-Papini escribe «helénica», inexacto, a mi parecer—, después se la envía de regalo «al descubridor del Narcisismo» y éste, congratulado, lo invita para agradecérselo personalmente. Veamos en esta «Visita a Freud» algunas de las delicias y magníficas barbaridades puestas en boca de Sigmund sexagenario. Antes, Gog lo define en dos rasgos de estricta contextualidad biográfica:

Me ha parecido un poco melancólico y abatido.

Y:


—Las fiestas de los aniversarios —me ha dicho— se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte.

Me ha impresionado el corte de su boca: una boca carnosa y sensual, un poco de sátiro, que explica visiblemente la teoría de la libido.

[…]

¡Ja!

¡Oh, las imágenes de creadores en los jardines!

Y ahora, pasemos y veamos, en unos centones que recolecto, esta maravilla de un subgénero que podríamos denominar como ucronía del pensamiento, fragmento de lo supuestamente desvelado por Sigmund Freud:

Todos creen —añadió— que yo me atengo al carácter científico de mi obra y que mi objetivo principal es la curación de las enfermedades mentales. Es una enorme equivocación que dura desde hace demasiados años y que no he conseguido disipar. Yo soy un hombre de ciencia por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es de artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la niñez Goethe. Hubiera querido entonces llegar a ser un poeta y durante toda la vida he deseado escribir novelas.

[…]

Literato por instinto y médico a la fuerza, concebí la idea de transformar una rama de la medicina —la psiquiatría— en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El Psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología.

[…]

La confesión es liberación, esto es, curación. Lo sabían desde hace siglos los católicos, pero Víctor Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote, y así sustituí osadamente al confesor. El primer paso estaba dado.

[…]

La poesía decadente llamó entonces mi atención sobre la semejanza entre el sueño y la obra de arte y sobre la importancia del lenguaje simbólico. El Psicoanálisis había nacido, no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los atisbos de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica de las Escuelas literarias amadas por mí.

[…]

Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que, recogiendo las tradiciones de la poesía medieval, había proclamado la primacía de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto del sensualismo como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, yo di del amor una interpretación menos sentimental y mística, pero el principio era aquél.

[…]

El Naturalismo, y sobre todo Zola, me acostumbró a ver los lados más repugnantes, pero más comunes y generales, de la vida humana; la sensualidad y la avidez bajo la hipocresía de las bellas maneras: en suma, la bestia en el hombre. Y mis descubrimientos de los vergonzosos secretos que oculta el subconsciente no son más que una nueva prueba del despreocupado acto de acusación de Zola.

[…]

El Simbolismo, finalmente, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños, asimilados a la obra poética, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en el arte, esto es, en el sueño manifestado. Entonces fue cuando emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños como reveladores del subconsciente, de ese mismo subconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas, que todo poeta debe crear su lenguaje, y yo he creado, de hecho, el vocabulario de los sueños, el idioma onírico.

[…]

Para completar el cuadro de mis fuentes literarias, añadiré que los estudios clásicos —realizados por mí como el primero de la clase— me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron, con Platón, que el estro, es decir, el surgir del inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y finalmente, con Artemidoro, que toda fantasía nocturna tiene su recóndito significado.

[…]

…en Totem y Tabú me he ejercitado incluso en la novela histórica.

Esta aseveración es insuperable, de un humor simple y a un tiempo cósmico.

[…]

[Soy] un literato aun haciendo, en apariencia, de médico. En todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero ninguno se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna.

 

Y ahora, cerremos los ojos, pensemos atrás e imaginemos que todo esto, esta hipótesis preterible de esquematización tan sinóptica como elemental sobre lo que constituyó la obra de Freud fuera verdad. Los dichosos «signos de los tiempos» habrían sido otros y todo lo habrían transmutado. Ahora habitaríamos otro mundo. No lo duden. O sí.







Bibliografía. 
Fue harto prolijo. 
Aquí una muy mínima muestra de algunos títulos de Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956):

·         El espejo que huye (1906)

·         El piloto ciego (1907)

·         Un hombre acabado (1913)

·         Historia de Cristo (1921)

·         Gog (1931)

·         El libro negro (prolongación de Gog, de lectura insoslayable) (1951)

·         El Diablo (de lectura soslayable, prescindible) (1953)




[1] Todo esto en la introducción «Como conocí a Gog» al principio del libro.

lunes, 21 de septiembre de 2020

TÍA ROCÍO


Tu hermosura no tiene nombre

       Tía Rocío








La memoria alcanza a recordarte

cantándome una nana a orillas de mi cuna.

Viviste con nosotros

o nosotros contigo,

habitamos el mismo hogar,

el arca de Noé

navegando errabunda en el diluvio de la vida.

