lunes, 4 de marzo de 2019

¿«Desobediencia civil» eso del independentismo?


En el denominado «Juicio al Procés» (proceso judicial de los encausados por el extravagante conato de independencia de Cataluña, llevado a cabo en el entorno de fechas que rodean al referéndum del 1 de octubre de 2017), Jordi Cuixart, presidente de Òmnium, ha afirmado que aquel primero de octubre (1-O) supuso un acto de «dignidad colectiva» —casi una contradicción y en cualquier caso una perversión del concepto de 'dignidad', virtud necesariamente individual—, y que todos los españoles deberían sentirse orgullosos por «el mayor ejercicio de desobediencia civil en Europa». Esta «desobediencia civil» está siendo salmodiada (salmo-Diada) de manera repetitiva por buena parte del independentismo catalán y sus defensores.
Resulta incómodo escuchar tal cosa para quienes podamos sentirnos inclinados por los beneficios morales de la «desobediencia civil». Es más, para quienes vemos más defectos que virtudes en buena parte de la prepotencia de los Estados y su atrabiliario «Imperio de la Ley». Sin embargo, ni Sócrates ni Séneca ni Gandhi, con quienes de manera megalómana quieren sentirse identificados algunos líderes del nacionalismo, ni su ejerciente desobediencia civil tienen nada que ver en absoluto con el movimiento político y social del independentismo catalán. Veremos por qué.

La desobediencia civil, trad. esp. por José Gabriel Baena
La desobediencia civil, trad. esp. José Gabriel Baena
Desobediencia civil: ¿dónde podríamos encontrar su definición originaria, su sentido más pulcro, para poder establecer después qué tipo de movimientos sociopolíticos podrían considerarse como tales y cuáles no?
Se nos ocurre pensar en antecedentes conceptuales, pero no se nos ocurre ningún antecedente en el que coincida el concepto con su expresión concreta «desobediencia civil» más allá de la obra de David Thoreau La desobediencia civil (1848). Este discurso convertido en libro, e incluso manual, es el resultado de una desobediencia personal efectuada por el simpático pensador estadounidense, a quien admiro intelectualmente y en quien se podrían ver antecedentes de cierto anarquismo moderado e incluso de cierto ecologismo; David Thoreau se negó, de forma pública y notoria, a pagar impuestos a un Gobierno, el de los Estados Unidos, que invertía parte del erario en hacer la guerra a México. David Thoreau, al considerar tal guerra como algo injusto, invitaba a la libre desobediencia ciudadana a no pagar, a no contribuir con su dinero a una causa inicua. En su desobediencia civil podemos rastrear los elementos que conforman, definen y acotan necesariamente este acto concreto de rebeldía:
elevado grado de conciencia;
transgresión de la ley establecida;
notoriedad (actuación pública, vocación divulgativa);
forma pacífica;
sacrificio personal (aceptar poder ser castigado judicialmente);
toma de decisión individual;
superioridad moral;
y, finalmente, actuar con aspiraciones de contagio social.

He leído en algún lugar que la desobediencia civil debe ser colectiva y no individual. Creo todo lo contrario. La desobediencia civil debe partir necesariamente de la libre voluntad consciente de un individuo cuyo objetivo político pueda ser contagiado a una larga cadena o masa de individualidades. Así que, lejos de convertirse en un movimiento colectivo, aspira a ser movimiento de individualidades conscientes sinérgicas. Pero puede quedarse dignamente en acto de uno solo.
Es fácil pensar en subsiguientes formas de genuina «desobediencia civil» en el movimiento pacifista independentista de Gandhi. La India era una colonia británica sostenida a miles de kilómetros de distancia mediante el uso de la fuerza militar. Se trataba de una colonia en el sentido más perfecto del término: un territorio que nada tiene que ver con la potencia colonizadora y que es conquistado y utilizado como fondo de riqueza (extracción minera variopinta, poder geoestratégico, etcétera).
Podemos ver que esa desobediencia civil de Gandhi cumple los elementos definitorios: Gandhi emprende el movimiento tras un elevado grado de conciencia, transgrede una ley establecida por el imperio británico, lo hace como altavoz público con anhelo de notoriedad —que su lucha sea conocida, reconocida y secundada por la mayoría—, se ejerce bajo la forma de un pacifismo paradigmático, su impulsor conocía las posibles consecuencias judiciales en su contra, fue una toma de decisión individual, su superioridad moral estaba completamente clara y, por último, logró que su lucha se contagiara hasta que miles, millones de individuos despertaran en su conciencia su mismo objetivo y secundaran con sus acciones individuales una desobediencia civil sinérgica, que en ningún caso debe confundirse con movimiento de masas o colectivización promovidos por entes políticos.
Martin Luther King encarna otro de los grandes hitos de la «desobediencia civil». No vamos a repasar su estricto cumplimiento con cada uno de los elementos definitorios que exige el noble ejercicio de la desobediencia civil; que lo haga cada uno.
Nelson Mandela merece con todos los honores incardinarse entre los grandes desobedientes civiles.

Sobre figuras históricas cuya acción resulta a las claras un antecedente del concepto, no así del concepto y su expresión terminológica concreta, está claro que nadie supera a Jesucristo.
Otro antecedente, aunque mucho menos claro en lo que respecta a su afán proselitista en el mejor sentido, podríamos encontrarlo en Sócrates. Pienso, con Bertrand Russell, que en lo que respecta al carácter profundamente ético, el filósofo condenado a muerte por el tribunal ateniense era con toda probabilidad un ejemplo mucho más perfecto de «hombre bueno» que el del fundador inconsciente del cristianismo; y digo «inconsciente» porque la religión cristiana se construye sobre la tumba vacía de Jesús, después de su existencia y sin que él pudiera llegar a imaginarse tan siquiera las consecuencias históricas que su desobediencia civil iría a generar. Claro que se postulaba como el hijo de Dios, que no es cualquier cosa.

En todos los casos anteriores y en cualesquieras que se quiera pensar y que cumplan los elementos definitorios de la virtuosa «desobediencia civil», la conciencia y su ejercicio de libertad individual prevalece y en todo caso niega ningún ulterior movimiento político de masas. La coincidencia de voluntades individuales en la sinergia que hemos descrito anteriormente puede llegar a generar un cambio político o a lograr que se incluyan sus demandas en algún tipo de ideario de cierta ideología o partido político, pero nunca hace degenerar la idea prístina de la «desobediencia civil» para terminar convirtiéndola en algo que esta misma niega desde sus cimientos: un nuevo poder político, un sistema legal sustitutorio pero paralelo, un nuevo Contra-Estado, un Imperio de la Ley de nuevo cuño. Esto buscan los nacionalismos segregacionistas.

No creo que me tenga que implicar demasiado en un juicio político concreto, más allá de mi animadversión intelectual por los nacionalismos, para demostrar que el movimiento sociopolítico del independentismo catalán nada tiene que ver con la «desobediencia civil».

Elevado nivel de conciencia. Abogar por la independencia política de un territorio de más de 32.000 km² y 7 millones y medio de habitantes que ha formado parte de un mismo territorio de cerca de 500.000 km², no sometido sino simplemente integrado —con aporte y recepción política, cultural, económica, poblacional—, implica tal cantidad de elementos de juicio que resulta imposible tener una «conciencia clara». ¿Sobre qué se tiene conciencia?, ¿sobre que «España nos roba»?, ¿sobre que nuestra cultura es demasiado diferente?, ¿sobre que nuestro idioma debe ser el único que se hable?, ¿sobre que nuestra economía iría mejor si estamos separados del resto? ¿Se puede tener conciencia suficiente para negar siglos de implicaciones culturales y humanas con el resto de regiones! ¿Cada una de las conciencias individuales de los aproximadamente 2 millones de posibles seguidores del independentismo coinciden en una misma visión de la nueva patria que se quiere construir y de la vieja de la que se quiere salir? Conciencia clara la pudo tener David Thoreau y aquellos que quisieran sentirse adscritos a su lucha, porque era algo perfectamente aislable, identificable: luchar contra la guerra a México, querer la paz en un punto concreto. Gandhi abogaba también por el pacifismo y por la independencia de una colonia, lo que implicaba simplemente que la situación se revirtiera a como era unas pocas decenas de años atrás, no como algo futurible que hay que construir sino simplemente como era antes; no hay que tener conciencia clara sobre un constructo complejo, sobre la construcción identitaria de un colectivo, sino sobre una simple devolución de la soberanía preexistente. La lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos resulta también algo bastante nítido sobre lo que tener una conciencia clara. Etc.
Transgresión de una ley. No se trató de individuos saltándose una ley, sino de un ente político, la Generalitat, tratando de vulnerar las leyes mismas por las que ella misma existe y se rige para suplantarlas por otras, las «leyes de desconexión», que ella misma construye. Esto es lo que se dice desvestir a un santo para vestir a otro.
Notoriedad, vocación propagadora. Lo mismo que en los dos casos anteriores, un nacionalista independentista tendría la tentación de sentirse perfectamente adscrito a esta vocación; sin embargo, también de manera idéntica a los dos elementos anteriores, lo que tenemos aquí no es un individuo ejerciendo su «desobediencia civil» para que otros lo secunden, sino una institución pública, un cuerpo político legalmente constituido, un poder establecido que convoca a la ciudadanía. Posteriormente, y también de manera institucional, se ejerce un plan propagandístico a nivel internacional.
Forma pacífica. Formalmente y de manera explícita en sus consignas, el movimiento independentista catalán ha abogado siempre por la manifestación pacífica. El problema es que el enfrentamiento de un poder establecido contra otro poder establecido resulta un pulso que por sus proporciones difícilmente va a poder evitar convertirse de algún modo en un choque. Y está claro que, recurriendo a la metáfora manida de los trenes, estrellar un convoy pequeño contra otro mayor supone en sí mismo una convocatoria irrevocable a la violencia aplazada. Por seguir con la metáfora, se invita a los pasajeros y al maquinista a subir civilizadamente a los vagones y a sacar banderas con la paloma de la paz por las ventanas, mientras la locomotora se dirige por la vía de sentido contrario y de manera inesquivable al estrellamiento; eso sí, tal vez, con extraña ingenuidad política, pensando que el tren grande va a apartarse en el último momento. Pero es que se sabe que los trenes transitan por raíles fijos, sin margen de maniobra una vez que dejan atrás las estaciones con guardagujas.
Sacrificio personal (aceptar poder ser castigado judicialmente). Sí creo que los organizadores intelectuales (políticos y parapolíticos) del plan secesionista pecaron de ingenuos. La democracia española y su nuevo Estado después de 40 años de distancia con el franquismo hizo pensar a los políticos de la Generalitat que las estructuras estatales mostrarían una indulgencia de impecable naturaleza posmoderna. Pero hasta yo, casi un analfabeto político, sé que la historia se nutre de cientos de ejemplos para poder haber sospechado antes que los Estados se muestran inflexibles cuando de lo que se trata es de defender su integridad. Más aún cuando la región segregacionista supone casi una cuarta parte de la riqueza de toda la nación. La política real es muy cruda. ¿Sabían los líderes del «Procés» que se arriesgaban a la pena judicial? Quizá sí, aunque simplemente sospecho que el respaldo multitudinario les hacía sentirse inmersos en un fluido demasiado populoso, caliente y ácido para sentirse vulnerables frente a los tribunales y hacerles ver así diluidas sus responsabilidades. Es probable que en su fuero interno retumbase: «no creemos que se atrevan a responder».
Toma de decisión individual. Claro que detrás de cualquier decisión, incluso la de salir a la calle para fundirse en un movimiento multitudinario de masas, presupone una voluntad individual; hay que sentirse concernido por la llamada de los convocantes, programar la fecha, y, el día señalado, ponerse ropa cómoda, abrir la puerta y decidir salir a la calle. Pero ya se acaba de decir: sentirse concernido por los convocantes, esto es, transferir nuestra decisión al sonido de los cuernos. El llamamiento de los pífanos (travestidos de dulzaina catalana) no es llevado a cabo por un civil, por una individualidad disidente, sino por una organización política y asociaciones satelitales parapolíticas. La toma de decisión individual se torna entonces perifrástica: decido aceptar que me convoquen para decidir.
Superioridad moral. Es de suponer que el prosélito y seguidor de cualquier doctrina debe pensar que ésta es superior moralmente. Pero no está tan claro que la desiderata de los nacionalismos sea analizable históricamente en términos de superioridad moral. Sí de «sentimiento de superioridad», moral, y hasta cultural y étnica; superioridad racial en el peor de los casos. Me parece lógico inferir que cuando un conjunto de ciudadanos autoproclamados como «pueblo» quiere separarse de un conjunto mayor es porque sus integrantes se consideran superiores en algunos términos, más capaces para progresar si se quitan de encima el lastre de una masa inútil a la que ya no quieren pertenecer. En su imaginario colectivo se perfila una República casi perfecta de hombres y mujeres demasiado inspirados para compartir ningún proyecto con la medianía.
Y, finalmente, actuar con aspiraciones de contagio social. En cierto modo esta última condición tiene que ver con las aspiraciones a la notoriedad. Está claro que esa aspiración es fundamental para el movimiento secesionista. En la medida en que amplíen el ancho de sus acólitos su proyecto se verá más próximo a realizarse, puesto que se trata de poner en marcha no otra cosa que un proyecto político inserto en un sistema democrático, cuyo motor se alimenta de los votos en una urna, la suma de escaños para una representación parlamentaria mayoritaria. Los devotos preceden a los votos. Esta es la cuestión. Primero se crea el contagio social y después se empuja a la masa de partidarios. Como vemos, el orden está invertido.