Niña que duermes niña que gimes

niña descansa niña en la cama

de un hospital que es como un barco con la proa dirigida hacia el norte, hacia tu casa de Asturias, hacia el mar Cantábrico. Naciste delicada como resultan los objetos preciosos o las flores o una caña de cristal. Creciste con el corazón desmesurado y la muerte te busca desde tu infancia; pero te protege la luz de tus ojos grandes, ojos faro que reclaman siempre a los ángeles de la luz y de la vida. La vieja de la túnica oscura y la guadaña la pulverizaron tus ángeles, convertida la vieja Parca en una efigie de carbón inútil, quebradizo como un terrón oscuro de azúcar caducado. No soportó tu luz nunca la muerte, le fue imposible siempre doblegar tu espíritu de niña alegre.

Tu corazón grandote no entiende menudencias corporales, con sus válvulas, sus muelles, sus arreglos mecánicos, lo asemejan a un motor. Motor de sangre y pasiones contenidas. Solterona. Muchos pensaron que por siempre, pero igual que venciste a la muerte tantas veces, igual que venciste el carácter de niña timorata tímida trémula tiritona trinadora, tía Rocío, timidez ahogada en esa bonhomía, en tus modales que eran espadas y dagas disfrazadas, tu finura, ese civismo galante tan semejante a la bondad ingenua; y cuando el mundo te puso la etiqueta de eterna solterona, solicitaste tu belleza a caminar sobre el océano hasta las tierras de tu dichoso nacimiento y en México sorprendiste a todos cuantos creían conocerte, tomaste el timón de tu barcaza, fijo el rumbo hacia el hombre que empezaste a amar. Y amarraste su corazón con el tuyo. La señorita Rocío, cristiana, conservadora y española, naciste en México algún hermoso día de 1944, buscaste el amor apartando escombros, desbrozando la escoria de prejuicios y diretes hasta encontrar a tu hombre verdadero, de origen asturiano igual que tú, hispanomexicano igual que tú, pero no como el marqués de Bradomín que era feo, católico y sentimental, sino uno de carne y hueso, músico, con mucho de sabio, de quien calla y piensa, republicano y ateo. Lo casaste por la Iglesia, «y que más da si es el amor lo que nos une, no importa el ritual sino sus ojos, sus manos de pianista que acarician mi alma». 

En mi silla de ruedas, tu sobrino querido, tu sobrino de dolor transido, con algo del tuyo compartido, te visita en la habitación 38, sexta planta del hospital de León. Los pináculos de la catedral, las gárgolas y hasta la virgen Blanca te miran no tan lejos. Te voy a ver y aparco mi silla junto a ti, me aproximo cuanto puedo a tu hermosa cabeza, tu delegado cuello de gacela donde se aprecia tu latido. Te hablo y te cuento que hace sol, que los campos están verdes y el cielo azul, y te reclamo, te sugiero con la máxima energía que estés en paz, que estés tranquila, que te dejes llevar por el tiempo. Y te miro parte a parte, tu frente, tu nariz y tu boquita. Emites gemidos imposibles, respiras por la boca porque te han enchufado la nariz a unos tubos de plástico; y en noches sin nombre, con esa inaparente rebeldía, te lo arrancas, nos dicen que inconsciente, pero lo arranca tu mano izquierda con una extraña furia, arma en el arcón de tus secretos. Me fijo en tus manos y siguen siendo hermosas, las uñas bien pintadas de rosa pálido, tus dedos delicados que toma entre los suyos Marbelý, esta nueva amiga que tenemos, querida tía Rocío, esta nueva compañera de alacridad indecible, más allá de leyendas o cuentos infantiles. Toma tu mano porque yo no puedo hacerlo con las mías, paralizadas para siempre. Pero con mis nudillos insensibles acaricio tu brazo. Te vuelvo a ver y miro tus dos ojos cerrados, y tus párpados son como cortinas transparentes, porque veo tus ojos, ojos grandes, ojos buenos, ojos desmesurados como tu corazón; te vuelvo a ver y una ternura me agarra las entrañas y pronuncio palabras que mis labios expelen, como lava en el volcán de mi zozobra: «mi niña». No puedo hacer que vuelvas, no puedo obrar el milagro que pensaba ingenuamente, con torpeza. De verdad lo pensaba, tía Rocío. Pensaba que al verte y al sentirme tú, alguna chispa mágica se encendería en la caverna de tus sueños. Algún relumbre que pudiera despertarte para siempre, de nuevo, darte el habla, la lucidez, el movimiento. Decirte, como a nuevos Lázaros, insólitos Lázaros indoblegables, lo que a mí mismo me digo con infatigable esperanza: levántate y anda.

Rocío es tu nombre, del agua impensable en la mañana, las gotas de vida y frescor que rezuman las hojas en praderas, sobre las hierbas sedientas, hasta que el sol todo evapore, pero a todo vivifique, la naturaleza aligere con la luz. Los jardines esperan alegres madrugadas donde tus dedos refresquen su piel, verde epidermis de fragancias, sus flores de color.


Me acerqué cuanto pude con mi silla de ruedas hasta tu cabecera. La ternura mordió mis entrañas, la ternura de quien ve a una niña a punto de morir. No rabia, blandura de lo que se funde. 


Intenté sembrar en tu inconsciente elementos diáfanos, las palabras más pueriles para una alegría visceral: «tía preciosa, tienes las manos muy bonitas, muy cuidadas, labradoras hábiles, quiero tu pastel de zanahoria o el arroz con leche que preparas, tus uñas están perfectas, pintadas de un rosa pálido, el sol brilla en un cielo azul, tía querida, como tu corazón, que es tan grande, el campo está verde y los pájaros cantan y todo está bien, tía Rocío, bonita, tía querida, estate bien, estate en paz, tranquila, que pase el tiempo, que todo está bien, que el cielo está azul y te rodea la gente que te quiere y estamos aquí contigo… Que todo se encuentra bajo la gracia de los ciclos.
 Verdes están los campos, azul el cielo».

La memoria alcanza a recordarte

cantándome una nana a orillas de mi cuna.

Déjame que te diga mi nana

a orillas ahora de la tuya,

porque te veo yacer en una cuna de oro.

domingo, 19 de julio de 2020


Después de meses de sequía absoluta para los versos, como si se me hubiera calcinado la glándula poética, una pequeña verruga del tamaño de un piojo famélico, ubicada en la corteza somatosensorial primaria, para responder un mensaje de WhatsApp a unos amigos va y me sale un poema. La sequía, incapacidad total para intentar escribir un solo verso, tal vez se debiera a estar demasiado inmerso en la novela a punto de terminarse, Collapsus, y por tanto esclavizado por la tensión de la prosa y la concentración obsesiva para construir una maquinaria que intento se acerque lo máximo posible a la perfección. Aprovecho, y si algún editor o editora, alguna agente literaria, cayeran sobre esta entrada de Diarius Interruptus, que sepan que la novela, provisionalmente titulada Collapsus, es una gran pieza literaria, probablemente rozando en muchos sentidos la obra maestra; por favor, que no dejen de llamarme y estaré encantado en hacérsela llegar. No deberían perder tan magnífica oportunidad. ¿A qué viene esa sonrisilla irónica? No bromeo con la falta de humildad. Es sólo que ésta proviene de no tener ya nada que perder en la vida; me echo la humildad a las espaldas como respuesta a una condición de fracasado tan acendrada que, siquiera, habría de convertirme en un deslenguado.
¡Ah!, el poema es éste:












Por si acaso

Mis queridos tordos nemorosos, 
acuáticas aves que surcáis 
este mar de amistades con velámenes heridos.
Sujetos de pasiones cercenadas,
alientos bajo la tierra sepultado.
No levanté los pies sobre este mundo
ebrio de sol para encontraros,
pero aquí estáis como conchas usurpadas
por este artrópodo ermitaño.

El día más pensado será el mismo sol
quien pierda las fuerzas para escalar el horizonte.
El día más pensado. El que se espera
como niño en la escalera aguardando a un amigo.
O tal vez le entre una flojera de esclavo a media tarde
y decida quedarse para siempre
confundido por un heliocentrismo
negado por los siglos y las cruces.

Pensamos, con la inocencia de los niños
más idiotas, que la estrella que alumbra
nuestro sistema solar
tiene un poder ilimitado, una potencia atómica
de cosmos incendiado, inapagable,
que achicharra cuanto mira
y hace cenizas lo que toca.
Es la estupidez humana, 
la que un tipo como Einstein
enunció con una frase por todos conocida,
con la gracia de los paralelismos.
Indefectible. Interminable. Infinita como en el Universo; 
aunque de la infinitud de este último, dijo,
no estaba tan seguro. 
Una torpeza cognitiva con la única virtud de la conciencia.

Pero no podemos olvidar que cualquier nube
se interpone, leve, marchitando su energía en desafuero,
y se torna más débil que el candil
de una pobre capilla sin techumbre, sin nombre,
sin ya ninguna fe, con iconos de hielo.
Pobre candil bajo tormentas chorreantes
como grandes cascadas, como las fuentes del Nilo
o el aguacero de Iguazú.       
¡Tanto Sol, tanto Sol, tanto Sol! y es sólo una fogata,
una enana amarilla. Cualquier truño caliente.