Hecho todo este análisis más o menos válido, he de apostillar que sigo profesando una adhesión, al menos teórica, a la genuina «desobediencia civil». Que no me gusta la prepotencia de los Estados ni el absolutismo de la Ley; pero los Estados contemporáneos, sobre todo en Europa, después de siglos de iniquidad y de un siglo XX modélicamente cruel en la primera mitad de su centuria, han ido incorporando irrenunciables componentes benéficos para el conjunto de las sociedades: la justicia y los derechos sociales, la libertad ciudadana, el juego de las posibilidades para allanar el camino por el cual transitar los individuos en pos de su felicidad, la igualdad de la justicia, la separación de los tres poderes de Montesquieu… Ninguna época histórica ha llegado al nivel de los actuales Estados del bienestar y la cuestión parece demasiado palmaria para detenerse en posibles detalles contradictorios. Abogaría más por un desdibujamiento de las fronteras que por la creación de otras nuevas. Repudio el nacionalismo, pero no creo que el Estado al que se enfrenta el nacionalismo catalán —ya flagrante secesionismo— sea todo lo ejemplar que debería. No me gusta ver en la cárcel a cierto grupo de políticos independentistas, o a dos presidentes de sendas asociaciones culturales, ANC y Òmnium. Pero tampoco me gusta la escisión social inevitablemente beligerante que se ha creado en la sociedad catalana y en el conjunto de España. No me gusta la denigración sistemática de España y sus pueblos, excepto el de esa Cataluña que él tiene dibujada en su cabeza, una mancilla sistemática que el expresidente Puigdemont propala por Europa y el mundo casi como único objetivo vital, convencido de que la derrota —icónica, imaginaría— del Estado grande abrirá el espacio para la realización del Estado menor, pero idílico, claro. El expresident de la Generalitat basa su condición de prófugo de la justicia en la pervivencia activa del proyecto de independencia —parece sufrir complejo de Guy Fawkes—, lo cual, sin embargo, nos es difícil de creer; este tozudo mesías (lo primero, «tozudo», viene de la definición que hizo de él algún compañero próximo, y lo segundo, lo de «mesías», se colige de algunas frases de un librejo que ha publicado y en el que, según parece, aflora cierto tufo a delirio de grandeza de sesgo paranoide-mesiánico: «nunca he creído en los líderes mesiánicos, pero tal vez la historia me quite la razón», se despacha el pavo para nuestro regocijo), personaje de apariencia apocada, mediocre y mendaz, parece estar pasándolo bastante bien entre entrevistas y mítines, fiestas, vinos y langostas. Mientras tanto, sus correligionarios, entre los que se encuentra, como dijo el pintor de izquierdas Eduardo Arroyo, «ese gordo al que se le aparece la Virgen [Oriol Junqueras]», llevan bastante más de un año en prisión preventiva. Una prisión que no los mantiene completamente aislados y desde cuya posición y a su manera, hasta donde pueden, continúan igualmente con su lucha, dando menos credibilidad aún a la maniobra escapista de Puigdemont, quien más bien se nos muestra como un cobarde fanatizado y maledicente.
Siempre estaré con las palabras de George Bernard Shaw: hasta no extirpar el patriotismo de la faz de la Tierra —el nacionalismo es un patriotismo inflamado— no se conseguirá la paz entre la raza humana. O algo parecido.


jueves, 31 de enero de 2019

Sobre el origen del euskera

Sobre el origen del euskera
a propósito del documental:



El formato del documental remeda formatos al uso (sobre todo anglosajones, del National Geographic, etc.) donde se intercala la voz en off junto a imágenes de presunta referencia (unos tipos cortando un árbol en el bosque, la gente paseando por la calle, un bailarín moviéndose al son de txistus y panderos); las entrevistas, con una presentación de cada entrevistado un tanto friki, con la voz del narrador siempre muy solemne se les filma caminando por un parque o por el Campus de su universidad, o en pose interesantona mirando pasar un río con actitud de Tales de Mileto; luego, su rostro en primer plano mirando al infinito (gestos entre beatíficos y aturdidos, con una sonrisa enajenada) con el rótulo abajo y, después, finalmente la entrevista, preferentemente doblada al español, como si no hubieran podido entrevistar en castellano a muchas de las lumbreras filológicas euskaldunas. En fin, dejando aparte el móvil escondido detrás de un documental presentado como aséptico; comento lo que me parece en sentido más filológico.

La primera contradicción es que en el narrador prevalece explícitamente un intento por desmitificar el origen del euskera, pero la dirección de la narrativa hace exactamente lo contrario, profundizar en esa especie de carácter misterioso, arcano, ancestral, mítico. De los presuntos lingüistas que aparecen, Ribero Meneses dice que el euskara y el caló son las lenguas más próximas a la lengua humana original, primigenia; produce mucha risa. La idea de la lengua original es una tontería sin fundamento simétrica a la del pecado original. Este hombre sería al estudio de la lengua lo mismo que un testigo de Jehová a la exégesis de los textos bíblicos. Es una tesis anclada en una concepción lingüística del pasado. Ni Tolkien se habría atrevido ficcionar algo así. No existe tal cosa. Su aseveración categórica de que los fonemas más antiguos de la humanidad en el nacimiento de la lengua (nada más ni nada menos) son /ba/, /za/ y /ga/ es algo completamente fabulesco («esos tres», remacha simpáticamente, «y después vinieron todos los demás», ¡atención, «todos»! Suena realmente científico).Y lo que dice de la evolución de la palabra biza, como origen etimológico del latín vita es desopilante, con esa conclusión donde mezcla la evolución fonética con lo meramente fonológico (esto es, manifestación escrita de la entidad sonora —fonética—): «y luego cambiaron la /b/ por la /v/», concluye y se queda tan ancho. Es de sobra conocido que el latín procede del euskera; ah, no, que es que era la lengua de las cavernas y después ya vino todo lo demás. A excepción del caló, que debió de ser la lengua de los Neanderthales de la cueva de al lado. Este R. Meneses, con su venerable rostro druídico, es el Anacleto de la filología.
Otro lingüista más juicioso, creo que de la Universidad de Gales, Sims-Williams, dice más adelante con razón todo lo contrario: que no se puede hablar exactamente de que una lengua sea más antigua que otra. Son una serie de superposiciones cuya antigüedad reside en los sucesivos superestratos, sustratos y adstratos de los que se va alimentando; a excepción del esperanto o de idiomas técnicos creados exprofeso. Me pareció muy correcto lo que dijo. También me parece muy correcto lo que dice Javier de la Hoz, de la Universidad Complutense y cómo le enmienda la plana al lingüista alemán Vennemann y sus ridículas pruebas para emparentar el euskera con las antiguas lenguas de Europa, basando sus conjeturas en las raíces monosilábicas de la hidronimia. La coincidencia fónica es muy fácil de encontrar cuando se analiza una única sílaba. Esto nos permitiría establecer erróneas familiaridades entre lenguas separadas y sin ningún parentesco factible.



Transcripción fonética de lengua ibera,
en una de sus variantes alfabéticas;
plomo de Alcoy (s. IV a. C.). Imagen
y transcripción tomadas de:
1. IRIKE ORTI GAROKAN DADULA BASK
2. BUISTINER BAGAROK SSSXC TURLBAI
3. LURA LEGUSEGUIK BASEROKEIUN BAIDA
4. URKE BASBIDIRBARTIN IRIKE BASER
5. OKAR TEBIND BELAGASIKAUR ISBIN
7. BIN SALIR KIDEI GAIBIGAIT
6. AI ASGANDIS TAGISGAROK BINIKE
8. [ARNAI | SAKARISKER]
10. DAR BIRINAR CURS BOISTINGISDID
9. IUNSTIR SALIRG BASIRTIR SABARI
11. SESGERSDURAN SESDIRGADEDIN
13. NIRAENAI BEKOR SEBAGEDIRAN
12. SERAIKALA NALTINGE BIDUDEIN ILDU































Mi conclusión sobre las dos cuestiones capitales: EL POSIBLE ORIGEN Y LA SUPERVIVENCIA DEL EUSKERA