Y es pues lo único que os pido, filosóficamente,
sin arrastrar las cadenas de súplicas del todo improcedentes,
con toda cortesía os insto, mis amores,
a que perduréis igual que las piedras del camino.
Aunque parezca muerto nuestro abrazo
y no resistan los espejos, no os quepan, no os cobijen,
se desborde el vidrio que les da forma
con la cera tan sólo de media oreja vuestra,
y el polen que exhalan vuestros ojos
desazogue hasta el cristal de la laguna Estigia.
Que resistáis siempre en un lugar por mí accesible,
por si acaso surgiera la ocasión propicia,
por si acaso el sol aún no se ha mojado,
por si acaso charlamos de cualquier cosa, 
bebemos, nos reímos.




Perteneciente al futuro poemario Servilumbre.

domingo, 1 de marzo de 2020

La hermosura de ser humanos, y la incertidumbre. Mandarinas: cítricos para el nacionalismo


La pequeña historia de Ivo, Margus, Ahmed y Niko en un rincón de Abjasia se ensancha hasta alcanzar la dimensión de lo tremendamente humano. Más allá del recurso estilístico de la alegoría, sin clichés, la película de este director estonio se erige como un delicado monumento al alma humana. Alegoría sí, pero con personajes veraces, no meros arquetipos al servicio del lugar común y la sarta de correcciones políticas o consignas panfletarias. Por cierto, un monstruoso detalle sobre el director: nacido en 1966, murió en diciembre de 2019 de un infarto, Zaza Urushadze. Estas Mandarinas tienen la humanidad como principal ingrediente. El respeto, la absoluta importancia de la vida de cada hombre, de cada muerte. La introspección psicológica de los personajes es delicadísima y profunda, progresan sutilmente sin perder nunca la verosimilitud. La belleza de las imágenes en un pequeño rincón donde prima la naturaleza y una plantación de mandarinos sobrecoge en su intimidad, carente de toda pretenciosidad. El director además se hace dueño y señor del ritmo narrativo sin un ápice de excrecencia, de grasa sobrante: ochenta y tres minutos aproximadamente de metraje magro, donde no se confunde el ritmo cadencioso con el pasmo de la lentitud. 
Ivo, Margus, Ahmed y Niko

El entrañable Ivo (Lembit Ulfsak), carpintero medio viejo ya, barba blanca y mansedumbre en la mirada de sus ojos azules, mediante su intervención benigna, un altruismo nunca amanerado —al revés, el tipo resalta por su adustez—, va transformando la vida interior de un georgiano, Niko, y un mercenario al servicio de la causa abjasia, Ahmed. Ambos pertenecen a los bandos  contrarios de la guerra, y sobreviven a duras penas y a pesar de sus heridas tras una escaramuza que tiene lugar prácticamente frente a la casa del protagonista. Ivo y su amigo y compatriota Margus, estonios, desubicados pero atados a la tierra donde viven por razones diferentes, acarrean los cuerpos de los soldados hasta la casa del primero, los encaman en habitaciones separadas y sacan adelante sus vidas con la ayuda de un amigo médico, vecino en las proximidades de la comarca. Ivo ayuda a su amigo, para quien fabrica caja tras caja donde ir recogiendo las mandarinas. Margus parece empecinado en sacar adelante el negocio de los pequeños y dulces cítricos, incluso en el adverso contexto bélico que los rodea; la recolección apremia si no quiere que se estropee la cosecha. Con estos elementos, en el trasfondo de la Guerra de Abjasia de 1992-1993, se elabora una historia de personajes complejos, quienes arrastran la memoria de su propia intrahistoria, tragedias y esperanzas que los moldean.

Abjasia se mete en una guerra independentista contra Georgia. Y aquí encontramos el primer resorte que mueve la trama narrativa, así como la estúpida maldad de los hombres. Nos queda claro, sin una enunciación explícita, la perversidad que anida en los nacionalismos; el odio que llevan siempre aparejado. Con la delicadeza de lo sugerido sin necesidad de profusas proclamas, la película es un canto a la hermandad de los hombres, la estupidez y vesania de la guerra, la estulticia del territorialismo, las idiosincrasias artificiosas, ¡atención!, los bastardos rasgos identitarios. Una película que todo patriota, nacionalista e independentista debería ver alguna vez, si es que es capaz de observar concomitancias. Pero la falta de racionalidad, el exceso de emocionalidad envenenada que cancera a todos aquellos que han dejado desarrollar en su interior la larva del nacionalismo hace difícil creer que esta humilde joya del cine europeo les haga llegar a ser conscientes de su propia enfermedad. 
Lembit Ulfsak

Pese a la carga de lo inevitablemente trágico, la película nos deja el regusto de la esperanza. De la ética, el último y más alto peldaño de nuestra inteligencia.