EL POSIBLE ORIGEN. 
El documental repasa las diferentes tesis. Creo que yo defendería la procedencia de las antiguas lenguas ibéricas como la más plausible. No sé por qué el narrador, quiero decir el guionista o guionistas en voz del narrador, asegura que la mayor parte de la comunidad filológica rechaza las tesis ibéricas, defendidas entre otros por Humboldt. En el repaso que se hace de las diferentes hipótesis —procedencia caucásica, procedencia bereber, procedencia del hipotético fino-ugrio, procedencia de lenguas primitivas europeas, procedencia del antiguo ibero—, con la que más semejanzas se encuentra, después de todo, es con este último; precisamente en su posible relación con la transcripción fonética de textos iberos (y también topónimos, por cierto, según transcripciones hechas por los romanos o reconstruidas arqueológicamente por la lingüistica actual). De las inscripciones textuales de lenguas iberas se conoce la pronunciación, pero no el significado. Se leen, pero no se entienden. De manera muy intuitiva, esas transcripciones fonéticas muestran un interesante parecido con el vasco actual, a veces sorprendente, flagrante (v. fig. arriba). Exclamamos «¡suena igual!». Las coincidencias léxicas, sonoras, con el resto de lenguas con las que se ha comparado el euskera son mucho menores que las que tiene con la antigua lengua ibérica. También se omite algo muy importante: la influencia sustrática del euskera sobre el castellano, no solamente en la evolución fonética, que hace que el español sea una de las lenguas romances más peculiares en ese sentido (por ejemplo, perdida de la /f/ inicial), sino también en el contagio de estructuras sintácticas y léxicas (muchas palabras del castellano son de origen vasco). A este respecto, se podría pensar en una influencia sustrática —préstamo de palabras de la lengua dominada sobre la dominante, euskera sobre castellano—, pero también, por qué no, en que dicho acervo léxico euskera en el castellano sea el testimonio de un residuo prerromano en el esqueleto de la lengua. Esto es, que la concomitancia castellano-euskera, los rasgos sintácticos que hacen peculiar al castellano, lo mismo que las leyes de su evolución fonética y sus palabras coincidentes,  no sean otra cosa que el cascarón sobre el que se insertará después el superestrato del latín, hasta terminar fraguando la lengua romance resultante en tiempos medievales. Si a todo esto añadimos, como dijo alguno de los lingüistas del documental, el «sentido común» y, añado yo, la teoría de Okham, su famosa navaja, la idea de que, frente a varias explicaciones, tiende a ser cierta la más sencilla, dadas las concomitancias con las lenguas ibéricas, y formando parte de un antiguo territorio común que termina arrinconándose alrededor del golfo de Vizcaya, ¿no es mucho más plausible la hipótesis de que el euskara se encuentre entre el grupo de lenguas no indoeuropeas ibéricas y que superviviera residualmente en valles aislados del País Vasco? ¿No es mucho más plausible esto que tratar de emparentarlo con lenguas fino-ugrias o caucásicas, cuya hipotética conexión es muy difícil de justificar? ¿Demasiado obvio? Tanto que sólo el ínclito, nunca suficientemente bien ponderado Wilhem von Humboldt supo apreciar las evidencias con toda lucidez.

LA SUPERVIVENCIA DEL EUSKERA. Me parece bastante hipócrita el que ninguno de los filólogos/lingüistas euskaldunes ponga en evidencia que la supervivencia del euskera se debe fundamentalmente a dos hechos evidentes y contrastables (y no a suertes misteriosas, una vez más la querencia por la mitologización). Primero, su aislamiento en valles con poco o ningún contacto con las sucesivas civilizaciones, fenicia, griega, cartaginesa, romana, visigótica e incluso con el estamento civilizado que representaba la Península ibérica castellano-parlante de tiempos medievales, modernos y hasta contemporáneos; y de otro lado, que su supervivencia en última instancia se debe a la unificación artificiosa y a su normativización mediante gramáticas recentísimas (reconstrucciones con mucho relleno de buró) del euskera batúa —esto es, euskera «unificado»—, del que ni se habla, y a políticas de protección y divulgación lingüística. El euskera se encontraba en vías de desaparición ya desde el siglo XIX y Humboldt tenía razón cuando le pronosticaba, a principios del mismo siglo, una extinción muy próxima. Lo que pasa es que no contaba con el desarrollo de políticas muy activas para introducir una lengua rupestre (nada peyorativo, algo muy hermoso por otro lado) en el ámbito de las sociedades desarrolladas y urbanitas del siglo XX. Sin el primer rescate del euskera a manos del nacionalismo embrionario decimonónico y el impulso institucional en la España posfranquista de las autonomías, tal vez no habría superado siquiera el advenimiento del tercer milenio. El euskera, hace dos o tres décadas se encontraba en una relación de 80% de monolingüismo español en su zona de influencia y un 20% de bilingüismo euskera/castellano, relación que se ha invertido a partir de esas políticas lingüísticas hasta llegar al día de hoy con más de un 80% de bilingüismo euskera/castellano. Lógico que muchos abuelos de Donosti o Bilbao no hablen su euskera ancestral y sí lo hagan sus nietos, que lo aprenden ahora en el colegio. El euskera actual está completamente afectado por una modernización artificiosa y una cantidad de neologismos o adaptaciones derivativas que la convierten en en una lengua Frankenstein. Su pronóstico de perdurabilidad depende de hasta dónde se quiera llevar el experimento, que supongo ad infinitum.