domingo, 15 de diciembre de 2019

POEMAS MUSICADOS SOBRE "SOY DIOS" Y "HAIKUS", POR JUAN FCO. NAVARRO

DOS «LIEDER» EN ESTADO EMBRIONARIO SOBRE POEMAS DE DESDE EL ABISMO, VERSOS INVÁLIDOS 


Tras el doloroso parto de Desde el abismo, versos inválidos, recibí, hace cerca de ocho meses, un mensaje de mi amigo Juanfran. Había musicado mi poema «Soy Dios». Lo eligió del manojo de 27 poemas que incluye el poemario. Lo hizo por algún motivo. Me escribió junto con el regalo un pequeño correo en el que decía, entre otras cosas: 

Te envío la obrita que he hecho con tu poema. Como te comenté por teléfono, está concebida para piano y barítono. Ah, no recuerdo si te lo dije, quité una frase del poema, 'por eso la mayúscula', porque, siendo pertinente en el poema en sí y en su lectura, me parecía que rompía un poco el argumento musical y su cadencia; espero que no te moleste. Para compensar, la última frase, 'me iré cuando yo quiera', la he repetido dos veces, perdiéndose, en una escala de tonos, tan querida por Debussy. Alguna broma musical también he pergeñado: las notas en la palabra 'Uno' forman un trítono, el llamado diabolus in musica... y así. 

El sueño de Tartini de Louis-Léopold Boilly (1824)
Jamás habría detectado la broma del trítono, pero me gustó ese diabulos in música y lo asocié por homofonía y semántica a la sonata para violín de Tartini El trino del diablo —este Fausto de la música que fue Giuseppe Tartini aseguraba habérsele aparecido el maligno una noche sentado junto a él en el borde de la cama y haberle revelado la melodía—. La ironía del diabolus, como con toda intención ejecutó Juanfran, cobra mayor gracia en unos versos que hablan de Dios. El Dios-Yo de Walt Whitman. 

Hace apenas unos días, Juanfran volvió a obsequiarme. Esta vez con una pieza, un nuevo lied —pero menos aburrido que el ochenta por ciento de esas obritas tan decimonónicas, el otro veinte resultan deliciosas, y me atrevo con la estadística, burla burlando, para decir que la mayoría de los Lieder son un coñazo destinado a emperifolladas de salón— cuya base de inspiración musical eran los cuatro primeros haikus que aparecen en el mismo Desde el abismo, y sobre la cual me decía: 

Escogí los cuatro primeros, me parece que tienen unidad estructural y podían adecuarse bien para hacer algo no muy largo...; y me molaba que la historia acabase con 'tu sexo ha muerto', soy un enfermo, no lo puedo evitar, jajajajaa. Es más, la frase me sugería intentar una cadencia final no trágica, terminando en mayor, como una ascensión a otro lugar... yo qué sé. 
Otra decisión fue para qué instrumentos y qué tipo de voz hacerlo, barajé varias opciones y me decidí por un conjunto de cuerda y una soprano; principalmente, porque estuve varios días trabajando en una introducción que resumiese lo que a mí me decían los haikus y que estuviese basada en su métrica (5,7,5), y me salió algo para cuerdas. La intro es una permutación de la métrica mencionada (7,5,5), y la obra está basada en ese concepto rítmico, con alguna variación y licencia... 


Juanfran me da explicaciones que sobrepujan mis nulos conocimientos técnicos del arte de la música, del que se ha escrito: «La música es la obra humana más inexplicable, el arte más contradictorio en lo que respecta a la relación entre causa y efecto; para elaborarla se requieren las partes más sofisticadas de la mente, nuestro mayor refinamiento, mientras que su percepción y los efectos aparejados apelan a las regiones encefálicas del instinto, la música conmueve, en la rica variedad de las emociones, del mismo modo que un trueno aterra a un perro o a un niño.» 

Se trata de algo verdaderamente extraño, aunque con toda probabilidad explicable como fenómeno de ruptura psíquica: desde que tuve mi accidente de motocicleta y esta tetraplejia amablemente concedida por el destino, experimento una especie de desdén, hartazgo y aun desprecio por todo lo que pueda ir produciendo, escribiendo. Si no es por alguna presentación o porque alguien me lo pide, jamás se me ocurre releerme. Lo que pueda construir se amontona en la escombrera de nuestra biografía. Cuando la experimento, la ilusión reside en el presente inmediato del proceso de creación, si es que tal cosa no está reservada únicamente a los dioses beodos. La ilusión se ha convertido en una pulsión anímica fugaz, que se disuelve segundos después de su materialización inmediata; después de todo, no es más que un delirio. El delirio sabemos que es el clímax de los locos; una especie de eyaculación sináptica. 

Sin embargo, estas pequeñas piezas de mi amigo Juanfran merecen el acto de retorno; por ellas mismas, más allá de la sustancia lírica. 

Debo advertir que no se encuentran interpretadas por humanas fuerzas sino en un formato electrónico que imita instrumento y voz, sin que ésta última diferencie sílabas fonéticas y sea únicamente una especie fraseo sonoro. El oyente debe hacer un esfuerzo de abstracción y superar el sonido vicario de la electrónica, hacer un ejercicio de abstracción sublimadora e imaginar las notas en un estado puro y humanizado. 

He pedido a algunos amigos y amigas, músicos y cantantes, grabar una versión «real», con instrumentos y voz humana. Insistiré, porque creo que merece mucho la pena. Para mí, estas pequeñas piezas están cargadas de un extraño misterio. El misterio es la sal del arte. 

Esta es la firma de los correos que me escribe Juanfran, donde encontramos además la dirección de su web: 

Juan Fco. Navarro 


*El término Lied lo usamos de un modo un tanto irónico o extensivo. Sobre las piezas de Juanfran basta con decir que son musicalización de poemas. Los Lieder —extraño plural—, aunque nacidos en el clasicismo musical, tienen su máximo desarrollo durante el romanticismo y en particular entre algunos músicos germánicos. El suele ser pieza breve, generalmente para piano y voz, basada en un poema. Durante su esplendor se musicaron poemas de autores tan conspicuos como Heine, Goethe, Schiller. Hay una obra de Arnold Schönberg que sobrepasa los límites del Lied por ser sexteto para cuerdas y más larga, pero que tiene que ver con ese tipo de poema musicado, basada en los versos de un poeta alemán, Richard Dehmel, La noche transfigurada. El poema, que resulta para mí delicioso, fue causa, como otras obras del autor, de escándalo para una sociedad ñoña: durante un paseo nemoroso y bajo la luz de la luna, pasean un hombre y una mujer, quien confiesa a su amor que está embarazada de otro hombre; él lo acepta y la perdona. Las musicalizaciones de poemas de Juanfran sobre «Soy Dios» y sobe cuatro haikus de Desde el abismo, versos inválidos son piezas cortas, indudablemente contemporáneas pero con una armonía también clásica y entendible para cualquier oído. Tanto a mí como a quienes se las mostrado, alguno incluso músico profesional, nos han atraído de un modo semejante donde prevalece ese aspecto misterioso del que hablé más arriba.



Aquí están. Que os gusten.

Archivo de sonido 
Soy Dios

Archivo de sonido
HAIKUS




domingo, 13 de octubre de 2019

Noche de lobos, película

Desazonante belleza


sobre la película Hold the Dark (2018),
titulada al español como Noche de lobos


Descripción

Jeffrey Wright
¿Por qué hablar de una película con toda seguridad de segunda fila? Hace un par de semanas fuimos al cine para ver Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino. Contando con que existen tarantinianos y antitarantinianos (por paradójico que parezca, en devoción casi perfectamente inversa a las tribus de taurinos y antitaurinos, porque de sangre va la cosa) y contando pues con que yo me encuentro entre los tarantinianos, la película es una grandiosa sinfonía, que no llega a ser «obra maestra» (como lo es Pulp Fiction) por una ridícula cuestión de pequeños detalles. Se rinde tributo, precisamente, al cine segundón del Hollywood de los años 60, en particular a los western, y dentro del cine segundón, a los actores segundones —y de paso, propina un tarascazo en todo el morro de los protagonistas guaperas, arrogantes y sin sustancia—; y en segundo lugar, con osadía ética —que sabemos estética—, se sustancia un acto de justicia poética —y por ende artística— a favor de Roman Polanski, quien se devanea, en la vida real, por Europa, escabullido de la justicia neomccarthyana. El personaje de Cliff en la actuación de Brad Pitt es absolutamente memorable. Pues eso, de la película de Tarantino van a proliferar críticas y reseñas entre tirios y troyanos, mientras que de la Noche de lobos que nos ocupa se leerá, y de hecho ya se lee, infinitamente menos.
Hold the Dark no creo que vaya a ser una película famosa ni que vaya a recibir críticas generalizadamente altas, ni por parte de la crítica ni por parte del público; sin embargo es probable que coseche una buena gavilla de adoradores fetichistas. Porque la película mantiene desde el primer momento hasta el último un mismo ritmo desasosegante. Se zafa del tedio rítmico, se yergue de la lentitud inane, para ofrecernos, bien al contrario, una cadencia sin resquicios para la vacuidad semántica; merced a su solemne tempus, suscita el interés, la sugerencia suspendida en la atmósfera, la intriga de una belleza, una acción y una humanidad mórbidas. Personajes que hablan solo lo preciso en un ambiente de misantropía contenida, de gelidez emocional a la que acompaña, como es obvio, el clima de la salvaje Alaska, la nieve, el frío. Así que, siguiendo una tradición literaria que pervive desde tiempos de la Grecia clásica, los elementos de la naturaleza se mimetizan con el espíritu de sus pobladores, o viceversa más bien. Un escritor y experto en comportamiento lobuno llega al sórdido poblado alaskeño y su papel protagonista está lejos de la fantasmagoría de los héroes hollywoodienses, sin alardes, con humildad y una intervención llena de comedimiento. Lo mismo que el sheriff de la policía local. 
Alexander Skarsgård
Y lo mejor de la película es el reflejo de una belleza hostil, la inquietud y zozobra mantenidas, una extraña atracción que consigue atraparnos en la consecución de los hechos, por mucho que sepamos que no va a haber grandes hazañas, sorpresas, sustos chorras ni acciones vertiginosas. Ni siquiera nos queda claro el sentido de la historia, las razones que subyacen tras el movimiento de las fuerzas malignas que se tratan de conjurar. Importante: como siempre, cuando una película tiene como base del guión una novela, aun cuando ésta sea medio mala —y no digo que se trate del caso, porque no la he leído—, se nota, le da cierta consistencia y enriquece la narración y el perfil de los personajes; aquí, se trata de la obra homónima, en inglés, de William Giraldi.
Seguro que resultará poderosamente atractiva esta película para aquellos a quienes les hayan gustado obras como Déjame entrar (2008, con prescindible versión norteamericana de 2010), esa extraña cinta sueca de vampiros. Hold the Dark (Noche de lobos), a pesar del título que le han colocado en español, no tiene nada que ver con leyendas licántropas, o, si acaso, de manera muy refinada y sutil; pero sí tiene que ver con la vieja visión supersticiosa del cánido salvaje como animal que despierta terrores primordiales del alma humana. Al contemplar esta historia, uno también establece concomitancias y se acuerda del embriagador gusto que deja la aterradora canción de cuna rusa «Tili-tili bom». No es terror, ni suspense, es otra cosa tal vez sin género establecido, desasosiego que imanta.