Se echa en falta siempre la atención a los rasgos prosódicos de las lenguas. El lingüista Gorrochategui, a quien se entrevista en la parte final del documental, por ejemplo, habla un euskera con prosodia completamente castellana. La musicalidad, la entonación, el ritmo, la pronunciación, a estos rasgos apelamos al hablar de prosodia. Es lo que sucede cuando se incorpora de manera forzada, por aprendizaje como segundo idioma, una lengua con sus propios rasgos prosódicos en tu estructura matriz, sin haber aprendido la lengua meta por contagio social en su ecosistema natural, como lengua materna.
Y luego está la idealización rupestre alrededor de la lengua y concepciones decimonónicas, románticas, sobre el alma de los pueblos; todas las ridiculeces que la ciencia lingüística rechaza. Los bailecillos del folklore vasco, el culto al árbol, todos esos rasgos populares también han sido actualizados como si se tratara de señas de identidad inmortales. Inmortales y únicas, como si no existiera el folclore en más partes del mundo o no se adorase a los árboles en las más variadas civilizaciones antiguas. Patrañas. Más allá del conocimiento arqueológico como acervo cultural, que es lo que parece más riguroso, ¿qué importa que las lenguas muten, evolucionen o incluso desaparezcan? Los perpetradores del Génesis bíblico señalaban como un castigo divino la escisión de la Humanidad por medio de su atomización lingüística en el mito de la torre de Babel; sin embargo, desde el siglo XIX y, sobre todo, con la posmodernidad del XX (que nos trae por otro lado valores éticos muy estimables), una mayoría de intelectuales y ciertas cavernas políticas —nacionalismo— creen descubrir en la homogeneización cultural y la pérdida de identidades, idiosincrasias étnicas y lenguas aparejadas un desastre de lesa humanidad. No lo tendría yo tan claro, sobre todo si para defender las culturas minoritarias se necesita pasar por los tajos asesinos de las hoces, «contra el opresor», claro. A mí lo importante me parecen las personas, no lo que hablan. Claro que produce cierta tristeza la desaparición de etno-culturas minoritarias, pero si al disolverse y perder su lengua primitiva mejora su calidad de vida, ¿no es más importante esto? Estamos todavía muy intoxicados por el Romanticismo.
Se puede aquí parafrasear con cierta malicia irónica al gran poeta vasco Gabriel Celaya: las políticas lingüísticas son un arma cargada de futuro. La semilla para la diferenciación forzosa está plantada y bien plantada.Casi nadie, lingüista, político, periodista o ciudadano común se atreve a poner en solfa los espurios valores de lo identitario. No siempre es rechazable lo «políticamente correcto», porque en ocasiones no supone otra cosa que respetar al prójimo; sin embargo, la veneración obligatoria al idealismo del «espíritu de los pueblos», como si al negarlo estuviéramos atacando la libertad, parece una consigna políticamente correcta en su variante más ridícula.
Me gustó el documental.

martes, 11 de diciembre de 2018

Sobrecuadros; mirada alucinada e irónica sobre: Astaroth, de Jules Breton, s. XIX






















Éste es Astaroth. Un demonejo poderoso (frente al emperador Lucifer, éste sería un duque, o algo menos, un conde). Sus tentaciones caminan en la esfera de lo abúlico y lo vanidoso. Este grabado no deja de tener su misterio. El rostro enfermizo del diablo en cuestión. Sus alas de dragón (también sus pies y sus manos del mismo apócrifo pseudosaurio fogatero); ¿o son del bicho a cuyas grupas parece difícil que vaya a volar? Por detrás está dotado, ahora sí suyas, de alas más querubínicas —porque, según creo, los diablos no dejan de haber sido más que ángeles; ángeles macarras, díscolos desterrados, o más bien habría que decir «desencielados»―. En su mano, la serpiente (soberbia, veneno de la tentación); en la cabeza, una corona. Monta sobre un perro o lobo entre terrorífico y cretino. El rabo, atrás izquierda, no se sabe si pertenece al lobo estrábico o al tal Astaroth, para cuyo retrato debió de servir como modelo algún oligofrénico de un hospital de huérfanos. Sus pechos abofados, ahora que reviso esta pequeña nota años después de haberla escrito, me recuerdan a los míos tras el accidente.
El dibujo es de Jules Breton, grabado del siglo xix. Es raro, lleno de misterio y comicidad, y es también hermoso.


De Sobrecuadros, mirada alucinada e irónica.


Otras entradas de Sobrecuadros:




martes, 4 de diciembre de 2018

De Eróstrato a Friedrich Reck

EROSTRATISMO O SÍNDROME DE ERÓSTRATO;
Hitler y el Diario de un deseperado, de Friedrich Reck

¿Un parecido razonable con algún personaje público? Es un busto de Eróstrato. Este pastor de Éfeso, sólo para alcanzar la notoriedad, frustrado y envidioso de aquellos que habían alcanzado cierta preeminencia en el ámbito sacerdotal devoto de la diosa lunar, un 21 de julio del año 356 a.n.e. decidió prender fuego al templo de Artemisa, en la misma ciudad de Éfeso, en la actual Turquía.
Como en tantos otros casos, la ciencia psiquiátrica ha encontrado en la mitología griega o sus historias más o menos legendarias el acervo léxico para denominar ciertas patologías. El erostratismo o síndrome de Eróstrato es aquel transtorno en virtud del cual un individuo comete cualquier tipo de despropósito, desde el leve desmán público al más horrible de los crímenes, con el único afán de alcanzar fama. Este pastor gordezuelo logró pasar así a la Historia, socarrando una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Y la Historia nos enseña que este síndrome parece arrastrarse subrepticiamente entre nuestros zapatos, y que el número de erostratistas no es para nada desdeñable. Mentecatos, trepas, ensoberbecidos, psicópatas de gabardina sucia y psicópatas de cuello blanco —los grandes tiranos, las más protervas de las megalomanías—, esta enumeración que asciende desde lo estúpido a lo maligno, en ocasiones sólo nos ofrece pequeños ejemplares de hombrecillos que se sostienen en el ridículo; pero en otras ocasiones, su escalada hacia la perversidad puede hacer de ellos pirómanos, como el del busto epónimo, violadores, destripadores e incluso  dirigentes criminales que han hecho retorcer el curso de las civilizaciones.


Ya se ha repetido por muchos que si Hitler hubiera triunfado como pintor en su juventud hasta alcanzar cierta fama, tal vez le habría sido suficiente para satisfacer su puerca egolatría. De las últimas fuentes donde he leído un análisis en este sentido es el prodigioso Diario de un desesperado de Friedrich Reck. Pero claro, en el mayor villano que han parido los siglos, entre todas sus limitaciones intelectuales, se encontraba la de ser un pintor sin ningún genio. Si se lee su manual de odio Mi lucha, cualquier inteligencia mediana podrá encontrar una falta total de alcance reflexivo, a cuya deficiencia se suma su patente mal gusto y una ausencia de juicio crítico.  

No debemos confundir el síndrome de Eróstrato con otros complejos capaces de promover la sevicia humana, o con la megalomanía pura, el afán de poder más terrorífico o el mesianismo. También se pueden sumar unos delirios con otros. En el ranking mundial de los tiranos más crueles, sin duda el del flequillo grasiento comparte pódium con Stalin. Pero éste parece que incluso mostraba cierta timidez. Quién sabe qué se entiende por timidez. Paranoico parece que lo era hasta el paroxismo. Por ponernos hogareños, nuestro pequeño dictador Francisco Franco debió en su caso de desarrollar su vesania por un complejo mucho más claro de inferioridad que de erostratismo. El primero, conjugado probablemente con otro complejo de nomenclatura legendaria griega, el de Edipo, y una ideología ultramontana y ultracatólica, lo conducen a la postre a un mesianismo activo, con las notas paranoides que éste deba implicar. Pero no se aprecia eróstratismo como en Hitler, me parece. 

El venero casi inagotable de crónicas sobre el horror nazi escritas por autores y autoras judíos, desde el popular Diario de Ana Frank, pasando por las obras de Primo Levi, Robert Anselme, Elie Wiesel, Hannah Arendt, Viktor Klemperer, Arthur Koestler, Szpilman, Imre Kerstèsz, por citar una pequeña gavilla surgida a bote pronto, se ve complementado, por ejemplo, con el Diario de un desesperado, escrito por un alemán no judío, pequeño terrateniente, muy lejos de tesis socialistas, pero detractor absoluto, con todo fundamento, del nazismo. Murió en el campo de concentración de Dachau, en 1945.
Friedrich Reck dibuja en este diario el cuadro de una Alemania prebélica, de Berlín en particular, del ambiente social, del nacionalsocialismo y del monstruo que engendró aquel horror. Se trata de un autor tradicionalista y católico, con difusos antecedentes aristocráticos; exalta la figura de su abuelo como la de un caballero en una época mejor y fija con sensibilidad diamantina la personalidad deforme de Hitler, a quien tuvo ocasión de conocer en tres ocasiones antes de que ascendiera al poder en 1933. Denuncia, o simplemente pone el foco en una burguesía alemana avarienta que sólo ve en el embrollo criminal impuesto por los nazis, en el ambiente prebélico y en la misma guerra una excelente oportunidad para especular y tratar de enriquecerse; bancos, grandes empresas, entregados a la barbarie, operando y fabricando para nutrir al monstruo y, de paso, incrementar sus propias arcas —allí engordaron para llegar a ser lo que hoy son empresas como el Thyssen Krupp o entidades financieras como el Deutsche Bank—. Expresa el buen hidalgo Reck la ignominia, la brutalidad y la grosería practicada entre las fuerzas de las SA, después las SS y de cualquier cuerpo policial o militar al servicio del Tercer Reich; sus borracheras obscenas, su lenguaje vulgar, su atropello de la decencia, sus abusos. Una sociedad deturpada, una Alemania sin ningún tipo de orden ni concierto, sumida en el caos, la mala organización y el desastre moral. 
Soldado nazi vestido como una mujer.
Foto de Martin Dammann tomada de
ABC
HISTORIA
Vendría muy bien leer estas páginas a quienes todavía hablan de no sé qué estética militar inspirada en las legiones romanas, quienes alaban con banalidad la elegancia de los uniformes diseñados por Hugo Boss —soy incapaz, por mor de un sano prejuicio, de apreciar ninguna elegancia en los trajes marciales de auténticas mesnadas de orcos al servicio del Mal— o aquellos coleccionistas de soldaditos de plomo y fascículos de historia que vierten sus elogios sobre una presumible genialidad en estrategia militar; una industria superorganizada, efectiva y eficiente. ¡Ja! El buen Friedrich Reck tritura tales mitos, igual que tritura y desbarata el falaz y manido argumento de que la Segunda Guerra Mundial fue propiciada por un draconiano tratado de Versalles al final de la anterior Gran Guerra (1919) y el hundimiento económico de Alemania "por culpa" de las potencias europeas enemigas.

Eróstrato, pirómano de templos marmóreos, la Historia te ha convertido en un simple maniaco palurdo con las antorchas demasiado cerca; casi resulta bonachona tu efigie en ese busto; bonachona y llena de sandez, la verdad. ¿Mereció la pena tu condena a muerte, abejorro? Y ni siquiera has llegado a ser demasiado famoso. Ni tú ni tu maldito síndrome. Pero, aunque no se conozca, sí te reconozco que tu patología se encuentra en periodo de gracia, propagada por esta efervescencia del circo mediático global. Quizá Facebook, Instagram, YouTube, Twitter o los reality shows nos estén salvando de que ciertos seguidores tuyos no hagan otras cosas peores que la de dar la tabarra.





domingo, 11 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody, reseña personal en FilmAffinity

Voto de Herni: 
5
 
7,7
6.798
votos





Título Bohemian Rhapsody                      
Año 2018
País Reino Unido
Director Bryan Singer

Sinopsis 'Bohemian Rhapsody' es una celebración del grupo Queen, de su música y de su extraordinario cantante Freddie Mercury, que desafió estereotipos e hizo añicos tradiciones para convertirse en uno de los showmans más queridos del mundo. La película plasma el meteórico ascenso de la banda al olimpo de la música a través de sus icónicas canciones y su revolucionario sonido, su crisis cuando el estilo de vida de Mercury estuvo fuera de ... [+]