Para ver ficha de la película: 


Esta misma crítica, publicada previamente en FilmAffinity:  Mis críticas

Tráiler:

 

Película en Netflix: 

Nana rusa «Tili-tili bom», que da más miedo que Putin: 

 

miércoles, 7 de agosto de 2019

De Cuentos más o menos realistas






anekantavada

El aire ardía en pleno día de mercado, cuando la afluencia de lugareños y foráneos era mayor. En los meses estivales la población llegaba a triplicarse. Mediodía. Un tilo de porte pluricentenario agraciaba la plaza principal desde el centro mismo de su geometría. La copa oscurecía varios cientos de metros cuadrados con una sombra sólida y una silueta con tendencia a la circunferencia, pero irregular, lobulada, como el borde de una ameba. El tronco tenía la anchura de cuatro garitas militares —bueno, está bien: de tres garitas— y mantenía el borde inferior de aquella generosa copa a unos cinco o seis metros de altura del suelo. O más bien, habríamos de matizar, desde la tierra de la gigantesca peana encalada que servía al árbol como inmenso macetero, alrededor de la cual se formaba una bancada circular.

Un número par y milenario de ojos, y la mitad exacta de personas, porque no había ningún tuerto, hombres, mujeres y niños, iban a ser testigos de un prodigio sin sentido. Prodigio y sin sentido es un pleonasmo, una redundancia, lo segundo se sobreentiende casi siempre de lo primero.

El tilo comenzó a hacerlo desde los bordes de las hojas más altas. Comenzó a producir el extraño fenómeno. Las primeras fueron esas hojas en la parte de arriba, hojas, como las del resto de la arborescencia, lustrosas, proclives a dibujar corazones inmaculados. Una gavilla menor, insignificante, de individuos, los más avispados, fueron capaces de descubrirlo los primeros. Esos cuatro o seis, si estaban solos comprando en el mercado, se quedaron ensimismados, impávidos, mirando el origen del suceso; si iban acompañados, enseguida lo advertían a quienes iban con ellos, a sus maridos, esposas, hijos o amigos; les avisaban de lo que estaban contemplando. Mientras tanto, el extraño fenómeno continuó avanzando lentamente, de forma diseminada, con nuevos bordes dentados de hojas que principiaban el extraño efecto. Mientras que las superiores, las que habían empezado a constituir aquel fenómeno, se encontraban en plenitud del mismo. Quienes lo veían ya no podían hacer otra cosa que dirigir sus ojos hacia el árbol. «Cierra la boca —hija mía—, le dijo el padre, se te va a descolgar la mandíbula hasta el suelo», la niña no llegaba a la adolescencia, pero estaba por completo absorta, mientras el padre, por otro lado, no tardó en dirigir de nuevo su mirada hacia la copa, las ramas, el borboteo de las hojas producido por el viento y aquel portento que se obraba frente a él, en lo alto.