10 de noviembre de 2018
 
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Resulta casi imposible cometer spoiler, porque todo organismo vivo nace, crece, se relaciona, se reproduce (o al menos acomete ejercicios reproductivos voluntariamente infructuosos) y muere.
Rami Malek, el actor que empapela a Freddie Mercury, hace eso, "empapelarlo" como una piñata, un muñeco de papel y engrudo. Su gesticulación facial, con todo y tratar de ser particularmente expresiva, termina agotando por falta de registros, siempre la misma cara, las miradas de ojos incoloros mecidos como canicas cegaratas, el morro sobredentado. A nivel corporal, el amaneramiento de sus ademanes deviene intempestivo.
Desde el punto de vista narrativo, la historia no se puede tratar de un modo más superficial. No profundiza en quienes rodean al protagonista y entran de lleno en su vida; la apoteosis del astro arrasa con cualquier entorno humano satelital. Todos quedan por detrás de su presunta genialidad sin que nadie le haga la más mínima sombra.
Algo loable del guión es no haber recurrido a la lágrima fácil aprovechándose de la crudelísima, maldita enfermedad.
El efectismo de una banda sonora que forma parte de la etapa más hormonal de nuestra biografía, como cabía esperar, se convierte en el soporte sobre el que se asienta la narración. La salva del aburrimiento y llega a emocionarnos. Emoción que proviene de eso, de la vertebración musical.
En el centro cronológico de la cinta debería haberse oído completa la pieza que da nombre a la película, Bohemian Rhapsody. Precisamente, en una reunión del grupo con el director de su discográfica, éste les afea llevar un tema de seis minutos como la canción principal del disco, apelando a que ninguna emisora de radio querrá pinchar el vinilo por más de tres minutos. Y sin embargo, parece que al propio director de la película, Bryan Singer, le ha atemorizado hacerlo. Si alguien en la sala no conoce la pieza y no la escucha completa, se le escaparán los matices, esas subidas y bajadas, valles y mesetas que confieren a la pieza un cierto arrimo sinfónico, influida, como se supone que está, por la música clásica y en particular la ópera. Salvando las distancias, claro.
Dejo aparte de la crítica mi particular bochorno, la vergüenza ajena que me produce la veneración de las masas por los héroes y heroínas del pop rock. Un adefesio cultural. Freddy Mercury, Jim Morrison, los Beatles o cualquier otro de estos idolillos tienen el mismo mérito que el salto de un grillo frente al de un leopardo si se compara a cualquiera de ellos con el músico que toca el triángulo en una orquesta interpretando a Mahler.
Como digo en el título, si fuera una película muda también sería invisible.
Hernán Valladares Álvarez, 10, noviembre, 2018


miércoles, 24 de octubre de 2018

Poemas en BooksMovie

Gracias a Roberto, a la asociación cultural CEDRO por sus grabaciones y a BooksMovie por incorporar en su fonoteca estos poemas







El último poema escogido del segundo audio, Desde el abismo, versos inválidos, «Sed de venganza», nació de un mal despertar. Nos atacan los demonios del presente y la bilis negra nos posee. Por eso su inclemente crudeza. Y en esa crudeza se puede producir cierto grado de injusticia hacia quienes más queremos, como queda claro en los versos descarnados. En este poemario, la mayor parte de los poemas nacen de estados anímicos bajo el ciclón de mi vida tras el accidente y la tetraplejia posterior. Algún amigo me ha sugerido incluso autocensurarme. Pero de ningún modo. El poemario está lleno con la verdad de los días; contiene por igual los dos lados del rostro de Jano, del yin y el yang, el afán destructor y el gozo voluntarioso que todavía se debaten en nuestro interior. Pero me ha parecido oportuno sin embargo añadir, en la entrada de mi blog al menos (en la fonoteca de BooksMovie ya no puedo hacer nada), un poema de amor escrito en este mismo periodo de mi vida. 

Mercedes

Te he dedicado pocos versos.
Preside, reina, impregna, invade,
todo lo llena, el aire todo
es una sustancia tuya, es vibración de ti,
amada mía, textura de un deseo innombrable,
de una gloria que alcancé a tocar y me cubrió,
me cubriste como dedos de aurora
y ahora que el momento ya no existe,
que se ha fugado el hoy y te me has ido…
Tu imagen fresca reverdece
tantos instantes inseparables, juntos,
tantos labios, tu cándido perfil de niña inquebrantable
y esa mirada tuya, alas de una mariposa de azabache.
Soñé que lo decías como se pide el pan de cada día,
mirándome a los ojos cotidianos,
“te quiero”, me decías.
Era la música del cielo.
Te tuve, me tuviste, nos tuvimos
sin saber que era nuestra la Tierra y sus jardines,
no desdeñando, sin desagradecimiento,
compañeros y amantes, un solo cuerpo,
un libar con las miradas al mismo punto dirigidas
la copa del amor al  horizonte.
Cuando era apenas púber me enseñaste
tus manos, me las diste y me salvaste.
Ahora comprendo el propósito
—no sé si es tarde— de darte cuanto pidas,
de propiciar perpetuamente tu sonrisa,
que tu alegría hubiera sido mi única conquista
obsesiva, ciega, loca,
haberme dedicado a sembrar de flores donde pisas
y suspenderte en el aire para engañar a la edad siempre implacable.
Perdóname por esta sombra
que me ha transido a pesar mío.

Te he dedicado pocos versos
porque es inútil intentarlo,
y sólo una palabra te asemeja,
de una sola manera pronuncio cuanto albergas
y ese vocablo es tu nombre,
amada mía.
Es tu nombre la fórmula exclusiva.
No hay praderas ni flores ni paisajes,
no hay luz ni claridad ni nada,
sólo tu nombre,
sólo tu nombre,
igual que aquella vez sobre la arena
¡todo lo puede el mar, todo lo borra!
Sólo el recuerdo nos queda. No lo niegues.