Entre los miles de asistentes al mercado ambulante que cada lunes se instalaba en el centro de la villa, poco a poco, como van apareciendo las estrellas en el cielo cuando comienza a anochecer, nuevos observadores iban contagiándose de aquella visión que los subyugaba. Y el fenómeno no dejaba de extenderse por zonas cada vez más amplias del árbol. Las señoras que regían los puestos, los vendedores de frutas y verduras, charcutería, quesos, menaje del hogar, ropa de marcas falsificadas, comenzaron todos a sufrir el contagio. Cuando alguien giraba el rostro hacia el prodigioso fenómeno que se estaba produciendo en el tilo de la plaza ya no podía hacer otra cosa que seguir mirando. Toda la copa, una enorme masa de ramas y hojas que habían sido verdes, se encontraba ya afectada. Pero cuando el tronco comenzó a hacerlo, cuentan quienes pudieron contemplarlo que su embelesamiento alcanzó el paroxismo. Una señora que rozaba los 70 años había entrado en éxtasis, lo cual no le había sucedido jamás en sus seis décadas de asistencia cotidiana a la iglesia —claro que el templo, una mezcolanza poco armónica de estilo barroco, neoclásico y con arreglos del siglo XIX, se encontraba en un extremo de la plaza, a no demasiados metros del gran árbol—; varios niños, algún adolescente y algún adulto —aunque inconfesos estos últimos— sufrieron micciones incontenidas. No uno ni dos ni cinco, varias decenas de personas cayeron al suelo sufriendo horribles convulsiones. Toda la plaza, todos, oriundos y extraños, cada alma congregada en los alrededores del tilo, ese número par y milenario de ojos a los que nos hemos referido al principio de esta narración, miles de millones de conos y bastoncillos, receptores de la luz, quedaron fijos sin excepción en la contemplación del árbol y su proceso. Unos receptores trabajan en horario diurno y luminoso y otros lo hacen por la noche. Y en el interregno del atardecer se produce una especie de embriaguez visual, porque ninguno de nuestros receptores en la retina resuelven con mediana solvencia el desciframiento de los objetos a nuestro alrededor, la realidad. Y en ese horario confuso dicen que es cuando más gente sufrió desmayos, ataques semejantes a la epilepsia, arrobos místicos, alucinaciones o simplemente esa estupefacción en grado máximo. Habían pasado muchas horas. El calor del verano mesetario, la falta de hidratación, el hambre, el cansancio de estar de pie. Caía la noche como cae el telón de un teatro —comparación manida y siempre exacta—, veloz, tiñendo de oscuro la atmósfera; porque las farolas o cualquier otro tipo de iluminación eléctrica de la plaza y del conjunto de la villa no se encendían. A las 12 de la medianoche, transcurridas por tanto 12 horas desde que había empezado el extraño fenómeno, todo acabó.

Al día siguiente, el mercado había quedado perfectamente desalojado. Ni rastro de los camioncitos que se convertían en tiendas cuando se desplegaban sus paredes, las furgonetas, los tenderetes, una ausencia absoluta de cualquier rastro de venta ambulante. Ni siquiera residuos del olor a queso, embutidos, naranjas aplastadas o vinagre, dependiendo de la zona. Por supuesto, tampoco de ningún transeúnte. La plaza lucía una extraña soledad. Claro que eran las siete de la madrugada y la luz, de nuevo, se encontraba en ese punto inconcreto, hermoso o desasosegante, en cualquier caso —aunque fuera por un breve espacio de tiempo—, totalmente confuso para nuestro precario sentido de la vista. Tan precario, tan engañoso, tan embaucador, que los cronistas, no uno sino varios, fueron incapaces de recoger en sus centenares de entrevistas dos relatos coincidentes. Se intentó recurrir a las cámaras de algún local próximo, pero en ellas, en aquellas cuyo objetivo alcanzaba al tilo, no se apreciaba ningún efecto. Periodistas, un catedrático de antropología que se había retirado en la región, la policía, ninguno de los especialistas fue capaz de llegar a conclusión alguna. Cada una de las miles de personas que habían estado en el mercado aquel mediodía del corazón de agosto relataba, decía haber experimentado y describía un suceso por completo discordante del de los demás; parecía, o más bien resultaba un hecho incontestable que cada quien había presenciado sobre el tilo de la plaza un prodigio único, extravagante y disímil, cada persona su extraño fenómeno.


De Cuentos más o menos realistas

Llamera, agosto, 2019
Pirrón (grabado) tuvo contacto con ciertos filósofos hinduistas a quienes los helenos llamaban gimnosofistas (hoy entre los jainistas); ellos y sus ideas, como la del anekantavada, lo inspiran para el desarrollo del escepticismo. Pocas precauciones discursivas más útiles y menos practicadas por nadie que la "suspensión del juicio", la "epojé" (retomada por la fenomenología) ante la dificultad de conocer la "realidad"